Sobre el terreno en la Franja de Gaza se hace imposible hablar de una realidad de posguerra. Con la mayoría de los dos millones de civiles viviendo en precarias tiendas de refugiados y casas destruidas, el avance del plan de paz impuesto por la administración Trump no se materializa en el ansiado alivio que requieren los gazatíes. Y lo que es peor: en los más de dos meses de tregua, las muertes causadas por el Ejército israelí y la represión interna de Hamás no cesan.
La entrada en vigor de la tregua implicó la creación de una ficticia “Línea Amarilla”, delimitada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), que todavía controlan la mitad oriental del enclave costero. El desarrollo de la segunda fase del plan de paz, que debería incluir la desmilitarización de Hamás, la creación de un gobierno de transición y la entrada de tropas internacionales, parece lejos de aplicarse. Hamás emergió de los túneles y no demuestra voluntad de entregar sus fusiles.

Decenas de gazatíes han sido abatidos por las FDI tras cruzar -deliberadamente o no-, la nueva frontera que divide Gaza entre este y oeste. El ejército israelí alega que solamente ha usado fuego real ante violaciones del alto al fuego, cuando milicianos armados intentaron deliberadamente dañar a sus tropas. Según fuentes sanitarias palestinas, 406 personas han muerto ya desde la entrada en vigor de la tregua, incluidos 157 niños. La mayoría, en bombardeos de la fuerza aérea.
La familia Abu Dalal, del campo de refugiados de Nuseirat -en el centro de la franja-, fue víctima de esta nueva realidad. Dos primos de la familia cruzaron la “Línea Amarilla”, por lo que posteriormente las FDI atacaron sus casas. Uno de los dos, tildados por Israel como milicianos, fue abatido. También murieron otros 18 familiares, incluidos dos niños de tan solo tres años.

Para Maysaa al-Attar, estudiante de farmacia de 30 años, la muerte llegó por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Recibió un disparo en el abdomen mientras dormía en la tienda de campaña de sus padres en el noroeste de Gaza la mañana del 14 de noviembre. Tres semanas antes, habían montado la tienda sobre las ruinas de la casa familiar.
Ali al-Hasash, de 32 años, murió por disparos tras cruzar la línea divisoria en busca de leña para cocinar y alimentar a su mujer embarazada y su niño de cuatro años. En el campo de refugiados de Bureij, así como en la mayoría de la franja, no hay disponible gas para cocinar. Por ello, mucha gente toma el riesgo de recolectar madera en territorio prohibido. Saeed al-Awawda, de 66 años, fue disparado en las mismas circunstancias. Por la herida acabó perdiendo una mano.

El teniente coronel Nadav Shoshani, portavoz militar israelí, afirmó al New York Times que los procedimientos del ejército están diseñados para evitar bajas civiles. Cuando palestinos que no están claramente armados cruzan al lado israelí de la Línea Amarilla, los soldados tienen órdenes de advertirles que se den la vuelta y, como último recurso, detenerlos disparándoles a la parte inferior del cuerpo.
Acorde a la versión de las FDI, milicianos de Hamás vestidos de civiles acostumbran a acercarse a la Línea Amarilla armados. “En la mayoría de los casos, las violaciones llegan por parte de Hamás. En muchas situaciones, somos capaces de advertir a la gente y que den marcha atrás”, prosiguió Shoshani.

A pesar de la tregua, milicianos en Gaza han abierto fuego esporádicamente contra soldados israelíes. En cada ocasión, Israel ha respondido con una fuerza abrumadora contra amplios objetivos alejados de los lugares de ataque. El 28 de octubre, un francotirador mató a un soldado israelí en Rafah, el tercer soldado israelí muerto desde el alto el fuego. Esa noche, Israel respondió con un ataque, matando al menos a 100 personas en Gaza.
Desde la entrada en vigor de la tregua hace más de dos meses, se han documentado varias ejecuciones públicas en Gaza atribuidas a Hamás, dirigidas sobre todo contra presuntos colaboradores con Israel y miembros de clanes o milicias rivales, utilizadas como demostración de fuerza interna pese al alto el fuego. Las cifras exactas son inciertas, pero distintas fuentes apuntan que, desde finales de septiembre hasta finales de octubre, al menos varias decenas de personas han sido ejecutadas de forma extrajudicial, incluyendo escenas grabadas en plazas y calles, en acciones destinadas a amedrentar a la población.
Por otra parte, los colonos judíos y sus representantes políticos insisten en aprovechar la “oportunidad histórica” creada en Gaza para refundar los asentamientos judíos en el territorio costero, desmantelados durante la “desconexión” aprobada en 2005. En un acto para celebrar la construcción de más casas en asentamientos de Cisjordania, el ministro de defensa Israel Gatz afirmó que “con la ayuda de Dios, también construiremos en el norte de Gaza. Lo haremos de modo adecuado y en el tiempo correcto”.
Tras firmarse el plan de paz de 20 puntos, el documento redactado por la Administración Trump aclaró que Israel “no se anexionará ni ocupará Gaza”. En respuesta a las palabras de Katz, la Casa Blanca replicó que “mientras más provoque Israel, menos se involucrarán los países árabes” en el plan de paz. Para la extrema derecha judía, la matanza de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la ofensiva militar fueron una “oportunidad divina” para controlar todo el territorio. “Estamos bien dentro de Gaza y nunca nos marcharemos”, insistió Katz.
Mientras, los gazatíes sobreviven en un territorio repleto de ruinas, bombas sin estallar y falta de infraestructuras, clínicas, escuelas ni fácil acceso a medicamentos o medicinas. Israel sigue vetando la entrada de materiales para la reconstrucción y viviendas temporales, entre acusaciones mutuas con Hamás de violar los términos del plan de paz.


