A Alicia Mariño, pour tout.
Hay cosas que no se olvidan: el primer beso, la primera vez que ves el mar, la primera tortilla de Betanzos. Tampoco se olvida nunca el primer libro que conquista nuestra imaginación, en mi caso las novelas de Julio Verne. Los libros y las tortillas, de ese otro París, tienen una particularidad añadida: te pueden seguir entusiasmando cada vez que los pruebas. Eso me ocurrió hace poco con un libro del que hui durante años: Los Miserables.
Las casi mil trescientas páginas, los prejuicios, las películas y musicales me habían impedido enfrentarme a la obra magna de Victor Hugo -al otro clásico entre los clásicos-, pero el día que acometí, al fin, su lectura, fue uno de los más dichosos que he vivido como lector. Desde el principio la historia de Jean Valjean me deslumbró. La vida, desgraciadamente, es finita, en cambio los océanos de la literatura son inmensos e infinitos. Para navegar por esas aguas procelosas y evitar ahogarnos en los sargazos de la impotencia y la futilidad, necesitamos la carta de navegación más precisa y preciosa que existe y esa carta de navegación son los clásicos.
Los que ocupan el alma
Los grandes libros no son como cree María Pombo los que ocupan mucho espacio en las estanterías, son los que ocupan mucho espacio en el alma. Son los que han conquistado el tiempo y el espacio y habitan, a la vez, en el corazón y la memoria de sus lectores y en un planeta lejano llamado Eternidad. Unos son de nuestros días, otros de las vísperas, los más de hace siglos, décadas, años, pero todos son de rabiosa actualidad. Las obras de Homero, Esquilo y Sófocles son clásicos, pero el último libro que acabó de leer — y que me ha encantado — también lo es: Soldados de Salamina de Javier Cercas.
Hugo publicó Los Miserables en 1862, pero las citas que voy a glosar en esta columna parecen escritas en el verano de 2026, cuando Ferran Torres entró en la Historia, Lamine Yamal conquistó el mundo y Pedro Sánchez conservó La Mareta. Uno de los grandes placeres que me da la lectura es descubrir (como el zahorí con su vara) las grandes frases que esconden los libros. El hallazgo de citas memorables es para mí una auténtica montería de la inteligencia y los sentidos. Los Miserables son para esta afición mía un mar grandioso e insondable.
Una crítica feroz
El Cervantes francés empieza su Quijote con un prólogo inolvidable: “… mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles”. A partir de este formidable allegro el genio de Besanzón compone la gran sinfonía de la dignidad humana, la sinfonía de los desheredados.
A partir de la tragedia de Jean Valjean, que se pasa diecinueve años en la cárcel por haber roto un cristal para coger un pan y dar de comer a sus sobrinos hambrientos, Hugo hace una crítica feroz de las injusticias y desigualdades de la Francia de su tiempo, pero también un canto eterno a la esperanza, la redención y el amor.
La defensa de los pobres y la denuncia de sus condiciones de vida es una constante en la obra: “Detrás del vivir con poco, hay el vivir con nada: son dos habitaciones; la primera oscura, la segunda tenebrosa”. Y por eso Hugo defiende, lejos de veleidades comunistas, un reparto justo de la riqueza: “Democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de modo que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario”.
La Iglesia puede ayudar mucho y el autor de la deliciosa Nuestra Señora de París lo sabe. El Obispo de Digne es el clero que Hugo quiere: “La diferencia entre la puerta del médico y la del sacerdote es que la puerta del médico no debe nunca estar cerrada y la del sacerdote debe estar siempre abierta”. Y continúa describiendo a monseñor Myriel: “Visitaba a los pobres mientras tenía dinero, y cuando este se le acababa, visitaba a los ricos”. ¡Vaya obispo! El gran poeta francés anticipa en siglo y medio la Iglesia que defendió sin descanso el Papa Francisco, la iglesia pobre y para los pobres: “Un sacerdote opulento es un contrasentido, el sacerdote debe mantenerse cerca de los pobres”.
