Opinión

La amabilidad

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Casi a diario me pregunto cuánto cuesta ser amable. Si es algo innato en las personas o apre(he)ndido.  Porque son muchas las situaciones que uno ve a diario donde las personas pierden los papeles, se comportan con mala educación, o a veces tienen incluso comportamientos despóticos.  Reconozco que a mí me pierden las buenas formas, la educación exquisita en las personas, pero, sobre todo, la amabilidad, que para mí va más allá de la buena educación.

Porque se puede ser educado y ser un psicópata.  He conocido a muchas personas así, psicópatas (que los hay) con educación exquisita.  Y es que esa educación exquisita es la que hace de máscara ante el mundo, a menudo de manera automática. Ser amable es otra cosa.  La amabilidad procede de la voluntad de cada uno, y tiene más valor en esas situaciones donde a uno le pediría el cuerpo comportarse de otra manera.

El otro día escuchaba a un neurocientífico explicando que hay muchas personas que interpretan como una debilidad el hecho de que uno sea amable con ellos.  No se puede ser amable con todo el mundo, indicaba este científico e investigador.  No puedo estar más en desacuerdo con él.  No con el hecho de que muchas personas vean la amabilidad como un signo de debilidad, que puede que sí, que sea un hecho, que es un hecho, estoy en desacuerdo con la afirmación de que precisamente por esto debemos no ser amables con estas personas.

Para mí la amabilidad es un superpoder.  Ser amable es algo que elegimos y mantener esta elección a pesar de las circunstancias es una demostración de fortaleza interna.  Me imagino la amabilidad como una especie de campo electromagnético, invisible, pero que va interactuando con todas las personas que se encuentra a su paso, y que termina modificando su forma de actuar.

Todos hemos vivido situaciones donde la tensión va creciendo por momentos y basta que una persona se exalte, como si prendiera una cerilla, para que ese malestar se extienda al resto.  Y en esa situación, que alguien elija seguir siendo amable para mí demuestra que es más fuerte que el resto.

Digo que la educación exquisita para mí es diferente de ser amable, porque de hecho hay muchas personas con esa exquisitez que son, como diría mi querida Gloria Fuertes, un “asco padre de personas”.  La poeta madrileña respondió en una ocasión en que le preguntaron qué es lo que más le gustaba de las personas: «a mí, ya desde hará diez años, sólo me erotiza la gente buena».  Y para mí la amabilidad tiene mucho que ver con esta voluntad de no dejarse arrastrar por lo que sucede a nuestro alrededor, por no dejar lo que nos encontramos aún peor de lo que estaba. A veces basta un gesto mínimo.  El demonio está en los detalles.  Y los gestos pequeños definen más que los grandes gestos.

Siempre perdemos los educados, me dijo hace muchos años mi amiga Gaye.  Y reconozco que durante mucho tiempo también lo pensé.  Parece que te pasan por encima en determinadas situaciones, pero ahora lo veo de otra manera.  Mantenerse como uno es, conseguir que nadie nos exalte y seguir por nuestro camino con nuestra elección, ahora pienso que es la gran victoria.

En este mundo de escépticas polillas y de cínicos óxidos, como lo definió Chesterton, no es poca cosa encontrarse con personas que tienen la voluntad, si no de hacer este mundo mejor, al menos no hacerlo peor, no es poca cosa.  Y por eso creo que la amabilidad, que ya es un intento, no es sólo poca cosa, a mí me parece mucho.

Kurt Vonnegut, el escritor estadounidense que con apenas veinte años fue enviado a la Segunda Guerra Mundial, fue capturado por los nazis y sobrevivió al bombardeo de Dresde (todo esto lo contaría después en su mítica novela Matadero cinco), dejó su recomendación para el futuro:

Sé gentil. No dejes que el mundo te endurezca. No dejes que el dolor te haga odiar. No dejes que la amargura te robe la dulzura. Siéntete orgulloso de que, aunque el resto del mundo esté en desacuerdo, todavía crees que es un lugar hermoso.

Pues eso. Si él fue capaz, qué no podremos hacer nosotros.

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