Barcelona volvió a mirar al cielo. La inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Familia fue uno de esos acontecimientos capaces de detener una gran capital. Luces, música, emoción colectiva y una arquitectura que parece desafiar las leyes de la gravedad. Miles de personas levantando la vista al mismo tiempo. Creyentes, turistas, curiosos y vecinos compartiendo un instante de admiración. Es difícil no sentirse pequeño ante una obra tan descomunal. Es difícil no emocionarse. Y, sin embargo, mientras observaba el espectáculo, una sensación incómoda se abría paso entre el asombro.

La Iglesia católica tiene una capacidad extraordinaria para generar belleza. Lo ha hecho durante siglos. Catedrales, hospitales, escuelas, misiones, redes de solidaridad y personas que dedican su vida a los demás. También el papa León XIV ha representado, para muchos, una bocanada de aire fresco. Su insistencia en hablar de pobreza, de migraciones, de desigualdad y de justicia social conecta con una parte de la sociedad que llevaba tiempo sin sentirse escuchada por la institución.
Hay algo profundamente valioso en ese mensaje. En una época dominada por el individualismo, escuchar a un líder mundial recordar que nadie debería quedarse atrás tiene una fuerza indiscutible. Pero precisamente por eso la contradicción resulta tan dolorosa.
Mientras contemplamos una torre que se eleva más de ciento setenta metros sobre Barcelona, seguimos esperando que algunas transformaciones mucho más sencillas consigan despegar dentro de la propia Iglesia. La igualdad de las mujeres es una de ellas.
Resulta difícil entender que una institución que predica la dignidad de todas las personas continúe reservando los espacios de poder y decisión exclusivamente a los hombres. Las mujeres sostienen parroquias, colegios, hospitales y proyectos sociales en todo el mundo. Sin embargo, siguen encontrando un techo de cristal que parece construido con siglos de tradición y una resistencia feroz al cambio.
Y luego están los abusos sexuales a menores. Probablemente la herida más profunda. Cada vez que escuchamos una nueva investigación, un nuevo testimonio o una nueva víctima, aparece la misma pregunta: ¿por qué ha costado tanto? ¿Por qué tantas personas tuvieron que esperar décadas para ser escuchadas? ¿Por qué la protección de la institución pareció, durante demasiado tiempo, más importante que la protección de los niños?
La Iglesia ha dado pasos. Sería injusto negarlo. Existen protocolos, investigaciones y un reconocimiento mucho mayor de la gravedad del problema. Pero para muchas víctimas esos avances llegan tarde. Y cuando uno escucha sus relatos entiende que la lentitud no es una cuestión burocrática. La lentitud tiene consecuencias humanas.
Cada año de demora es un año más de sufrimiento. Cada expediente que tarda en resolverse es una persona que sigue esperando justicia. Cada discusión interminable sobre reformas es una mujer que continúa siendo excluida.
Quizá ese sea el gran problema: hemos normalizado la lentitud. Como si una institución de más de dos mil años pudiera permitirse pensar siempre en términos de décadas. Como si el tiempo tuviera el mismo significado para quien ocupa una posición de poder que para quien espera reparación. Pero no lo tiene. Para una víctima, diez años son una vida. Para una persona discriminada, una generación entera puede pasar antes de ver reconocido un derecho básico.
Por eso la visita del Papa y la inauguración de la torre de Jesús despiertan sentimientos contradictorios. Admiración y frustración. Esperanza y enfado. Reconocimiento y exigencia. Y precisamente por eso cuesta aceptar que no aplique esa misma determinación a resolver las injusticias que todavía persisten en su interior.
Barcelona celebró una torre que apunta al cielo. Tal vez el verdadero desafío sea mirar también hacia abajo. Escuchar a quienes siguen esperando.

