Cuando se habla del origen de los derechos humanos modernos, la memoria colectiva suele detenerse en grandes declaraciones, fechas solemnes y nombres masculinos que ocupan el centro del relato diplomático. Sin embargo, en la trastienda de uno de los cambios más profundos del siglo XX hubo también mujeres que empujaron la historia con una mezcla de inteligencia política, convicción moral y paciencia institucional. No aparecen siempre en los manuales con el relieve que merecen, pero su huella sigue ahí, incrustada en el propio vocabulario con el que hoy se entienden los derechos humanos.
Entre ellas destacan tres figuras esenciales: la india Hansa Mehta, la dominicana Minerva Bernardino y la danesa Bodil Begtrup. Sus trayectorias no fueron idénticas, ni sus formas de influencia respondieron al mismo patrón, pero las tres intervinieron en un momento decisivo: el de la construcción del sistema de Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo convulso, cuando el mundo trataba de levantar un nuevo orden internacional sobre las ruinas del fascismo y de la barbarie, estas tres diplomáticas y activistas ayudaron a redefinir quién era el verdadero sujeto de los derechos humanos y cómo debía expresarse esa universalidad en los textos de la ONU.
El momento en que la ONU empezó a decidir cómo nombrar la dignidad
La historia de los derechos humanos contemporáneos no nació de golpe en 1966, con la aprobación de los Pactos Internacionales, aunque esos tratados fueran un paso decisivo. Antes de ese momento hubo una fase fundacional, casi más importante, en la que se discutió algo que parecía solo terminología, pero que en realidad era mucho más: qué palabras usar para definir la dignidad, la igualdad y la libertad de las personas.
En la ONU de posguerra no todo estaba resuelto. La idea de universalidad existía, sí, pero seguía arrastrando inercias culturales, jurídicas y lingüísticas profundamente masculinas. El reto no consistía únicamente en reconocer los derechos humanos, sino en asegurarse de que ese reconocimiento no dejara fuera, ni de forma explícita ni implícita, a la mitad de la población. Ahí es donde aparecen Hansa Mehta, Minerva Bernardino y Bodil Begtrup.
Hansa Mehta y la batalla por una universalidad real

Hansa Mehta, representante de la India, entendió desde muy pronto que el lenguaje no era un detalle menor. Era, de hecho, uno de los grandes campos de batalla. Su nombre ha quedado unido a una de las modificaciones más simbólicas de la arquitectura moral de la ONU: la sustitución de una fórmula centrada en “todos los hombres” por otra mucho más inclusiva, “todos los seres humanos”, en la redacción del artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Ese cambio parece pequeño si se observa con la distancia del presente, pero en realidad alteraba el centro de gravedad del texto. Los derechos humanos dejaban de formularse desde una expresión heredada de un universalismo masculino y pasaban a proclamarse de forma verdaderamente abierta. Mehta comprendió que las palabras condicionan la interpretación jurídica, la recepción política y hasta la imaginación moral de una época. En otras palabras: si el nuevo orden internacional quería ser universal, debía empezar por hablar como tal.
La importancia de Hansa Mehta no se limita a esa corrección decisiva. Su figura representa también la entrada de voces procedentes del Sur Global en un debate que durante demasiado tiempo se ha contado como si hubiera sido únicamente occidental. India acababa de atravesar su propia transición histórica, marcada por la independencia y la partición, y Mehta aportó al debate sobre los derechos humanos una sensibilidad distinta, atenta tanto a la igualdad como a la emancipación política de los pueblos y de las mujeres.
Minerva Bernardino y la igualdad entre hombres y mujeres como principio visible

Si Hansa Mehta fue decisiva en el terreno del lenguaje universal, Minerva Bernardino lo fue en la afirmación explícita de la igualdad entre hombres y mujeres dentro del sistema de la ONU. Diplomática de la República Dominicana, Bernardino entendió que el nuevo derecho internacional no podía construirse sobre fórmulas ambiguas. Había que nombrar esa igualdad de forma clara, visible y no subordinada.
Su intervención fue fundamental para que la referencia a la igualdad de hombres y mujeres quedara integrada en el proyecto político de Naciones Unidas. En una época en la que muchos discursos aceptaban de manera retórica la dignidad común, pero seguían relegando la cuestión femenina a un plano secundario, Bernardino empujó para que la igualdad no fuese un apéndice decorativo, sino uno de los pilares del edificio. Esa batalla importaba, y mucho, porque sin ese reconocimiento explícito el desarrollo posterior de los derechos humanos habría sido más débil, más lento y más fácilmente reversible.
La dominicana formó parte de esa generación de mujeres que entendieron que la diplomacia también podía ser un espacio de confrontación ideológica. No se trataba solo de estar presentes en la mesa, sino de alterar el contenido de lo que se decidía en ella. Bernardino ayudó a que la ONU asumiera que la igualdad entre hombres y mujeres debía aparecer desde el principio en la formulación de los derechos humanos, no como una concesión posterior ni como un añadido sectorial.
Bodil Begtrup y la construcción de la maquinaria institucional

El caso de Bodil Begtrup es diferente y, precisamente por eso, igual de importante. Su papel fue esencial en el plano institucional. La diplomática danesa presidió la Comisión sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, un órgano que resultó clave para introducir de forma organizada y persistente la agenda de igualdad dentro de Naciones Unidas. No dejó una frase tan célebre como Mehta ni encarna de manera tan visible la pelea textual como Bernardino, pero su contribución fue decisiva para consolidar el espacio desde el que esas reivindicaciones pudieron articularse con continuidad.
A menudo la historia de los derechos humanos se cuenta a través de grandes documentos, pero esos documentos no nacen solos. Necesitan comisiones, debates, redes diplomáticas, persistencia burocrática y una presión constante dentro de las instituciones. Begtrup entendió eso a la perfección. Su mérito estuvo en ayudar a que la cuestión de la igualdad femenina no se disolviera en la agenda general de la posguerra. Logró que la ONU contara con una estructura capaz de intervenir, discutir y dejar huella en la definición de los derechos humanos.
Su papel demuestra que la historia internacional no solo la hacen quienes pronuncian las frases más recordadas, sino también quienes construyen los mecanismos que permiten que esas frases lleguen a existir y sobrevivan después. Sin esa arquitectura institucional, muchas de las conquistas normativas del sistema de Naciones Unidas habrían quedado en simples declaraciones de intención.
Un aniversario que vuelve a poner el foco en el origen de los pactos
La figura de Hansa Mehta, Minerva Bernardino y Bodil Begtrup cobra además una resonancia especial esta semana en España. Este jueves 9 de abril de 2026, el rey Felipe VI preside en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid la Conmemoración del 60º aniversario de los Pactos Internacionales de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en referencia al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y al Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobados por la Asamblea General de la ONU en 1966.
La propia Universidad Complutense ha presentado ambos textos como dos pilares fundamentales del sistema universal de protección de los derechos humanos. Aunque aquellas tres mujeres no fueron las únicas arquitectas de ese proceso histórico, su papel resulta esencial para entender cómo se fue construyendo el lenguaje político y jurídico que más tarde desembocaría en esos pactos. Por eso, la conmemoración presidida por el Rey no solo remite a una fecha clave del derecho internacional, sino también a una generación de diplomáticas que ayudó a ensanchar el significado mismo de los derechos humanos dentro de Naciones Unidas.
