La amenaza de Donald Trump de hacerse con Groenlandia -ya sea a través de dinero o de una intervención militar- ha introducido un elemento de tensión inédito en el tablero transatlántico. Lo que durante años se ha interpretado como una provocación retórica empieza ahora a leerse en Bruselas y en varias capitales europeas como un aviso serio sobre el rumbo de la política exterior estadounidense y sus consecuencias para la seguridad colectiva. El miedo sobrevuela a Europa, consciente de que, después de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, Trump ha demostrado que es más que capaz de materializar sus amenazas.
El debate ya va mucho más allá del Ártico o de la relación bilateral entre Estados Unidos y Dinamarca. Afecta al corazón del sistema de alianzas occidentales, desde el futuro de la OTAN hasta la capacidad real de la Unión Europea para responder a una crisis provocada por su principal socio estratégico. “Una agresión interna supondría una crisis existencial de la Alianza”, advierte la analista de seguridad internacional Lena Georgeault.
En conversación con este periódico, la directora del Grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Villanueva analiza los escenarios abiertos, los límites reales de una escalada estadounidense y las implicaciones políticas, jurídicas y militares que tendría para Europa una ruptura de los equilibrios actuales. Un escenario que, en su opinión, vuelve a demostrar que “la autonomía estratégica europea es una necesidad vital”.

-¿Qué consecuencias tendría para la OTAN un conflicto real en torno a Groenlandia?
–Groenlandia es un territorio autónomo danés y, por tanto, parte del territorio de la OTAN. El problema es que el Tratado del Atlántico Norte no contempla un conflicto armado entre Estados miembros: fue diseñado para responder a amenazas externas. Una agresión interna supondría una crisis existencial de la Alianza. La OTAN no tiene sentido sin su pilar estadounidense: una ruptura de este tipo haría explotar la Alianza tal como la conocemos, forzando una reconfiguración en la que Europa quedaría sola. Esto demuestra una vez más que la autonomía estratégica europea es una necesidad vital.
-¿Debe Europa entonces tomarse esta última amenaza en serio?
–La captura de Maduro en Venezuela muestra que el derecho internacional ha dejado de condicionar la conducta de uno de sus arquitectos históricos. Sin embargo, siguen existiendo otros límites. Groenlandia no es un Estado aislado como Venezuela: es un territorio vinculado a un país democrático, con apoyos diplomáticos sólidos y claves para Estados Unidos. Además, no existe una narrativa que haga parecer mínimamente aceptable una vulneración tan grave del derecho internacional. Los costes serían enormes: pérdida casi total de credibilidad, deterioro profundo y duradero de alianzas estratégicas y sanciones de distintos tipos. A ello se suma un factor interno decisivo: qué respaldo real tendría una decisión de este calibre por parte de las instituciones y la opinión pública estadounidenses.
En cualquier caso, el objetivo es el control del Ártico, la exclusión de China y Rusia y el acceso preferente a recursos críticos. Una eventual invasión sería, en todo caso, un medio extremo y no un fin en sí mismo. Existen otros medios menos costosos.

-¿Es viable, en términos reales, la idea de comprar Groenlandia?
–La idea de comprar Groenlandia no es nueva: ya se planteó en 1946 y conecta con precedentes históricos muy arraigados en la memoria estadounidense, como las compras de Luisiana, Florida o Alaska. Por eso resuena en parte de la opinión pública.
Ahora bien, incluso dejando de lado el enorme coste económico (no sólo el precio, sino el compromiso financiero de décadas), el problema central no es presupuestario. No se trata de una mera transacción comercial. En el derecho internacional contemporáneo rige el principio de autodeterminación: un territorio habitado no puede cambiar de soberanía sin el consentimiento libre y expreso de su población. Y, además, Dinamarca ha sido inequívoca: Groenlandia no está en venta.

-Los últimos días la Comisión Europea ha optado por el silencio… ¿Cuál debería ser su respuesta?
–La Comisión Europea probablemente esté preparando, sobre todo, un paquete político-jurídico-económico: esto es, un mensaje unificado en defensa de la soberanía y la autodeterminación, y una caja de herramientas lista para usar (contramedidas comerciales, financieras y de inversión) si la presión escala. Eso puede servir a corto plazo, pero lo decisivo es el cambio estratégico. Europa está comprobando que no puede contar con Estados Unidos.
Puede que la relación mejore con el sucesor de Trump, pero no hay garantías. En un orden internacional en plena transformación, la UE debe ser una voz independiente y creíble. Para ello necesita disuasión y músculo económico para disponer de respuestas graduadas, desde sanciones hasta capacidad militar.

-¿Cómo podrían verse afectadas las bases militares estadounidenses en Europa?
–Las bases estadounidenses en Europa podrían entrar en una fase de mayor condicionalidad política y de renegociación de los acuerdos bilaterales de presencia. Conviene recordar que existen porque aportan un beneficio mutuo. Para Estados Unidos, su retirada tendría un coste elevado: pérdida de proyección militar global, debilitamiento del flanco europeo y mediterráneo y una menor capacidad de disuasión frente a Rusia y China. Pero también son esenciales para la seguridad europea.
Las tensiones actuales son otro incentivo crítico para que Europa cubra sus huecos operativos y construya una disuasión que no dependa estructuralmente de Estados Unidos ni de los vaivenes de su política interna.


