Análisis

El nuevo orden mundial según Trump

Trump acelera la erosión del orden internacional y convierte la hegemonía en espectáculo

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, todo parece estar permitido en lo que respecta al incumplimiento del derecho internacional. Para bien, cuando se trata de liberar a un pueblo de su dictador, para mal, cuando se trata de confiscar la soberanía de ese mismo pueblo.

Desde la captura del dictador Maduro por parte de EE UU, la prensa y los medios de comunicación hablan de una ruptura con el orden mundial, la diplomacia, las costumbres de la comunidad internacional —que aún quedan por definir…— y el derecho internacional. Un derecho internacional que debe escribirse con “d” minúscula, ya que nunca ha existido ni se ha aplicado más que con el consentimiento de las grandes y medianas potencias, cuando les convenía, pero también y sobre todo condicionado por la realpolitik. Esta es una estrategia política que se basa en la evaluación de la realidad, la relación de fuerzas y los intereses, y excluye las consideraciones ideológicas. Privilegia la eficacia y lo concreto frente a las consideraciones de principio, éticas o morales.

Partiendo de esta premisa, se observa que Donald Trump no ha innovado realmente en términos de concepto geopolítico. Ha recuperado la vieja doctrina de Theodore Roosevelt de 1904, que estipula que Estados Unidos se reserva el derecho de intervenir en los asuntos de los países latinoamericanos en caso de “mal comportamiento crónico” o incapacidad para mantener el orden. Esta doctrina se justificaba por la necesidad de proteger los intereses estadounidenses en el hemisferio occidental y de impedir la intervención europea en la región. Roosevelt afirmaba que Estados Unidos tenía la obligación de actuar como “policía internacional” para mantener la estabilidad en los países vecinos.

Uno de los protestantes venezolanos en la Puerta del Sol de Madrid, con una pancarta que reza "Ni Maduro ni Trump"
Uno de los protestantes venezolanos en la Puerta del Sol de Madrid, con una pancarta que reza “Ni Maduro ni Trump”
María Serrano

Con Donald Trump, el orden mundial se ve sacudido por una aplicación “radical” de la doctrina Roosevelt, que no lo fue menos, en sus éxitos y fracasos, en Cuba durante la invasión de Bahía de Cochinos (1961), en Chile al apoyar el derrocamiento de Allende (1973) en Panamá, con la invasión y la captura de Noriega (1989). La lista de intervenciones US directas e indirectas no es exhaustiva.

La espectacular comparecencia de Maduro ante un tribunal federal de Nueva York como si se tratara de un ciudadano cualquiera constituye el cambio. Trump levanta el velo y rompe los tabúes diplomáticos. Trata a un homólogo que, nos guste o no, es un jefe de Estado destituido por una fuerza extranjera. Los insultos a sus aliados como Macron, su vulgar condescendencia hacia Meloni o su desprecio manifiesto hacia Sánchez son reveladores de un nuevo estilo de liderazgo internacional: arrogancia y brutalidad. Pero, en el fondo, nada nuevo desde los inicios de la hegemonía estadounidense.

El segundo cambio, en consecuencia, es que ahora cualquiera que se interponga en el camino de Estados Unidos puede sufrir un trato similar o no: una humillación que es mucho más eficaz que una eliminación física, porque esta puede convertirlo en mártir. Naturalmente, Trump no puede permitirse actuar así con potencias de su talla, como Putin o Xi Jinping, o incluso el brasileño Lula, presidente de casi un continente. El método de Trump se basa en una dialéctica de poderes. Una dialéctica que funciona con las potencias medianas y pequeñas. En cambio, con China, por ejemplo, suele consistir en “un paso adelante, tres atrás”.

Donald Trump, presidente de EE UU
EFE

El tercer cambio reside en la extraterritorialidad de los intereses de seguridad y, sobre todo, económicos de Estados Unidos, más allá del “jardín estadounidense” latinoamericano. Tras un intento de Trump contra Canadá, ahora son los daneses y los europeos quienes pagan las consecuencias. La pretensión de adquirir Groenlandia mediante una compra —como fue el caso de la Florida española, la Luisiana francesa o la Alaska rusa— o por la fuerza indica que todo lo que pueda reportar beneficios económicos a los EE UU entra en el marco de la seguridad nacional: nuevas rutas marítimas, “tuteo” territorial con los rusos, riquezas subterráneas, etc. A riesgo de romper una alianza, la de la OTAN. A riesgo de quedarse aislado en la escena internacional. Muy solo.

Por último, el cuarto cambio se manifiesta en la retirada de los EE UU de numerosas organizaciones internacionales —la mayoría dependientes de las Naciones Unidas— porque obstaculizan las políticas exteriores e interiores de la Administración Trump. No se trata de aislacionismo lo que ha adoptado esta última. Se excluye a sí misma para imponer sus decisiones al conjunto de la comunidad internacional que, en su conjunto, tiene dificultades para adoptar una posición común o mayoritaria capaz de frenar no a Washington, sino a Mar-a-Lago.

El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump
EFE/EPA/SHAWN THEW / POOL

El peligro del método de Trump, que consiste en destruir para reconstruir —en interés de MAGA—, reside en que provocará un acercamiento entre los diversos rivales geopolíticos y económicos de EE UU con el fin de frenar las ambiciones de su presidente. Es posible imaginar una respuesta europea al asunto de Groenlandia con una alianza euroasiática sobre una cuestión totalmente diferente (aranceles aduaneros, energía, etc.).

En definitiva, este nuevo orden mundial de Trump puede resultar mortal para el bloque occidental frente a China, Rusia y el Sur Global. De hecho, al provocar disensiones entre estadounidenses y europeos, será difícil para EE UU proponer una alternativa de enfoque del orden internacional cuando la era Trump haya pasado. Everybody Wants To Rule The World (canción de Tears For Fears), pero por ahora es Donald Trump quien lo hace…