Una joven se queda embarazada y todo el mundo la felicita. Sin duda, es una buena noticia. Hay que celebrarla. La familia se vuelca, llegan los regalos, los amigos están más pendientes… La espera genera cierta ilusión y algún miedo. Su cuerpo se transforma. Tiene molestias. Le quitan hierro. Son las típicas. Así pasan los meses, llega el día del parto y los que la rodean están expectantes. Por fin van a ver la cara del bebé.
Ella no está realmente preparada para lo que se le viene encima. Sabe que dar a luz no es fácil. Poco más. Está en manos de los médicos. En su mente no existen los fórceps o la cesárea. Tampoco las consecuencias. No tiene ni idea de los dolores que vendrán después y menos aún de las curas que tendrá que hacerse.
No le han explicado que luego puede sufrir una depresión porque tiene las hormonas disparadas. Su cabeza debe digerir los cambios. Lo de menos es verse fea e hinchada. Resulta que el hijo no se agarra bien al pecho o tiene los cólicos del lactante. No va a volver a dormir bien en su vida. Así que no es raro que llore sin parar y sin motivo. Justo cuando más dichosa debería sentirse. Nadie lo entiende.
Esto no le ocurre a todas, pero le pasa a muchas. A las mujeres no nos dicen la verdad nunca a la cara. Ni en este ni en otros momentos. Nos engañan desde pequeñas contándonos milongas. De niñas nos leen cuentos de princesas que vienen a ser rescatadas por el futuro rey a lomos de un caballo blanco. De ese modo crecemos pensando que el amor romántico es el único que existe. Es sólo un ejemplo de lo rosa que nos lo pintan todo.
En la adolescencia estamos llenas de complejos y de traumas. También le restan importancia. Llega la regla y eso es “cosa de chicas”. “Te tomas un paracetamol y ya está”, comentan. Pero es un periodo realmente difícil, repleto de dudas y desconocimiento. Eres ciclotímica y no te quejas porque te han insistido en que es lo natural. Por eso llegará el día en que te irás a trabajar desangrándote. Te lo callas.
Ya de adulta comienzas a asumir responsabilidades y las culpas de los demás porque es “lo que toca”. Los sueldos no son equitativos y alguien debería haberte aclarado los términos del contrato porque el listado de tareas es interminable. Igual que en tu casa. Acarreas una importante carga mental y encima no te lo reconocen. Nadie te va a avisar de que el universo no se acaba si dejas de controlarlo todo, mejor que explotes.
Por último, ya en la menopausia llegan los sofocos, el insomnio, los problemas musculares. Eso sí nos lo han anticipado. Pero no con mucho detalle, no vaya a ser que nos achantemos. No añaden que se cae el pelo y te vas rompiendo los huesos por la falta de calcio. Hay que aprender a convivir con la persona que se refleja en el espejo, mientras fuera te acribillan con anuncios de cremas que detienen el tiempo.
Supongo que si no nos hablan de todo esto desde un principio es para no agobiarnos. Será una forma de protegernos, digo yo. A veces, hay que mantener las formas y recurrir a mentiras piadosas por empatía o por educación. Pero realmente prefiero que en cuestiones de este tipo me abran en canal, me miren a los ojos y me informen de forma correcta. Sólo así podremos estar preparadas.
Por suerte, parece que poco a poco muchos temas de salud se van abordando con mayor normalidad y espero que la generación de nuestras hijas lo haga con absoluta libertad. Confío en que no se les oculte la realidad.
La verdad es que yo caí en la cuenta de todo esto hace tan sólo unos días al escuchar una entrevista a Cristina Medina. En ella, la actriz expresa sin tapujos la degeneración física y el agotamiento emocional que padeció por un cáncer de mama.
A eso me refiero, compartir sus experiencias no supone infundir temor. Es ayudar a otras mujeres. De eso se trata. Ella sólo pone voz a muchas pacientes. Habrá algunas que sufran otro tipo de enfermedades y se sentirán identificadas.
De hecho, con sus palabras resume a la perfección aspectos que yo todavía no he sido capaz de expresar. Entre ellos, uno curioso. Medina afirma que después del tratamiento “viene el luto por la que fuiste”. La persona ya no es la misma. Sale diferente del proceso. “Hay una parte de ti que se muere. Ya no te reconoces”. Está bien que alguien lo advierta. Eso tampoco me lo dijeron.



