Los líderes europeos empiezan a acostumbrarse a convivir con las excentricidades retóricas de Donald Trump. Sin embargo, en los últimos días, el tono ha cambiado. Ya no se trata sólo de declaraciones altisonantes o de gestos diplomáticos disruptivos, hay una inquietud más profunda, tras el ataque a Venezuela. Existe el temor a que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, esté dispuesto a romper consensos fundamentales del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La reciente ofensiva militar estadounidense en Venezuela y la reiterada insistencia del presidente en “adquirir” Groenlandia por seguridad han hecho saltar todas las alarmas en Europa.
Este martes, en una declaración conjunta poco habitual por su contundencia, los líderes de Francia, Alemania, Italia, Polonia, España, el Reino Unido y Dinamarca cerraron filas en defensa de la soberanía groenlandesa. El mensaje, firmado entre otros por Emmanuel Macron, Friedrich Merz, Keir Starmer y Pedro Sánchez, fue inequívoco: “Groenlandia pertenece a su pueblo. Sólo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su futuro”. Una defensa cerrada de un territorio ártico europeo y, por una vez, una advertencia política de Europa a Estados Unidos.

La declaración se produjo en un contexto especialmente sensible. Apenas días antes, Washington había ejecutado una operación militar en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, una acción que Trump defendió abiertamente como necesaria para la seguridad del hemisferio occidental. Para muchas capitales europeas, ese episodio marcó una línea roja por el uso explícito de la fuerza para forzar un cambio político en un país soberano, al margen de consensos multilaterales claros.
Groenlandia aparece ahora como el siguiente capítulo potencial de la lógica bélica trumpista. Desde hace años, Trump ha manifestado su interés por la isla, rica en minerales estratégicos y clave en el tablero del Ártico. Esta vez, sin embargo, ha ido más lejos. En declaraciones a NBC News, aseguró estar “muy serio” respecto a su intención de adquirir el territorio, sin descartar ningún escenario y sin establecer un calendario concreto. Su jefe adjunto de gabinete, Stephen Miller, fue aún más explícito al afirmar en la cadena CNN que Groenlandia “debería formar parte de Estados Unidos” como parte de su aparato de seguridad.
Para Dinamarca, responsable de la defensa de la isla, estas palabras son una amenaza. La primera ministra, Mette Frederiksen, advirtió que un intento estadounidense de tomar Groenlandia por la fuerza supondría “el fin de la OTAN tal y como la conocemos”. Atacar o coaccionar a un aliado supone cuestionar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte y, con él, el principio de defensa colectiva que ha sostenido la seguridad europea durante más de siete décadas.

El miedo europeo es territorial y sistémico. Si Estados Unidos justifica una anexión por razones de “seguridad nacional”, ¿qué impediría a otros países hacer lo mismo? ¿Qué argumento quedaría para rechazar una hipotética ocupación marroquí de Ceuta o Canarias? ¿O una reclamación española sobre Gibraltar? ¿O que China invoque criterios estratégicos para actuar sobre Taiwán, o Rusia para consolidar sus ambiciones en Ucrania? El precedente sería devastador.
La reacción europea ha sido coordinada y deliberada. En su comunicado, los líderes insistieron en que la seguridad del Ártico debe garantizarse “colectivamente, en conjunción con los aliados de la OTAN”, y siempre “respetando los principios de la Carta de Naciones Unidas: soberanía, integridad territorial e inviolabilidad de las fronteras”. No es un lenguaje casual. Es el léxico del derecho internacional, invocado como dique frente a una política de hechos consumados.
Desde Nuuk, el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, agradeció el respaldo europeo y reclamó a Washington un “diálogo respetuoso” a través de los canales diplomáticos existentes. “Nuestro país no es algo que se pueda anexionar porque a alguien le apetezca”, afirmó. Sus palabras reflejan una realidad incómoda para la Casa Blanca: Groenlandia no es una mercancía geopolítica, sino una sociedad con instituciones, identidad y derechos reconocidos.

Pese a ello, Trump insiste. En declaraciones a bordo del Air Force One de vuelta de sus vacaciones navideñas, llegó a ridiculizar los esfuerzos daneses por reforzar la seguridad en la isla, afirmando que “solo han añadido un trineo tirado por perros”. Acto seguido, volvió a insistir en que Estados Unidos “necesita” Groenlandia porque, según él, está rodeada de barcos rusos y chinos. La mezcla de desdén y dramatización estratégica fue recibida en Europa con mucha inquietud. El comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, fue claro al respecto. “Si Estados Unidos actúa contra Groenlandia, será el fin de la asociación transatlántica”. La alianza entre Europa y Estados Unidos se basa en valores compartidos y en reglas comunes. Si una de las partes las viola, el edificio entero se resquebraja.
Algunos analistas han ido más allá. En un editorial reciente, The New York Times calificó la política exterior de Trump como propia de un “Estado mafioso”, basada en la extorsión y la imposición del más fuerte, más que en la cooperación entre iguales. “No lo llamen cambio de régimen en Venezuela; llámenlo extorsión”, escriben en el diario. La frase ha circulado ampliamente en las cancillerías europeas.
Venezuela, Cuba, México, Colombia, Canadá, ahora el Ártico: escenarios distintos unidos por una misma lógica de poder unilateral. En este contexto, la cumbre europea sobre Ucrania celebrada este martes sirvió también para reafirmar que la defensa del orden internacional no es negociable, ni siquiera frente al principal aliado histórico.
Europa sabe que necesita a Estados Unidos para su seguridad. Pero también sabe que, sin reglas, no hay alianzas duraderas. Groenlandia, con sus minerales y su posición estratégica, se ha convertido en el símbolo de la obsesión narcisista de Donald Trump quien puede llevar a Estados Unidos a dejar de respetar el sistema que ayudó a crear, dinamitando la seguridad internacional en nombre de su interés inmediato. El miedo europeo ha dejado de ser abstracto. Es tangible y tiene nombre. En geopolítica, ese suele ser el primer paso hacia una crisis más profunda.


