Opinión

Lo que el viento no se llevó: mujeres esclavistas

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Durante más de dos décadas (pongamos tres), la filosofía woke ha construido un relato simplista y maniqueo: el hombre blanco como principal —y casi único— villano de la historia. Colonialismo, esclavitud, patriarcado, desigualdad… todo se reduce a una culpa racial y de género concentrada en el varón occidental. Este marco narrativo, repetido en universidades, medios y activismo, ignora deliberadamente la complejidad humana y la participación de otros actores.

Por ejemplo: la literatura o el cine nos han mostrado profusamente villanos sólo representados por caballeros despiadados. Pero un artículo reciente de Lipton Matthews en Aporia (“Mujeres y esclavitud”, mayo de 2026) desmonta el estereotipo de la “señora pasiva” o de la delicada espectadora.

¿No sería hora de recuperar la racionalidad y una equidad auténtica que no exima a nadie por su sexo o color de piel?

Hace ya quince años escribí un artículo, “La falacia del blanco malo” (Letras Libres, 2011), donde discutía este mito de la mano del imprescindible intelectual que es Thomas Sowell. Sí, este economista negro estadounidense recordaba que la esclavitud era una práctica universal, presente en África, Asia, el mundo islámico, la América prehispánica y Europa. Los propios africanos capturaban y vendían a sus vecinos a europeos y árabes. Los esclavos europeos (más de un millón fueron capturados entre 1500 y 1800 por piratas berberiscos) y el enorme mercado que suponían en el mundo musulmán apenas aparecían en el relato dominante. Sowell subrayaba que el racismo no fue la causa sino la consecuencia de la esclavitud en ciertos contextos, y destacaba el papel pionero de Occidente —especialmente de los británicos y angloamericanos— en su abolición, a menudo en contra de sus intereses económicos.

Matthews le suma ahora un dato incómodo a este análisis que el feminismo woke preferirá obviar: las mujeres también participaron activamente en la esclavitud. En el sur de Estados Unidos, las mujeres blancas no solo heredaban esclavos: los compraban, vendían y gestionaban. Un estudio de más de 15.000 transacciones en el mercado de Nueva Orleans (1856-1861) revela que las mujeres aparecieron como compradoras o vendedoras en el 30,2% de los casos, con un equilibrio casi perfecto entre ambos roles (17,2% compradoras, 16,5% vendedoras). No se trataba más que nada de viudas liquidando herencias, sino de mujeres casadas y de diversas edades que participaban activamente en la economía esclavista. Leyes como la de Mississippi de 1839 protegían expresamente la propiedad de esclavos de las mujeres casadas, rompiendo con la doctrina legal tradicional de couverture según la cual, al contraer matrimonio, la personalidad jurídica de la mujer quedaba absorbida o suspendida por la de su marido (ojo, varones de pelo en pecho: también cargaban con los delitos que ellas cometieran).

En la Jamaica colonial, tres de cada cuatro mujeres que dejaron testamentos poseían esclavos y los legaban preferentemente a otras mujeres, consolidando la riqueza a lo largo de líneas femeninas. Las esclavas eran tratadas como bienes muebles —al igual que joyas o muebles— y las dueñas ordenaban castigos, azotes, patrullas y ventas. En los anuncios de esclavos fugitivos se muestra a mujeres exigiendo que se las capture “muertas o vivas” o 50 latigazos. Lejos de ser ajenas al “negocio sucio”, muchas lo ejercieron con plena autoridad legal y cultural. Y es que los seres humanos, independientemente de su raza o sexo, han ejercido el poder y cometido abusos cuando han podido. La esclavitud no fue un invento exclusivo del varón blanco, ni las mujeres fueron meras víctimas pasivas del sistema. La narrativa woke actual comete dos falacias graves. Primero, el reduccionismo identitario: la historia se divide entre opresores (blancos y varones) y oprimidos (el resto), ignorando las alianzas, complicidades y responsabilidades cruzadas. Segundo, el presentismo moral: juzga el pasado con estándares del siglo XXI sin contextualizar que la esclavitud fue la norma durante milenios en casi todas las culturas, y que su abolición fue una anomalía moral impulsada por la Ilustración y el cristianismo occidental (encarnado ello mayormente, por cierto, en un varón blanco y presumiblemente hetero). La auténtica equidad no consiste en invertir la jerarquía de victimarios (ahora el hombre blanco como chivo expiatorio eterno), sino en reconocer la capacidad de todos los grupos para el bien y para el mal.

Los hombres y mujeres, europeos, africanos y asiáticos, participaron y participan en sistemas de dominación. Occidente, con sus defectos, también generó las ideas y las fuerzas que impulsaron e impulsan su progresiva superación: derechos individuales, abolicionismo, estado de derecho y prosperidad material sin precedentes. Culpar sistemáticamente al “hombre blanco” no solo distorsiona la historia; erosiona la cohesión social y desincentiva el esfuerzo individual. Es una relación que empobrece a todos, porque niega la agencia humana universal. Es tiempo de dejar atrás estos mitos simplistas y recuperar una visión madura: la de una humanidad imperfecta que avanza, no gracias a la autoflagelación etnocéntrica, sino al reconocimiento honesto de sus luces y sus sombras.

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