Me juré no escribir una sola palabra sobre el discurso que León XIV pronunció este miércoles en el Congreso. Por una razón: no fui acreditado y, por ende, no iba a estar presente en el hemiciclo. Como considero que un cronista es un señor –o una señora; nos entendemos– que va a un sitio, ve algo y lo cuenta, y yo no pasé de seguir la estupenda intervención del Santo Padre desde una redacción y a través de un monitor, decidí maniatarme con una gruesa cuerda de honestidad profesional… y de resentimiento, ¿para qué me voy a engañar?
Donde sí estuve fue en la Santa Misa que celebró el domingo en Cibeles. Con matices: quien dice estuve, dice vi a ochocientos metros. Un QR me ubicó en el sector W15, es decir, en la Plaza de Colón. Curiosa experiencia: había peña desde las seis de la mañana, yo accedí al recinto como a las ocho, la eucaristía comenzó a las diez y poco, el calor apretaba como una pitón reticulada desde las nueve, muchos se debatieron entre sufrir una insolación o mearse encima y todos, absolutamente todos, aparcaron sus miserias, las pusieron en manos de Dios y fueron felices.
Más de un millón de paisanos escucharon al papa Prevost, en el día del Corpus, advertir que “nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Reconozco que, con el caloramen, la homilía me supo desnatada; ahora bien, una vez releída, afloran los hallazgos, como esa llamada urgente a la fraternidad, heredera de Mateo, 25,36: “Estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. El Santo Padre nos recordó que el capillismo está muy bien, pero que, si se anquilosa y no se traduce en buenas obras, no pasa de un lifting del fariseísmo –al mismo tiempo, la Iglesia no puede ayudar aparcando a Dios: de hacerlo, se convertiría en una vulgar ONG.
“El Cristo que pasa por las calles en la custodia”, nos dijo el Papa, “es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados”. El misterio me vuela la cabeza: la hostia no representa a Dios, sino que es Dios. Según los creyentes, es el propio Jesús de Nazaret quien “pasa por las calles en la custodia”. ¿Cómo carajo se come eso? La comunión va más allá de una ingesta: el Cristo entra en uno, encala el alma –si quien comulga se deja– e invita, en última instancia, a ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura (Marcos, 16, 15). Sin rodeos ni escapismos. En palabras de León XIV, “también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”. “No se trata únicamente de sacar la custodia –insistió–, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada”.
Soy un católico difícil, contradictorio e intermitente que, como canta Nick Cave en “Into my Arms”, no cree –o no siempre– en un Dios intervencionista. Mi relación con la Iglesia ha tenido sus más y sus menos: Jesucristo me enamora tanto como me repelen los retiros y los rosarios. No canté “Benedicto Equis Uve Palito” en la JMJ de 2011 ni “Papa León, te queremos un montón” este fin de semana. Sí que aplaudí. Y convencido como pocas veces en mi vida. Me he enamorado de un Sumo Pontífice que, de una manera brillante, ha hecho honor a la etimología del término y no ha hecho otra cosa que erigir puentes entre Dios y sus hijos, incluidos los que de Él reniegan. Con elegancia, firmeza, humanidad y sabiduría. León XIV es un fabuloso reflejo de lo sublime y yo, parafraseando a Antonio Banderas, he caído víctima de su hechizo. Un hechizo que viene de lo Alto y que, a poco que alcemos la mirada, nos supera y encandila.

