Estados Unidos ha entrado en una fase en la que hace las cosas porque puede y porque quiere. En realidad, siempre ha podido, porque su poderío militar es apabullante, pero hasta ahora y salvo algunas excepciones, las sucesivas Administraciones norteamericanas habían respetado en cierto modo el multilateralismo surgido después de la IIGM. Sin embargo, con Donald Trump las cosas han cambiado y toda su política exterior se está orientando, sobre todo, al beneficio económico: primero impuso aranceles a medio mundo, después capturó a Maduro y dejó a su entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, al frente del régimen chavista. Y es que, en el fondo, lo que le importa no es que Venezuela vuelva a ser un país democrático, sino que le entregue los 50 millones de barriles de crudo, que según Trump, tienen que ir a Estados Unidos. De presos políticos, urnas y esas cosas, si eso ya… tal.

Los ex colaboradores de Trump siempre decían de él que es un líder que no lee los informes que le preparan sus servicios de inteligencia, y que se aburre enseguida con todo. Superado pues el tema de Venezuela, el presidente norteamericano ha pasado página, ha cambiado de objetivo y ha vuelto a insistir en que Groenlandia tiene que pasar a ser parte de Estados Unidos: o la compran, o la invaden.
Trump justifica su amenaza por motivos de seguridad, y porque la isla (cuatro veces mayor que España), está llena de barcos chinos y rusos, dato que no es cierto. Hasta ahora, no había habido ningún problema con este territorio autónomo asociado a Dinamarca que cuenta, incluso, con una pequeña base norteamericana, pero los asesores del presidente le han convencido de que la isla es un paso estratégico en mitad del Ártico, que cuenta con muchas tierras raras y, posiblemente, con yacimientos de gas y petróleo.

Así pues, le han dicho, ¿por qué no anexionársela? Europa ha defendido hasta ahora con la boca pequeña a Dinamarca, consciente de que la seguridad del continente depende del que hasta ahora había sido un socio en el que se podía confiar, pero el ministro francés de Exteriores ya ha advertido que, si EE.UU. da ese paso, adoptarán represalias (represalias que no se atrevieron a tomar cuando se les aplicó un arancel del 15 por ciento, todo hay que decirlo). La UE está como siempre, dejando que le empujen al borde del precipicio antes de reaccionar, pero, sólo hay dos formas de actuar ante Trump: o elogiándole, o enfrentándote a él afrontando las consecuencias.
Queda pendiente también saber qué pasará con Ucrania, aunque las cosas no pintan bien para Zelensky. Si Estados Unidos le obliga a claudicar, Europa se ha mostrado dispuesta a mandar tropas que garanticen la seguridad en la zona. Pedro Sánchez se ha sumado a la idea y ha dicho que España podría colaborar también en esa fuerza de paz. El problema es que esa iniciativa tendría, que contar con el visto bueno del Congreso. Sus socios no le apoyarán, así que no le quedará otro remedio que pedir el respaldo del PP. La fuerza de paz es todavía una idea lejana, pero a Sánchez le va a servir para abrir un nuevo tema de debate que evite que en España se hable constantemente de los casos de corrupción que acechan a su Gobierno y de su debilidad parlamentaria. Menudo 2026 tan bonito se nos está quedando.



