Opinión

La América que vivimos en el cine

Rascacielos de Nueva York.
Rascacielos de Nueva York.
Cristina López Barrios
Actualizado: h

Durante mi infancia, Estados Unidos no estaba al otro lado del Atlántico, sino en una pantalla de cine. Tengo grabado el día que fui a ver Superman con mi padre al Capitol, en la Gran Vía de Madrid. Bastaba con que apagaran las luces para que surgieran los rascacielos, los hombres de otro planeta que volaban, los malvados que venían a sustituir a las madrastras, las mujeres seguras de sí mismas, como la inolvidable Lois Lane. Superman podía hasta retroceder el tiempo dando vueltas a la Tierra y salir victorioso. En aquella América todo era posible. Yo miraba a mi padre reojo para ver si él lo creía tanto como yo.

Estados Unidos cumple este próximo 4 de julio doscientos cincuenta años de su nacimiento como nación, pero lo primero que me viene a la cabeza no es Jefferson ni la Declaración de Independencia ni siquiera la participación española en aquella guerra a favor de los norteamericanos. Tampoco pienso en sus banderas, que se yerguen orgullosas hasta en los jardines de sus casas. Al contrario, lo que me evoca esa fecha es aquella oscuridad azulada de los cines, el olor de las palomitas, las butacas de terciopelo desgastado, las marquesinas iluminadas de la Gran Vía con los últimos estrenos. Esa manera que tenía el cine de abrir una grieta en lo cotidiano para que por ella entrara otra vida más emocionante, veloz o peligrosa.

Nosotros éramos, en aquellos ochenta, o así nos sentíamos, un poco folclóricos, un poco domésticos, un poco grises aún, hijos de una España que despertaba del letargo, que venía de demasiadas habitaciones cerradas, de meriendas de tortillas de patatas y callos, de jugar al bingo y ver Curro Jiménez. Y entonces llegaba esa América donde los niños volaban en una bicicleta con un extraterrestre bueno, enfrentándose a su propio gobierno. Un pequeño David ante un Goliat. Mi casa. Mi teléfono. América era lo moderno. Lo cool, aunque todavía no supiéramos bien el significado de esa palabra, ni falta que nos hacía, porque la intuíamos en los vaqueros, en los coches mastodónticos, en las neveras de dos puertas que hacían mágicamente su propio hielo; en los high school con taquillas, en las casas sin persianas, en los moteles de asesinos y en las carreteras interminables donde había camiones asesinos y mujeres que escapan de la ley. En esa libertad con la que los personajes parecían moverse por un mundo donde todo era posible, si te lo proponías. Ese American way of life con el que la mayoría de los jóvenes de mi generación —la X— soñábamos gracias al cine, y que a la Z, a la que pertenece mi hija, y a la nueva Alfa, ya les resulta manido, triste, opresivo, insolidario e incluso un tanto paleto, sobre todo después de la llegada de Trump. Miran hacia nuevas estéticas. Les fascina Oriente: principalmente Japón. Incluso esa Europa que no acaba de definirse, pero que vivirá siempre de los réditos de su historia y su belleza.

¿Fue el cine americano la primera forma de viajar para una generación como la mía, cuyos abuelos habían luchado en la guerra civil y cuyos padres habían vivido la dictadura? Antes de subirnos a un avión de Iberia para volar a Nueva York, como decía la canción de José Luis Perales, antes de que pudiéramos pisar la Quinta Avenida, la Avenida Madison con nombre de sirena; mirar al Hudson desde un taxi amarillo o ver las bocanadas de humo que salían de las alcantarillas como si la ciudad estuviera construida sobre el mismo infierno, ya habíamos estado allí. En los tacones de Melanie Griffith en Armas de mujer, o en el cruasán de Audrey Hepburn frente a Tyffany´s. No veíamos películas. Soñábamos con que otras vidas eran posibles. Habitábamos esas imágenes en nuestras propias carnes. Queríamos besar como en las películas, tener sexo como en las películas —una vez desaparecidos los dos rombos— despedirnos como en las películas y hasta sufrir porque el dolor con banda sonora resultaba mucho más dramático.

Ese país que se vendía como la fábrica de sueños y que nos hizo desearlos, hace ya años que nos enseñó sus fracturas, sus desigualdades, sus mitologías rotas. Ninguna patria se asemeja del todo al sueño que proyecta de sí misma. Lo sabemos al crecer, al visitarla, al mirar de frente lo que antes solo vimos iluminado en una butaca o en el sofá de casa. Y, sin embargo, por mucho que cambie nuestra mirada, algo de esa América imaginada permanece intacto. Algo más allá de la política o de su propia historia. No es el país, es la educación sentimental que dejó en varias generaciones.

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