En España, cada asesinato machista vuelve a sacudir titulares, abrir informativos y llenar las redes sociales de mensajes de condena que, en muchos casos, se desvanecen al día siguiente. Las cifras oficiales no dejan lugar a dudas sobre la magnitud del problema: decenas de mujeres son asesinadas cada año por sus parejas o exparejas, y miles denuncian situaciones de violencia que rara vez ocupan más de unos minutos en pantalla. Y la pregunta que empieza a sobrevolar es incómoda: ¿nos estamos acostumbrando a la violencia machista?
Para Jimena Manteca Pérez, politóloga especializada en violencia de género, la respuesta exige matices. “Esta es una pregunta compleja que no puede responderse con un sí o un no”, sostiene. En su análisis confluyen factores psicológicos, mediáticos y políticos que ayudan a explicar por qué la percepción social parece oscilar entre la indignación masiva y la indiferencia fugaz.
Uno de los elementos clave es la habituación emocional. “Cuando estamos expuestos a un flujo constante de noticias trágicas, el cerebro genera un mecanismo de defensa que reduce la respuesta emocional”. La sobreexposición, amplificada por el ritmo vertiginoso de las redes sociales, transforma cada caso en parte de una cadena que apenas deja espacio para la reflexión. “La inmediatez a la que nos tienen acostumbradas las redes sociales pueden hacer que un caso de violencia se convierta en ‘un caso más’ rápidamente”. El efecto acumulativo, advierte, puede ser devastador; “al volverse un tema cotidiano, corremos el riesgo de que la sociedad lo perciba como un problema sin solución, lo que genera apatía y desánimo”.
Sin embargo, hablar de una sociedad globalmente menos sensible sería simplificar en exceso. “Hay evidencia de que nunca antes habíamos sido tan sensibles como ahora”. Recuerda que hace no tanto tiempo la violencia dentro de la pareja se consideraba un asunto privado, ajeno al escrutinio público. Hoy provoca concentraciones multitudinarias, declaraciones institucionales y reformas legislativas. Conductas antes trivializadas, como el acoso callejero, son ahora objeto de condena social. Para ella, el fenómeno actual no es tanto una pérdida de empatía como una fractura social. “No considero que nos hayamos vuelto menos sensibles, sino que creo que hoy la sociedad está más fragmentada y polarizada. Mientras una mayoría está más alerta y formada que nunca, ha surgido un núcleo de resistencia que se niega a renunciar al poder y dominio que supone el privilegio masculino”.
Ese “núcleo de resistencia” se manifiesta en discursos que cuestionan la propia existencia de la violencia de género como categoría específica. “En ciertos sectores, especialmente entre los más jóvenes, y concretamente en varones, ha aumentado el número de personas que consideran que la violencia de género es un ‘invento ideológico’”.
Medir esa posible indiferencia no es sencillo. “Medir la indiferencia es un reto porque es medir una ausencia de reacción. Y como no podemos medir el vacío, se usan indicadores indirectos para rastrear cómo un fenómeno pasa de ser un problema urgente y alarmante a ser parte de lo cotidiano”. Entre esos indicadores menciona el desplazamiento de la “Ventana de Overton”, es decir, el rango de ideas socialmente toleradas en el discurso público. Cuando comportamientos antes condenados sin fisuras empiezan a generar debate o justificación, algo se ha desplazado.
También el tratamiento mediático ofrece pistas. “Si los casos de violencia de género dejan de ser la noticia de apertura de un telediario de 30 segundos, el criterio editorial refleja la normalización”. A ello se suma el lenguaje. “Otra de las formas de medir la normalización son los cambios en el vocabulario. Cuando la violencia se describe con términos neutrales o eufemismos, la sociología entiende que el fenómeno ha sido domesticado para que duela o impacte menos”. Nombrar como “muerte” lo que es un asesinato no es una cuestión menor: suaviza, amortigua, distancia.
La saturación informativa intensifica el problema porque activa un mecanismo de defensa. Cuando un estímulo se repite una y otra vez sin que podamos hacer nada para cambiarlo, terminamos desconectando. De ahí surge lo que denomina “anestesia digital”: “Vemos la noticia, reconocemos que es mala pero ya no sentimos el impacto visceral”. Entre miles de comentarios y compartidos, la responsabilidad se diluye y cada cual asume que su reacción no es imprescindible.
La paradoja es que más información no siempre implica más conciencia. “Nuestra capacidad de sentir empatía no es lineal, y disminuye a medida que aumenta el número de víctimas. Nos conmueve profundamente el asesinato de una mujer, pero nos cuesta procesar el horror de una estadística con 3000 feminicidios”. Los números, por abrumadores que sean, no sustituyen el rostro concreto.
Frente a este escenario, Manteca Pérez insiste en que la respuesta pasa por intervenir en varios frentes, empezando por la educación. “Para mí la clave está en la educación”. La prevención, explica, comienza mucho antes de que aparezca la violencia física. “Si la sociedad aprende a identificar y rechazar los micromachismos, el umbral de tolerancia para la violencia física y psicológica se mantiene bajo”.
A ello añade la importancia del relato y la responsabilidad mediática. “El tratamiento de la violencia de género como un suceso sensacionalista despoja al problema de su raíz social. Debe tratarse como lo que es, un problema de salud pública y de derechos humanos”. Y lanza una advertencia directa: “Lo más importante es no dar voz al negacionismo. Igual que en la ciencia no se debate si la tierra es plana; en derechos humanos, no debería debatirse si la violencia de género existe”.
Finalmente, pone el foco en los hombres como agentes de cambio y en su papel para romper inercias. “La normalización se rompe cuando el mensaje no solo viene de las víctimas, sino de quienes no la sufren directamente, pero la rechazan”. Porque, como subraya, “cuando un hombre señala a otro una conducta violenta, el impacto social es mayor porque rompe los pactos patriarcales del silencio”, y deja de ser aceptable entre sus iguales.
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