Opinión

¿Falta Dios? ‘El sentido del cristianismo’ de Rafael Domingo

La silueta del papa Francisco se perfila a contraluz frente a una ventana tras recibir en audiencia al presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo (no aparece en la foto), en el Vaticano, en la Ciudad del Vaticano.
EFE/Max Rossi
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A mi gran amigo Gonzalo Dívar Conde, un católico ejemplar.

Agosto es un mes muy fructífero, de frutos muy variados. Unos lo utilizan para descansar, como Sánchez, otros lo aprovechamos para leer y ponernos al día en las lecturas pendientes. Este verano, en mi Galicia natal, entre la playa Grande de Miño y la plaza del Campo de Betanzos, he leído La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro, releído El Quijote (placer supremo), empezado La romana de Alberto Moravia y devorado El sentido del cristianismo de Rafael Domingo, libro del que quiero compartir algunas ideas y comentarios con mis lectores.

El interés y la actualidad del ensayo de este ilustre catedrático de Derecho Romano es absoluto. Ya decía Borges: “Más allá de las aventuras de la sangre, más allá del casi infinito y ciertamente incalculable azar de los tálamos, toda persona occidental es griega y judía”.

De Einsteins a Epsteins

Y Rafael Domingo nos cuenta lo que puede ofrecer el cristianismo para solventar los problemas del hombre de hoy en día, en unas sociedades occidentales que se conducen como si Dios no existiese. Unas reflexiones válidas para cristianos y no cristianos, para creyentes y no creyentes. La intención del autor no solo es loable, sino muy necesaria, en estos tiempos en que hemos pasado de un mundo de Einsteins, auténticos Prometeos que daban luz a la humanidad, a un mundo de Epsteins, auténticos lestrigones que nos hunden en el Hades, en el Tártaro.

El gran José Francisco Serrano Oceja, el John Allen español, dijo de este libro en su reseña en ABC Cultural: “Ya solo el intento de ofrecer… una adecuada respuesta a las preguntas sobre qué es y cómo es el cristianismo hoy merece una mínima y respetuosa atención”. En esta época en que todas las ramas del saber están contaminadas por una plaga de tertulianos todólogos televisivos se agradece la altura, la hondura y la cultura de este profesor logroñés, el Luis de la Fuente del Derecho Comparado, otro riojano universal. Se agradece la agitación de su curiosa mente “siempre deseosa de indagar realidades nuevas y buscar argumentos sólidos y convincentes”.

Rafael Domingo Oslé empieza su libro preguntándose si hoy en día tiene algo que decir el cristianismo. A lo largo de casi trescientas páginas nos contesta que sí; que es mucho lo que un cristianismo, “siempre viejo y siempre nuevo”, puede aportar a las modernas sociedades occidentales. El cristianismo puede ayudar a construir una sociedad que respeta, tolera, perdona, comparte, contempla; una sociedad secular y libre; una sociedad con Dios. El cristianismo tiene mucho que decir porque “si hay una palabra cristiana, esa es esperanza”. La esperanza no defrauda, escribió el inolvidable papa Francisco, el papa al que yo le rezo.

Una sociedad que respeta

Domingo Oslé en su libro navega con maestría por los procelosos y oscuros piélagos de la Teología, por las transparentes y luminosas aguas de los océanos de la trascendencia y la verdad. Yo, a pesar de ser gallego e hijo y yerno de marinos, debo tener la humildad de reconocer que por esos mares no puedo bogar. Pero sí puedo acompañar a Rafael Domingo en esa búsqueda incansable de “argumentos sólidos y convincentes” que nos apasiona a los dos y glosar los debates de que él trata en su ensayo.

