Ahora que hablamos tanto de productividad, conciliación y bienestar, ahora que las benditas IAs (o quizá sea más adecuado decir “malditas”: basta con leer la encíclica del Papa Magnifica humanitas) han venido a convertirnos en seres rentables en cada gesto, me paree interesante que nos detengamos en una cifra reveladora pero poco difundida: en España, más de la mitad de los accidentes laborales in itinere —los que se producen en la ida o regreso del trabajo— los sufren mujeres. Según datos recientes, el 54% de estos accidentes con baja corresponden a trabajadoras. Y el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo añade otro dato aún más significativo: casi un 23% de los accidentes laborales femeninos ocurren en trayectos, frente a menos del 10% en hombres.
¿Puede ser que estemos hablando de falta de atención, de reacción demorada, de cansancio
Durante años la conversación sobre igualdad se centró —era lo acertado— en salarios, ascensos o representación, pero mientras discutíamos sobre techos de cristal prestamos menos atención a ese suelo pegajoso de la vida cotidiana. A esa cantidad inmensa de tareas pequeñas, invisibles y constantes que recaen sobre las mujeres incluso cuando trabajan exactamente las mismas horas que los hombres, incluso (cuando ocurre) por el mismo salario.
No es tan sencillo o rudimentario como determinar quién cocina o quién limpia. La mujer contemporánea organiza con mayor frecuencia que su compañero los horarios, recuerda vacunas, controla cumpleaños, responde mensajes del colegio, pide citas médicas, atiende padres mayores, supervisa compras, planifica vacaciones y sostiene como puede el equilibrio sentimental de la familia. Todo ello mientras trabaja, se forma, intenta conservar amistades, mantiene cierta presencia física acorde al canon y sigue adelante.
La famosa “carga mental” ya ni siquiera me parece una expresión suficiente. Muchas mujeres viven en un estado de alerta permanente que pasa una alta factura. Por eso empiezan a coincidir tantos síntomas sociales aparentemente desconectados: el aumento de bajas psicológicas, el agotamiento docente, el consumo masivo de ansiolíticos entre mujeres de mediana edad, la conversación creciente sobre menopausia y fatiga, o incluso el extraño regreso de cánones extremos de delgadez. Ya sabemos que la presión no consiste únicamente en llegar a todo, sino en hacerlo con buena cara. No sorprende que muchas describan una sensación de agotamiento profundo que ya no mejora con más horas de sueño o con más suplementos.
Ese cansancio, como casi todas las situaciones que afectan a las mujeres, se sigue tratando como un problema individual, como una mala gestión personal, con consejos bienintencionados que suenan ofensivos frente a las estructuras laborales y familiares construidas sobre la disponibilidad infinita de las mujeres.
La única brizna de esperanza es que algo empieza a cambiar, en muchos casos empujado por la reacción de las hijas y las nietas. Estas ya no admiran (aunque en ocasiones imiten) este modelo. Saben que no supone un éxito, sino una forma de explotación, de agotamiento. Nadie desea morir o accidentarse cuando se regresa del trabajo. Ningún dios nos debería exigir tal sacrificio.

