Opinión

¿Hay que invertir menos en Bolsa al envejecer?

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Buena parte del asesoramiento financiero descansa sobre dos principios indiscutibles: una cartera debe combinar acciones y bonos, y la renta variable debe reducirse a medida que el inversor se acerca a la jubilación. La lógica es intuitiva: de joven hay tiempo para recuperarse de las caídas; de mayor toca proteger lo acumulado, de ahí reglas como restar la edad a 100 o 120 para fijar el peso en bolsa, o los fondos de ciclo de vida, que reducen automáticamente su exposición a renta variable con los años.

Un estudio de Aizhan Anarkulova, Scott Cederburg y Michael O’Doherty cuestiona ambas ideas. En Beyond the Status Quo: A Critical Assessment of Lifecycle Investment Advice, los autores modelizan la trayectoria de un matrimonio estadounidense desde los 25 años hasta la muerte del último superviviente, con salarios, desempleo, Seguridad Social, jubilación a los 65 y retirada anual del 4% del patrimonio financiero para mantener su nivel de vida, usando más de 2.600 años-país de rentabilidades de acciones, bonos y letras del Tesoro de 39 países. Concluyen que la estrategia óptima es mantener casi toda la cartera en renta variable de por vida: un tercio en acciones del país de origen y dos tercios en internacionales, con bonos casi ausentes.

Cartera óptima

¿Significa esto que conviene vender la renta fija y mantener el 100% en bolsa incluso jubilado? No, pero el estudio deja enseñanzas sobre longevidad, inflación, diversificación y las distintas caras del riesgo.

El resultado central es que la cartera óptima permanece casi íntegramente en renta variable. Un matrimonio con un fondo de ciclo de vida necesitaría ahorrar un 63% más para igualar el rendimiento esperado de la cartera de renta variable, que además genera un 50% más de patrimonio al jubilarse que una cartera 60 renta variable /40 renta fija, y un 39% más que el fondo de ciclo de vida, que reduce automáticamente su exposición a renta variable con los años. Más sorprendente es el riesgo real de agotar el patrimonio con las retiradas del 4% anual del patrimonio financiero: es del 6,7% para la cartera de renta variable, frente al 16,9% de la 60/40 y al 19,7% del fondo de ciclo de vida.

La conclusión es que la jubilación no marca el final del horizonte de inversión, y quien se jubila a los 65 puede necesitar financiar 20, 30 o 40 años más. Reducir en exceso la exposición a activos de crecimiento mitiga la volatilidad inmediata, pero agrava riesgos menos visibles, como el perder poder adquisitivo o agotar el patrimonio por longevidad.

Riesgos en renta fija

Mucha renta fija tampoco está libre de riesgo: a horizontes largos, los bonos públicos muestran más variabilidad real y sensibilidad a la inflación de lo que su reputación de activo seguro sugiere. De ahí la aportación más sólida del trabajo: diversificar no es añadir productos, sino incorporar fuentes de rentabilidad y riesgo verdaderamente distintas.

Pese a la contundencia de sus cifras, el estudio no demuestra que el 100% en bolsa convenga a todos. Analiza un hogar estadounidense, con pensiones, fiscalidad y salarios distintos a los de un inversor español, y su universo defensivo se limita a bonos públicos a diez años y letras del Tesoro.

Otros, como Clifford Asness, sostienen que una cartera no debe evaluarse sólo por su rentabilidad histórica, sino por la eficiencia con que combina fuentes de riesgo. Existe, además, una limitación más humana. La estrategia pura de renta variable registra una caída real máxima media del 55% durante el ahorro, y del 47% en la jubilación; el inversor simulado permanece invertido, pero un jubilado real que ve caer la mitad de su patrimonio mientras depende de él puede no comportarse igual.

Una cartera sólo es adecuada si el inversor puede sostenerla en sus peores momentos: vender tras una caída del 40% o 50% puede convertir una estrategia teóricamente óptima en un desastre práctico, y la renta fija también ayuda a no tomar decisiones impulsivas.

Flexibilidad

La lección más útil, por tanto, no es cambiar una regla mecánica por otra igual de rígida en sentido contrario, sino mostrar que la edad, por sí sola, es insuficiente para construir una cartera con sentido: dos personas de 65 años pueden necesitar estrategias radicalmente distintas según dependan o no de inmediato de sus ahorros, y el horizonte temporal, la estabilidad de ingresos, la capacidad de asumir pérdidas y la tolerancia emocional importan tanto o más que la fecha de nacimiento.

Una estrategia robusta combina exposición global diversificada, un riesgo coherente con las circunstancias personales y resiliencia a largo plazo. El activo que menos fluctúa no siempre protege mejor el futuro, pero tampoco existe una cartera óptima al margen de quien deba convivir con ella.

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