En el capítulo Una sociedad que respeta nos cuenta la interesantísima polémica entre dos filósofos del derecho de la Universidad de Nueva York sobre los límites que el respeto a los demás puede imponer a la libertad de expresión, uno de los cimientos sagrados de las democracias occidentales. Ronald Dworkin defiende una libertad de expresión absoluta que puede llegar incluso a aceptar el discurso de incitación al odio. Su discípulo Jeremy Waldron, por el contrario, defiende que “una sociedad democrática bien ordenada no debe tolerar los discursos de odio”. La rabiosa actualidad de esta disputa en la vida política y mediática española es impactante. Huelga aclarar a mis queridos lectores que uso el término rabiosa en su acepción más benéfica y filantrópica.

Una sociedad que tolera

El capítulo Una sociedad que tolera es junto al del perdón el que más me ha atrapado. De la matanza de san Bartolomé y el Edicto de Nantes, en las guerras de religión francesas, pasando por los horribles martirios de Jean Calas, que inspiró a Voltaire su Tratado sobre la tolerancia, y del caballero de La Barre, Rafael Domingo nos lleva a un completísimo análisis del movimiento woke (locura woke le llama).

Una historia que conoce de primera mano por su estancia durante doce años en universidades americanas, donde al mismo tiempo el wokismo arraigó y se propagó. Rafael lo considera como una corriente revanchista e intolerante, que está cercenando la libertad de expresión e imponiendo una asfixiante e insoportable corrección política. Una de las principales causas de la victoria del marido de Melania es el hartazgo que los excesos wokes provocaron en el pueblo americano. Un hartazgo aumentado hasta la náusea por la cultura de la cancelación, el hijo pródigo del wokismo. Pero tenemos que ser optimistas. No hay mal que cien años dure y la esperanza de vida de estos nuevos inquisidores parece más corta que la de Marlaska de Ahumada, el ministro del Interior con alergia a los tricornios, en el gobierno de España.

Una sociedad secular y libre

Una sociedad secular y libre se hace eco del célebre diálogo entre el papa Benedicto XVI y Jürgen Habermas en la Academia Católica de Baviera en enero de 2004. Un encuentro que fue el Roger Federer frente a Rafa Nadal del pensamiento. Estos dos gigantes alemanes debatieron sobre el papel de la religión, la fe y la razón en unas sociedades modernas cada vez más secularizadas. Habermas reconoció el derecho de la religión a participar en el debate público siempre que renuncie a cualquier pretensión de “monopolio interpretativo y de total estructuración de la vida”. El papa bávaro dijo que “la religión tenía mucho que decir al ser humano, pero debía dejarse purificar por la razón”.

Una sociedad con Dios

En Una sociedad con Dios el ateísmo se nos presenta en todas sus vertientes, especialmente la científica. Rafael nos cuenta la evolución del pensamiento de Stephen Hawking hasta llegar a decir: “Pero no hay ningún Dios. Soy ateo”. Dice este tolerante logroñés que muchos autores ateos convierten “el ateísmo científico en una suerte de religión dogmática, mucho más rígida que cualquiera de las religiones tradicionales”. Yo, humildemente, creo que a los ateos recalcitrantes les ocurre con Dios lo mismo que a los antimadridistas con el Real Madrid: lo convierten en el centro de sus vidas.

Una sociedad que perdona

Una sociedad que perdona es el capítulo más hermoso del libro. Rafael Domingo utiliza la literatura, la filosofía y la historia para componer unas páginas memorables. “El ser humano es el único animal capaz de perdonar”, tras esta obertura riojana digna de Dostoyevski, Rafael nos cuenta cómo el inmenso autor ruso sobrevivió a una condena a muerte al llegar el indulto cuando estaba a punto de ser fusilado.

Esta historia yo la conocí leyendo los deliciosos Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig. Nuestro autor encuentra aquí la fuente de la que manan Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov y tantas obras maestras más. La filosofía la representa Hannah Arendt y su tesis de la relevancia del perdón como acto político. El perdón como una alternativa al castigo, con la excepción de lo imperdonable que es castigable, como expone en su celebérrimo libro sobre el proceso a Adolf Eichmann y su teoría de la banalidad del mal. La historia, por último, que nos cuenta Domingo, es la de la lucha del arzobispo Desmond Tutu y su contribución al fin del apartheid en Sudáfrica condensada en su mítica frase: “Sin perdón no hay futuro”.

