Opinión

McKinsey muestra el camino

Brussels (Belgium), 29/05/2026.- European Commission President Ursula von der Leyen gives a press conference with Hungarian Prime Minister Peter Magyar (unseen) following a meeting at the European Commission headquarters in Brussels, Belgium, 29 May 2026. The talks focus on efforts to unlock billions of euros in frozen European Union funds for Hungary, as both sides seek to finalize an agreement on rule-of-law reforms, anti-corruption measures and Hungary's future cooperation with EU institutions. (Bélgica, Hungría, Bruselas) EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS
Ursula von der Leyen da una rueda de prensa.
EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS
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Todo ha cambiado tanto que casi nada se parece al original. Ni tan siquiera los anhelos, los fundamentos, la esencia, los sueños, los valores. No estoy hablando de los orígenes del cristianismo, ni de la Edad Media, ni tan siquiera de las revoluciones de 1848 o de las playas que estaban debajo de los adoquines del hermoso y caótico París de 1968. Me refiero al mundo en el que nací, creo que en el que todos nacimos y nos educamos. Nos criamos pensando que Europa, y nuestros amigos y socios americanos, formábamos parte de una superior alianza de progreso, marcada por la democracia política, el desarrollo económico, el respeto al individuo y el bienestar social. Pensábamos, ingenuamente, que nuestra sociedad era tan próspera y avanzada, que cada vez iríamos más lejos y viviríamos mejor. Pero las cosas se han torcido y el mundo se ha dado la vuelta. Los americanos de Trump ni nos quieren ni nos respetan. El Reino Unido de no se sabe quién rompió los vínculos y decidió echarse al mar por su cuenta. Y, nosotros, estamos cada vez más solos, más atrasados, más inofensivos, más huérfanos. Me refiero a esta Vieja Europa, sumergida en naftalina y cloroformo. No tenemos Defensa, ni tecnología, ni finanzas, ni industria, ni pintamos mucho en el mundo. Quizás me puede la melancolía por aquellas décadas, la nostalgia por lo que pudo ser y no fue.

Las ideas fundacionales de la Unión Europea se forjaron tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de garantizar una paz duradera a través de la cooperación económica y política, dejando a un lado las diferencias nacionales. Se pensaba que la cooperación económica impediría la aparición de un nuevo conflicto armado. La integración económica se empezó con el carbón y el acero y se consumó con la creación del Mercado Común. El interés general conllevó la cesión de soberanía nacional en multitud de aspectos. Se construyó el estado de derecho sobre los cimientos de la libertad, la justicia, la igualdad y la democracia, sobre el respeto a la dignidad humana. Y se levantó un mercado económico basado en la prosperidad compartida y la libre circulación de bienes y personas.

Y todo funcionaba hasta que poco a poco no hemos dado cuenta que los nuevos tiempos están expulsando a una adormecida Europa fuera del mapa. La llegada de Trump a la Casa Blanca está martilleando los clavos sobre el féretro. Es cierto que ya no hay políticos de la talla de Monnet, Schuman, Adenauer, pero ni siquiera son comparables a Mitterrand, Thatcher, Kohl, Delors o González. Puede que tengamos la generación más mediocre y adocenada de políticos al mando de la Unión Europea. Llega hasta el extremo de que los alabados informes de Draghi y Letta duermen ya en el cajón de algún mandatario en Bruselas porque nadie es capaz de ponerlos a caminar.

La consultora McKinsey, de matriz americana para más inri, ha publicado un informe que traza un diagnóstico severo del enfermo europeo. Se titula “Transforming Europe: bold moves to lift a continent” (“Transformando Europa: medidas audaces para levantar un continente”). Y su terapia es todavía más agresiva que la planteada por la dupla italiana Draghi-Letta. Donde se planteaba la necesidad de un plan de inversiones de 800.000 millones anuales durante cinco años para ganar competitividad, la consultora americana los eleva un 50% más hasta alcanzar los 1,2 billones de euros, empujado principalmente por el gasto militar.

Para abochornar más a los líderes europeos, McKinsey pone este dato sobre la mesa. En estos últimos cinco años las empresas americanas han invertido dos billones de euros más que sus pares europeos en innovación digital. Si nos vamos al añorado tejido industrial, China ha invertido en capacidad de producción una ratio de 3 a 1 sobre Europa. Mientras tanto, buena parte del ahorro europeo se dirige a la inversión en empresas americanas. Incluso, en la memoria de todos está el caso Ferrovial, muchas sociedades europeas trasladan su domicilio a Estados Unidos ante la atonía del continente.

McKinsey plantea “diez grandes proyectos para restaurar la competitividad europea”. Lacónicamente indica que “las compañías europeas no pueden esperar”. Sin agotar los diez, se pueden destacar algunos que sonrojan la parálisis europea. Creación de un régimen único -llamado 28º regime– para facilitar la creación de empresas, animar las fusiones y adquisiciones empresariales, simplificación burocrática, aportar capital semilla para venture capitals y private equities o atraer talento para proyectos tecnológicos, entre otros. “El sector público -señala McKinsey- tiene un papel para acelerar el momentum a través de sus propias políticas”.

¿Qué ocurrirá? Los autores del informe no se muestran muy optimistas. “En su trayectoria actual, nuestra investigación encuentra riesgos en Europa de otra década de estancamiento secular”. Y ahí, anticipan bajo crecimiento, altos ahorros, baja inversión, reducción de la demanda agregada y bajos intereses.

Recuperar la competitividad es crítica para “la prosperidad, la seguridad y la autonomía estratégica de Europa”. McKinsey considera que ha llegado el tiempo de una especie de acción concertada entre los líderes políticos y los directivos empresariales para que Europa pugne por cerrar la brecha que l separa de Estados Unidos. Dios los oiga. Pero la realidad de cada día nos muestra una Europa tan huérfana de los unos como de los otros.

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