Los cimientos del bienestar
La escuela para los niños y las medicinas para las familias son un imperativo categórico para Hugo: “La igualdad tiene su órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria” y añade “hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y es no tener para comprar medicinas en la botica”.
El genio francés siembra los cimientos de los modernos estados de bienestar europeos, los cimientos de la educación y la sanidad públicas. Y no se olvida de los ancianos, la tercera pata de nuestro welfare state: “La miseria de un niño conmueve a una madre; la miseria de un joven conmueve a una joven; pero la miseria de un viejo no conmueve a nadie, y es de todas las desgracias la más fría” y añade “los viejos tienen tanta necesidad de afecto como de sol. Para ellos el afecto es también calor”.
Las raíces del feminismo
El rendido admirador de Chateaubriand no se olvida de denunciar la situación de las mujeres, a las que tanto amaba: “¡La mujer! No hay ningún Robespierre capaz de resistirla. La mujer reina”. Y denuncia el gran poeta romántico las causas de su inadmisible postergación: “¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política”.
Ni el feminismo de Simone de Beauvoir tiene raíces tan profundas. Pero Hugo va más allá y escribe: “Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea y es un error. Existe todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución”. Estas palabras admirables y proféticas son el origen de la vocación política y de servicio público de Koldo, Ábalos y Tito Berni.
El hombre que vivía en la maravillosa Plaza de los Vosgos parisina, esa otra Plaza del Campo de Betanzos, se acuerda, también, de los otros Jean Valjean: “Después del último de los hombres está el presidiario” y continúa con una clarividencia que impacta: “La excarcelación no es la libertad. Se acaba el presidio, pero no la condena”. Todo el libro es una demanda constante de justicia; una demanda constante de justicia en una sociedad, en una Francia, profundamente injusta.
Victor Hugo sublima su pensamiento en una frase que debería estar impresa con letras de oro en todos los juzgados del mundo: “Se descubría esa gran cosa humana que se llama ley, y esa gran cosa divina que se llama justicia”. A mí este enunciado me llena de sosiego, porque ya estaba yo empezando a creer en la naturaleza divina del juez Juan Carlos Peinado, escuchando los ditirambos y elogios que le dedican sus partidarios; cuando Hugo me convence de que no es un Dios, es solo un hombre, vista la calidad y fineza jurídica de sus humanas instrucciones.
Ser ultra
Muchísimas páginas de Los Miserables rozan lo sublime, son inolvidables. A mí me entusiasma, especialmente, aquella en la que define magistralmente uno de los conceptos que más polémica provoca en nuestros días: “¿Y qué quiere decir ser ultra?… Ser ultra es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre del trono, y a la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es arrojarse en el tiro de caballos para que vayan más deprisa; es censurar a la hoguera porque quema poco a los herejes; es reprender al idólatra por su poca idolatría; es insultar por exceso de respeto; es hallar en el Papa poco papismo, en el rey poco realismo y mucha luz en la noche; es estar descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de ser su enemigo; es llevar el pro hasta el contra”.
La definición de los ultras de Victor Hugo es sencillamente insuperable y apabullante. Cuando los Buxadés, Garrigas y Figaredos escuchan: “Ser ultra es… censurar a la hoguera porque quema poco a los herejes”, directamente entran en éxtasis y enloquecen de fervor, de pasión y de fuego. Los Espinosas, Ortegas Smith y Antelos, en cambio, entran en pánico y enloquecen de melancolía.
El autor de La leyenda de los siglos también se acuerda de los líderes, de las leyendas del mundo radical: “Hay personas que quieren a cualquier costa tener influencia, y que hablen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son bufones” y amplía: “¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad, que los monstruos son quisquillosos! Esto vale lo mismo para la Casa Blanca que para el Kremlin.
