En su Semana Grande he regresado a la ciudad que me vio nacer, crecer, pero no multiplicarme. Al igual que la familia, tu cuna es una de las cosas de las que puedes renegar, pero de la que no te puedes desligar. En mi caso, ni una cosa ni otra, porque soy más de ella que los perretxikos de cuatro hojas.
Por distintas razones, he venido bastante en estos meses y en los primeros días de agosto en dos etapas que definen la tesis y la antítesis de mi trozo de tierra: sus fiestas patronales, un pequeño Kit Kat en Madrid y vuelta, para encontrarme con la nada laforetiana, apocalipsis canicular.
Las fiestas de mi ciudad, Vitoria, como las de cualquier otra capital de provincia mediana, especialmente las del norte, son potentonas, tradicionalistas, borrachuzas y donde la política identitaria, ese horror, encuentra siempre un meandro para meterse y tratar de joder amistades atávicas. No será esta vez, querido M.G. -y no es la ginebra-.
Pero después de una ausencia de casi tres décadas, pienso que he cogido la suficiente distancia -ya sabes lo de la “comedia es igual a tragedia más tiempo”- para realizar algunos tips de lo bueno, malo, o regular, en estos días en los que mi urbe de nubes grises se despendola.
Atentando a la estética
En general, todas las ferias patronales son en sí mismas un atentado a la estética. Realmente, para un esteta cualquier época del año es un crimen de estado, especialmente en el de España, donde este tema residual dejó paso durante muchos años a algo bastante más importante: subsistir. Para lámparas de diseño, Dinamarca. Y eso que Álava tiene más renta per cápita. En el caso de Vitoria, también, pero menos: las cuadrillas se visten de blusas y de neskas y es algo tan imperturbable como estético.
España no es solo el mediterráneo, txiquitos, como se encargan de vendernos desde el relato oficialista y los creativos de las cerveceras; de hecho, es muchísimo más que eso, pequeña parte del litoral, y la estética del norte, a pesar de Astore y de la ropa de Zulaica para subir el Aratz, tiene mucho más ‘toque’: los textiles pesan más, como todo lo bueno, los estampados son sobrios pero estilosos y el secreto de la elegancia, dotore lo llamamos, capa-sobre-capa de ropa, es la misma naturaleza del traje tradicional.
Por lo demás, se respeta profundamente la esencia de la fiesta, que es cristiana: la Virgen Blanca, qué prístino sintagma, nuestra patrona, y a quien dedicamos las fiestas y su flagship, el Rosario de la Aurora, precedido por la luz de los faroles, un recorrido silente entre el alba del casco medieval mejor conservado de España, en el que el tiempo y la jarana se detienen y que desemboca en la misa multitudinaria en una de las plazas más bellas que yo haya visto (y eso que estudié la carrera en Salamanca).
El paradigma del burgués
El “pulso de la ciudad”, que sin ser Pamplona mantiene una lucha férrea durante una semana contra el sueño y contra el hígado. Las calles de Vitoria, del centro y de sus aledaños son una jaula de grillos y se respira el paradigma del burgués: buen ambiente, sano, sin incidencias, mucho gasto, mucha policía, mucha diversión y toneladas de limpieza que definen lo que siempre ha sido Vitoria: orden dentro del caos verde.
Y también tenemos el músculo random que gira por la cornisa norte: barracas, comparsas de gigantes y cabezudos, gargantúas, pasacalles, dianas, txosnas –eso te lo explico otro día-, conciertos gratis, vaquillas…pero …¡ay!, no tenemos toros. Pero sí plaza.
Que no haya toros en las fiestas de Vitoria es algo absolutamente disruptivo, para mal, en una ciudad española y vasca, o donde quiera que sea. Que en Euskadi hay una gran tradición taurina es tan evidente como que nos gusta comer bien.
Pero es que, encima, los toros siempre han estado cosidos en Vitoria a una de las grandes tradiciones de las fiestas: El Paseíllo, cachonda comparsa de la jarana y txaranga de las cuadrillas que iban y venían a los toros por el centro de la ciudad, cantando, bailando, ufanos con sus estandartes manchados de calimocho, los autos locos que harían las delicias de Pierre Nodoyuna movidos por la gasolina de las fiestas, galones de alcohol, por supuesto, pero que daban personalidad y sentido a la locura, desfile del callejón de los milagros, música y alegría antes y después de la corrida.
Hasta hace diez años, que no sé por qué ni por quién, la feria taurina desapareció de esta ciudad como una lágrima en la lluvia y Vitoria dejó de tener toros, pero no paseíllo, a ninguna parte, eso sí, como en la obra maestra de Fernando Fernán Gómez El viaje a ninguna parte. Y resulta desoladora esta travesía a la nada, Ulises de strapazzo.
El ínterin de la fiesta
Y en lo que respecta a mi pequeño reino de Vitoriano-Toda-la-Vida, soy uno más: he comido, bebido y discutido con la cuadrilla, he vuelto a la Sociedad Olarizu, he abrazado a la mitad de los Blade Runners chiquiteando, a la familia, a mis amados padrinos, y he protegido con mi compañía a nuestra patrona, junto con miles de paisanos, algunos envejecidos con CGI y que no veía desde hace treinta años. Y todo acariciado por temperaturas constitucionales, entre 15º y 23°, bajo los castaños y esas piedras de musgo que gritan a la muralla invisible de mi ciudad.
Y en el ínterin de la fiesta me ha dado tiempo a terminar, ¡por fin!, el partido de tenis que dejé inacabado con mi querido Ramón hace exactamente 34 años. Hemos vuelto a la misma pista, la 1, con los plataneros como público, con menos pelo y cartílago, pero con idéntico espíritu y revés a una mano, en mi viejo club de tenis, La Peña, que en 1992 se quedó varado en mi propio tiempo, escondido entre recuerdos de este microcosmos verde, lleno de polvo y telarañas de una vida que (creo) viví.
P.D. Regreso a Ítaca dos días después de terminar las fiestas y me encuentro con la tapa del Chernóbil vitoriano subiendo a los cielos con Celedón. Menos mal que me sabía este apocalipsis y, por si acaso, otro ‘VTV’, el antiguo alcalde Alfonso Alonso, nos lo recordó en la calle San Prudencio: “mañana me voy a Euscádiz”. Vitoria a partir del 9 de agosto, éxodo de mis paisanos guiados por la autovía con las aguas de la meseta abiertas. En estos días apocalípticos lo único que puedes hacer es, o estudiar los pencos, o darte un poco al prójimo, o escribir nostalgias como esta.

