Es migajera, dictan las redes sociales, quien se conforma con las migajas, cual paloma, pero en una relación; en inglés se han inventado otro término, breadcrumbing, que se dice, “darle señales mínimas de interés a alguien sin tener intención alguna de avanzar en la relación”. Es, en el fondo, la otra cara de un fenómeno cacareado mil veces desde el comienzo de esta legislatura y desde parte de la anterior: la de la PSOEización, inmortalizada gracias a un sketch en el programa satírico Polònia. El PSOE promete cosas y luego no las cumple, en el ciclo sin fin que lo envuelve todo; el PSOE anuncia ochenta veces el mismo plan para tal; hay hasta PSOEizaciones internacionales, como en el vídeo de Mamdani encestando con Sánchez, pero esas son mucho más transitorias que las patrias.
A la izquierda en el Gobierno se le ha reprochado muchas veces una actitud migajera: ser engañados por el PSOE o por una promesa del PSOE, una y otra vez, y luego alzar la voz contra lo insuficiente, o guerrear en el interior del propio Gobierno por un trato injusto con sus reivindicaciones, o tropezar de nuevo y con la misma piedra (otra vez, como si el PSOE fuera un ex tóxico). En la negociación de los decretos para atajar la crisis de vivienda, para responder a la alarma social que ya existía, pero que se ha exacerbado tras el desahucio de Maricarmen, las propuestas que venían de la acampada (del Sindicato de Inquilinas) han quedado troceadas, algunas no incluidas, las más “aceptables” para la derecha en un decreto y la renovación automática de los alquileres, con apoyos parlamentarios más dudosos, en otro. Es exactamente lo mismo que pasó en marzo de este año: un decreto con medidas anticrisis y otro decreto de vivienda. El de vivienda, claro, no se aprobó.
El Sindicato de Inquilinas salió rápido a cuestionar esta repartición, solución salomónica, que no veía con buenos ojos, pues permite perfectamente a Junts aprobar una cosa y desdecirse de la otra pagando menos el pato. Quizá lo que más distinga a la izquierda de Gobierno de lo que se ha conjurado en la Puerta del Sol sea que la acampada no es migajera. El ánimo de todas las izquierdas a las que les ha ido bien últimamente, de hecho, es lo contrario al espíritu de la migajera, como se hizo patente en las elecciones andaluzas con la irrupción de Adelante Andalucía. Quienes votan de entre los participantes en la acampada, que no serán todos, pero sí muchos, votan seguramente opciones políticas progresistas, y no hay en ella una pretensión ideológicamente transversal, es nítidamente de izquierdas; al tiempo, se respira en ella un aire crítico con el Gobierno, de forma sana, que le marca unos límites nítidos y no aspira a decepcionarse más, o decepcionarse otra vez. Estos últimos días, estando por allí, he escuchado mil veces proclamas que se preguntaban dónde estaba (y está) el Gobierno progresista, cuando no lo declaraban cómplice del rentismo. Esas proclamas son una de las condiciones para que exista la acampada. Sin esa impugnación, no habría revulsivo; tendríamos lo mismo que antes. Menos mal que en la acampada hay otra cosa.
Lo que late de fondo son preguntas que la izquierda parlamentaria y de Gobierno tendría que hacerse muy en serio y a las cuales han apuntado algunos de sus cargos políticos y cuadros, como Emilio Delgado o Ada Colau. ¿Hasta dónde vale la pena sostener a un Gobierno si este se muestra impotente a la hora de atajar la principal crisis de nuestro tiempo? ¿Cuánto se puede construir un perfil político propio para la izquierda dentro de la encrucijada gubernamental de una mayoría parlamentaria de derechas? Si el viernes uno de los dos decretos decae, o incluso decaen los dos, ¿cuánto sentido tiene seguir diciendo que es desde el Gobierno donde más se puede incidir hoy en la agenda pública, cuando la agenda la está marcando la acampada? ¿Cuánto han de pesar las migajas en el plato para que valga la pena pelearse por ellas?

