Vuelve la Feria del Libro y retorna, con fuerza, un recuerdo. Lo tenía sepultado en el fondo de mi mente hasta que el otro día mi hija dijo que quería ir a ver a Iker Unzu, un famoso ‘youtuber’ que ha publicado unos cuantos libros. Para conseguir su firma hay que llegar a la caseta muchas horas antes. Se forman colas kilométricas, luego pasa la organización, reparte 200 números y a saber si te toca. Eso con estos calores es como si me pide que le alcance la luna. Se lo he explicado, pero ella sigue insistiendo. Ya veremos si llegado el día estoy dispuesta a sufrir una lipotimia por amor.
La historia es que este melodrama adolescente me ha hecho rememorar una maravillosa escena del pasado. Yo tendría unos 11 años e iba con mi madre paseando por aquellas calles repletas de árboles y libros. Estábamos en El Retiro y no íbamos a los columpios o a las barcas del estanque. No entendía nada. Encima llevaba las manos pegajosas por culpa de un flash de fresa y me iba quejando todo el rato. Tuvimos que buscar una fuente para lavármelas y después acelerar el paso para dar con la autora que le fascinaba. Yo todavía no comprendía el fenómeno fan.

Al final, la localizamos y, tras una espera que se me hizo eterna, nos plantamos frente a ella. Era una señora mayor, regordeta, con el pelo blanco muy corto. Entonces, mi progenitora le entregó un libro con un pato en la portada (luego supe que era una oca) y le pidió una dedicatoria.
La mujer, que debía ser una celebridad vista la expectación que desataba, le preguntó que para quién era. Fue hablar y quedarme petrificada. Era como si sonara un trueno en la quietud de la noche. Era un tono ronco, profundo. “Mi voz cascada y rota”, así es como la definía ella misma. Se trataba de Gloria Fuertes.
Me sonaba su cara de la televisión, pero hasta esa fecha no le había concedido importancia. Aquel encuentro logró que empezase a prestarle atención a sus poemas y cuentos infantiles. Con los años también leería su obra para adultos. De ese modo me convertí en una admiradora más.
En 2017 fui a una exposición sobre ella en el teatro Fernán Gómez. Esta se celebró con motivo del centenario de su nacimiento y recorría su vida a través de fotografías, documentos y objetos personales. Ahí se podía comprobar que era una persona adelantada a su época: tenía carácter, fumaba y llevaba pantalones. Era antibelicista, familiar, sensible y humana. Siempre contaba que no se había casado porque sus parejas se habían muerto en la Guerra civil que fue “la más incivil”. Aunque el gran amor de su vida fue Phyllis Turnbull, una hispanista estadounidense.
Ahora hay otra muestra de lo más interesante en la Casa del Lector de Matadero (Madrid). Nada más entrar unos paneles contextualizan: “Su poesía nos enseña que la ternura puede ser una forma de resistencia, que el humor puede desmontar los discursos del poder y que la palabra, cuando nace de la verdad, es imparable”.
Vale la pena hacer un recorrido por su infancia y juventud. Conocer cómo se formó y cómo llegó a alcanzar una gran popularidad. Ella retrataba un España casposa, repleta de desigualdades. Y, aunque ya no esté la misma, sus textos nos siguen interpelando. “A veces, escribo deliberadamente mal para que me entiendan bien; a veces emociono, procuro no hacer llorar, procuro hacer reír”, comentó en una entrevista que le hizo José María Íñigo en ‘Estudio abierto’.

En Matadero explican que Gloria Fuertes nació en el barrio de Lavapiés, en una familia humilde. Destacan que fue redactora en ‘Maravillas’ y en ‘Flechas y Pelayos’. Además, entre libro y libro, fundó una tertulia femenina o la revista poética ‘Arquero’ con Antonio Gala, Rafael Mir y Julio Mariscal. Consiguió una beca Fullbright de Literatura Española y se fue en 1961 a Estados Unidos. Son sólo unas pinceladas que demuestran lo inusual de su figura.
Una de las composiciones que más me gustan la tienen allí enmarcada. “Nosotras, las tristes mujeres que escribimos, tenemos una duda clavada en este seno. Y a verso limpio vamos al centro de las cosas. No estamos en la luna, estamos en la tierra. Nosotras escribimos de noche y a escondidas, entre hijo y aguja por entre los pucheros. El mundo nada sabe de nuestros hondos libros, pero el dolor después de todo es lo nuestro. Nosotras dicen muchos que solo pico y pala, para no oír verdades se convierten en ciegos. Salvemos el mundo, nosotras, alfileres, que pinchamos la vida y sangramos el verso”.