Un tratado de ciencia política
Las observaciones de Victor Hugo alcanzan sin embargo a todos los poderosos, no solo a los ultras. Los Miserables es un auténtico tratado de ciencia política. Seguro que a mis lectores estas reflexiones les sonarán tan actuales y pertinentes como a mí. Nos evoca a los héroes que se dedican a la cosa pública: “Mentir poco no es posible; el que miente, miente con toda la extensión de la mentira” y “tenía, como todo el mundo, su terminación en ista”.
Nos recuerda también a los partidos políticos y demás personas jurídicas: “Donde hay muchas bocas que hablan y pocas cabezas que piensan”, y a los aparatos de los partidos y demás consejos de administración: “No hay poder que no tenga su comitiva, ni fortuna que no tenga su corte” y completa el mapa de la genealogía de los poderosos, “al avanzar ellos mismos, hacen progresar a sus satélites: es cada uno de ellos todo un sistema solar en marcha”.
Pero en Hugo también encontramos recomendaciones para mejorar la política y, yo añado, el periodismo en esta España tan dividida, crispada y polarizada: “Yo critico, pero no insulto; el universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dice mi conciencia” y la frase genial que inspiró a Unamuno en su enfrentamiento con Millán-Astray: “No hay nada tan estúpido como vencer, la verdadera gloria es convencer”.
El gran poeta
Victor Hugo era sobre todo un gran poeta, un grandioso poeta romántico; era por lo tanto un virtuosísimo anatomista del alma humana: “Hay un espectáculo más grande que el del mar, y es el del cielo; hay un espectáculo más grande que el del cielo, y es el interior del alma”, ese alma que solloza: “Una de esas gruesas lágrimas, sombrías perlas del alma”.
Un poeta que conocía a los hombres: “Las naturalezas groseras se parecen a las cándidas, en que para ellas no hay transiciones” y a los pueblos: “Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipse”, y las selecciones nacionales de fútbol, también. Un hombre que había vivido: “Las horas de éxtasis son siempre un minuto”, que había vivido muy intensamente: “Es muy propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto menos atacada está la fortaleza”. Y un hombre que había sobrevivido: “Nada importa morir, pero el no vivir es horrible”, que había sobrevivido sabia y cínicamente: “el matrimonio es un injerto: en unos prende bien y en otros mal”.
Su verso más hermoso
Victor Hugo era un incansable buscador de las cosas bellas de este mundo: “Amar o haber amado: basta. No pidáis más. No hay otra perla que buscar en los piélagos tenebrosos de la vida”. Un incansable creador de belleza: “¡Oh utilidad increíble de lo inútil!” Su verso más hermoso, su verso inmortal, convertido ya en su visado de entrada en los cielos de la literatura universal.
Los Miserables -que no es un libro, es una cosmogonía- nos muestra por qué la literatura es la cima de esa montaña mágica que son las Artes. Solo la música se acerca a ella en esa Arcadia feliz que es el mundo del espíritu. Y dentro de la literatura los clásicos son la cumbre.
Las dos biblias del alma humana
Victor Hugo, hermano de armas y talentos de Miguel de Cervantes, es el mejor ejemplo. El genial poeta francés y el genial escritor español escribieron las dos biblias del alma humana, por eso Jean Valjean y Cosette pasean de la mano de Don Quijote y Sancho Panza por los jardines de la eternidad.
Llenemos nuestra vida de libros, llenemos nuestra vida de clásicos. No permitamos que tengan la deriva de los versos de Luis Alberto de Cuenca, inmenso bardo sin silla en la academia, pero con sillón en el Parnaso: “Voy navegando/ despreocupadamente/ rumbo al silencio”. Llenemos nuestras alcobas, nuestras mesillas, nuestros tálamos del ruido ensordecedor de la literatura. No permitamos que España siga siendo La península de las casas vacías… de CLÁSICOS.

