Opinión

La autor-IA

Diccionario de la RAE - Cultura
Una imagen de archivo del diccionario de la RAE.
Real Academia Española
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La RAE ha incluido en su diccionario la palabra IA, justo cuando se suceden los anuncios de obras literarias señaladas por el detector de inteligencia artificial Pangram, cuyo nombre evoca el disparo en la caza. Lo temible ahora para el escritor no es la soledad, sino la tentación del acompañamiento; lo aterrador no es la página en blanco, sino la página escrita. Tal es la paranoia que andan los autores ofreciendo sus borradores en sacrificio para que la máquina les corrobore que son humanos y no C-3PO, textos que servirán para engordar a la IA, que los acabará escupiendo como suyos de alguna manera. Pangram para hoy, hambre para mañana. Hay quien aconseja, incluso, evitar determinados recursos estilísticos para no parecerse a la inteligencia artificial, como si la IA se hubiera entrenado con datos extraterrestres y por voluntad de alienígenas: ni enumeraciones trimembres ni guiones largos. Confiemos en nuestro sistema educativo si de lo que se trata es de humanizarse con pobreza lingüística y faltas de ortografía.

No necesitaba el escritor, naturalmente ensimismado en sus inseguridades, dudas prefabricadas. Lo que urge es criterio propio —y ajeno— para distinguir lo mediocre de lo bueno. La virtud de una obra se calibra por cualidades tan humanas como el humor (inteligente), la capacidad para asombrar o sorprender, la ironía (fina), la alegría o la incorrección. Pruebe a pedirle a la IA ideas para perpetrar la escena de un asesinato verosímil y le sermoneará como un híbrido de Iván Redondo y Yolanda Díaz. Donde hay IA no hay literatura, si acaso, literaturra; y, para eso, se basta el humano. Lo indignante de la inteligencia artificial es que priva al escritor de su derecho fundamental, que es fracasar por méritos propios.

Escribir es pensar. También resumir es pensar. Y buscar. Y traducir. Y corregir. La IA es la gestación subrogada del pensamiento. Lo relevante es lo que se haga con esa criatura, si seremos capaces de irradiarle nuestra particular personalidad; al fin y al cabo, toda escritura es un palimpsesto: creamos sobre las huellas de los hallazgos de otros. Ruano sostenía que la humanidad tiende al aprovechamiento de las cosas y, cuando no sabe qué hacer con una montaña, hace fotografías, por ejemplo. Como la mayoría ignoramos qué hacer con la inteligencia artificial, nos dedicamos a disfrazar a un amigo con lencería roja, a suplantar la identidad del rival en vídeos electorales, a pedirle que analice historiales de conversación para saber si nos quieren o a subir textos para que nos confirmen que son nuestros. La infrautilización de la inteligencia artificial vendría a ser como tener a Di Caprio en casa y pedirle que saque la basura. Pero, para tranquilidad de los apocalípticos, lejos de tener entre manos un arma mortal, tenemos más bien una suerte de sirviente desquiciado que lo mismo hace de estilista como de médico, vidente, chef, maquillador o terapeuta argentino. Su salario son nuestros datos.

Además de IA, el diccionario de la RAE ha incorporado la voz ecuatoriana yamor, una bebida fermentada con siete variedades de maíz, que proviene de yak (sabio) y mur (grano), de ahí que se conozca como “chicha de la sabiduría”. Su elaboración requiere un trabajoso proceso en el que no hay atajos. Pero hoy preferimos, ay, la vía rápida, emborracharnos de sabidur-IA. Ojalá hacer el yamor antes que guerrear con la inteligencia artificial.

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