Una sociedad que comparte

El capítulo más emotivo de toda la obra es Una sociedad que comparte. El revolucionario mensaje sobre la pobreza de Jesucristo es su punto de partida: “Jesús llama bienaventurados a los pobres, en contra de la visión generalizada de nuestro tiempo que llama dichosos a los ricos”.

En unas sociedades modernas donde el individualismo, el materialismo y el consumismo nos hacen insensibles a la suerte de los demás, Rafael denuncia el drama de la pobreza extrema con unas maravillosas palabras del papa Francisco: “Los pobres tienen todavía mucho que enseñar porque, en una cultura que ha puesto la riqueza en primer lugar y que con frecuencia sacrifica la dignidad de las personas sobre el altar de los bienes materiales, ellos reman contracorriente, poniendo de manifiesto que lo esencial en la vida es otra cosa”. Este es el legado eterno de Francisco: colocar, como hizo Jesús, a los más humildes, a los excluidos, a los últimos en el corazón de su corazón; colocarlos los primeros. Este es el legado que hace reventar de orgullo a cientos de admirables jesuitas desperdigados por el mundo y que llena de lágrimas los ojos del padre Arrupe.

El éxito secular de la Iglesia

Rafael Domingo Oslé es, además de todas las cosas que enumera su abultadísimo currículo, miembro numerario del Opus Dei. En los últimos años los hijos de San Josemaría en general y los numerarios en particular están viviendo una época de tribulaciones; unas tribulaciones que yo, humilde pecador de a pie, no acabo de comprender.

La iglesia católica es la institución más perfecta, más sutil, más sublime que los cielos han dado a los hombres: la única que no celebra cumpleaños, celebra milenios. Y este éxito secular tiene como uno de sus pilares fundamentales la inveterada y continuada política de conservar y no tocar lo que funciona y reformar suavemente lo que no.

Por eso no se entiende este celo, este encarnizamiento gregoriano con la Obra y sus estatutos, en vez de dedicar esas admirables energías a solucionar, por ejemplo, la crisis de vocaciones. Hay gentes como el president Puigdemont obsesionadas con España, otros, como el cardenal Ghirlanda, están obsesionados con las prelaturas personales y como la única que existe es la del Opus Dei, pues esa es la razón de que los seguidores de Escrivá reciban tanta atención de tan ilustre admirador.

La finezza de León XIV

El papa León XIV está reconduciendo la cuestión con la finezza y la mano izquierda que acostumbra la Iglesia. Esa finezza y mano izquierda que gallegos y clérigos mamamos desde la cuna, y que algunos, como el ínclito obispo de Barbastro-Monzón, no se cansan de lamentar no haber recibido de niños.

Tampoco leyó el insigne prelado lo que don Quijote aconseja a Sancho antes de gobernar la ínsula Barataria: “Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada”. Está claro que don Ángel Pérez Pueyo no teme a Dios y mucho menos al Papa, cuando, en su incomprensible guerra con la Obra por el santuario de Torreciudad, ahora permite que se filtren a la prensa dos cartas personales del papa Francisco. Pocos pecados mayores se me ocurren que pueda cometer un obispo, por mucho menos se pasa uno décadas enteras en el purgatorio de Dante.

En lo que todo el mundo está de acuerdo es en que los numerarios son uno de los grandes tesoros de la Obra y de la Iglesia. Los numerarios son los jesuitas del Opus Dei: otra compañía llena de fe y espiritualidad, de excelencia, estudios y talento. Y este libro de Rafael Domingo Oslé es el mejor ejemplo. El romanista riojano concluye su libro defendiendo que “ el cristianismo cuando se vive de manera consciente se convierte en un poderoso vínculo de integración social”. Yo concluyo su lectura recordando el excelso e inmortal verso de Jorge Luis Borges, siempre Borges: “ Dios o Tal Vez o Nadie”.