Para los palestinos, el 15 de mayo se erige en una fecha clave. Cada año, la efeméride es conmemorada de manera trágica por el pueblo palestino. Es, en definitiva, una jornada que destaca en el calendario palestino. Para comprender la razón y el impacto que tiene este día en el imaginario de este pueblo, es preciso retrotraerse al 15 de mayo de 1948. Fue entonces cuando comenzó el éxodo palestino. A este episodio se le denomina Nakba, lo que en árabe equivale a “catástrofe”. El término empleado para referirse a este suceso sugiere la gravedad de un evento que, aunque ocurrió hace ya 78 años, marcó el rumbo de buena parte de los acontecimientos que se sucederían en la región. Es más, hay expertos que sostienen que el actual conflicto entre Palestina e Israel no puede entenderse sin los sucesos acaecidos a partir de aquel lejano –pero todavía presente– 15 de mayo; un día que selló para siempre el destino de una población que aún hoy agoniza por subsistir.
Veinticuatro horas antes de aquel momento, se produjo un hecho determinante: el líder David Ben Gurión –quien posteriormente gobernaría su país durante largos años– leyó la Declaración de Independencia de Israel en Tel Aviv. El día escogido para la lectura de este documento no fue fruto del azar, ya que durante aquel tenso 14 de mayo el mandato británico –establecido poco después de que finalizara la Primera Guerra Mundial– llegaba a su fin. Ese mismo día, las escasas tropas británicas que todavía permanecían en el territorio se trasladaron de Jerusalén a Haifa con el objeto de emprender por mar su camino de regreso. Sea como fuere, el Estado israelí quedó constituido ese preciso día y lo que para sus nacionales constituyó un momento de alegría y júbilo, para otros –la población palestina– representó el inicio de una condena que parece no tener fin.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron –y nunca mejor dicho– como la pólvora. Los países vecinos atacaron el Estado recientemente creado. A las pocas semanas, se constituyeron las Fuerzas de Defensa de Israel, cuyo número de efectivos no dejó de aumentar. Mientras tanto, el diplomático Folke Bernadotte se esforzaba por lograr un primer alto el fuego. Durante la segunda tregua alcanzada, propuso la solución de los dos Estados (una iniciativa que la Asamblea General de la ONU ya había recogido en una resolución de 1947); sin embargo, un día después, fue asesinado por un grupo armado israelí.
La contienda siguió su curso. Israel, mejor organizado que sus rivales, llevó a cabo sendas operaciones militares en las que hizo retroceder a sus enemigos. La balanza se iba inclinando, progresivamente, a su favor. Tras meses de enfrentamientos, el 7 de enero de 1949, se acordó un cese temporal de las hostilidades. Ante este nuevo y esperanzador escenario, la presión internacional hizo mella sobre el Estado israelí que no tuvo más remedio que retirarse de Gaza, del sur del Líbano y del Sinaí. Conviene no pasar por alto que los dos primeros emplazamientos citados son hoy focos de fricción debido a la inquebrantable –e insidiosa– voluntad del Estado de Israel de someter ambos lugares a su más estricto control. Así, las heridas, lejos de cicatrizar, siguen abiertas y profundamente enquistadas.

Avanzando en el recorrido histórico de los hechos, el armisticio no tardó en llegar. Israel firmó con cada uno de los países enfrentados el acuerdo correspondiente a lo largo de 1949. En cualquier caso, el final de la contienda trajo consigo un “saldo positivo” para Israel que, erigido en país vencedor, vio aumentado su territorio en más de un 20% respecto a lo estipulado en el plan de partición de la ONU de 1947. La nueva delimitación territorial se trazó mediante la conocida Línea Verde que, inicialmente, tuvo un carácter temporal. Sin embargo, esta nueva demarcación acabó imponiéndose en la práctica, configurando una nueva realidad geográfica. En paralelo, Gaza quedó bajo ocupación egipcia y Cisjordania bajo control de Transjordania.
A la luz de lo explicado, no cabe duda alguna acerca de quiénes fueron los verdaderos perdedores: los palestinos. Esta población, durante la guerra que unos y otros mantenían, fue expulsada de sus hogares de manera permanente. Al mismo tiempo, más de 500 de sus pueblos fueron brutalmente arrasados. Las cifras dan cuenta de la magnitud del desastre: alrededor de 700.000 personas se vieron forzadas a abandonar sus tierras. Lo más terrible e insólito es que muchos de ellos pasaron a ser refugiados en su propio territorio. Un cruel giro del destino que les arrancó de cuajo su arraigo, su identidad y su futuro ante la irrupción de un nuevo orden político-territorial que los convirtió en extranjeros en un su propio hogar.

Este exilio forzoso marcó de manera irreversible su destino, propiciando la creación de campos de refugiados que quedaron diseminados a lo largo de la región en los años siguientes. En este contexto, cabe mencionar el campamento de Aida –ubicado en la histórica ciudad de Belén– que fue establecido por la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo durante aquellos convulsos momentos. En la entrada principal del referido recinto, hay un arco con forma de cerradura y sobre él se alza una gran llave negra que representa la desposesión de los hogares palestinos, así como la persistente esperanza de retorno. Se trata de un símbolo de resistencia que pone de manifiesto los efectos más perversos que trajo consigo la Nakba: la pérdida de la propiedad, la expulsión masiva y la reivindicación del derecho a regresar.
La llave de Aida condensa la memoria de todas aquellas que, de manera abrupta y violenta, dejaron de utilizarse a raíz de los enfrentamientos suscitados con Israel desde que nace como Estado hasta su actual e ilícita política de ocupación en territorio palestino. Es más, muchas de las familias afectadas por la “catástrofe” de los años cuarenta, así como por los episodios posteriores decidieron conservar este objeto, aferrándose a la posibilidad de regresar algún día y volver a abrir –aunque fuera simbólicamente– las puertas de sus antiguos hogares. Estas llaves han ido pasando de mano en mano entre sus descendientes. Todas ellas han sido custodiadas como un valioso tesoro, puesto que encarnan el anhelo más profundo de volver a la tierra que un día les fue arrebatada.

Este elemento –que podría resultar insignificante– escenifica el alto peaje que sufrió la población palestina que, por desgracia, lleva demasiado tiempo supeditada al albur de otras potencias. En un momento dado, esta vergonzosa situación trató de afrontarse –aunque muy tímidamente– por la ONU cuando en el artículo 11 de la resolución 194 de la Asamblea General se incidió en la idea de que los refugiados debían retornar a sus casas. Así rezaba parte del precepto legal: “(…) debe permitirse a los refugiados que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos, que lo hagan así lo antes posible”. Sin embargo, todo ha resultado ser mera palabrería. Y, lo más grave, es que casi ochenta años después, la realidad no se presenta mucho más halagüeña.
La región parece sumida en una siniestra oscuridad que no hace sino intensificarse al constatar con verdadero estupor que, por ejemplo, en la Franja de Gaza se ha pasado de la Línea Verde de 1949 a una Línea Amarilla en 2025 –contenida en el infausto plan de Donald Trump que fue presentado a finales del año pasado– a partir de la cual Israel ha decidido reducir aún más el tamaño del citado enclave. Tel Aviv parece empecinado en llevar al límite la política de estrangulamiento de la población palestina que, literalmente, dispone cada vez de un menor margen de maniobra. Las llaves se acumulan fatalmente, convertidas en el testimonio persistente de un retorno que el tiempo no ha logrado borrar, pero que la realidad se empeña en aplazar indefinidamente.
