Me acuerdo a menudo de una periodista llamada Olatz Vázquez. Murió en 2021, a los 27 años. Podríamos decir que fue una víctima colateral del Covid. También podríamos decir que fue víctima de la desidia de otros. El médico – que no le mandó pruebas porque no era urgente y que, tras año y medio, le anunció que su cáncer gástrico había hecho metástasis- no le pudo sostener la mirada. Yo no supe de la existencia de Olatz hasta su muerte, y a raíz de ella leí su historia. Una de tantas que, en relativo silencio, acompañaron a la crisis del Covid. Diagnósticos tardíos, medios insuficientes. Pero Olatz Vázquez era además fotógrafa, y captó su propio cambio con la cámara.
Uno de sus autorretratos se me quedó grabado para siempre; es ella ya sin pelo, desnuda, en un primer plano de su rostro, llorando por su propia vida que se va. En esa mirada esquiva y en esas lágrimas calientes está el dolor de quien querría, ante todo, vivir. Una cosa tan sencilla como seguir viviendo. Olatz dejó documentada su propia extinción, su propio desvanecimiento. En otro extremo, pero dentro del mismo año, Kira López acabó con su propia vida porque se le hacía insoportable. A los quince años, con ese horizonte limitado que suponen la familia y el colegio, Kira eligió un método cuya tasa de mortalidad no es particularmente elevada pero que en su caso resultó fatal.
Con lo fácil que es seguir viviendo, Kira López no lo siguió haciendo. Es curioso que en los suicidios no se habla de tasa de éxito sino de tasa de mortalidad. Una niña dulce y lista, encantadora, a la que habían convencido de que la vida no merece la pena ser vivida. Un grupo de niños de mierda del colegio Pare Manyanet (ahora mayores de edad) estuvieron años acosándola, e incluso ridiculizaron a las amigas que lloraban cuando daban la noticia. El colegio había mirado hacia otro lado y, supongo, los padres de los acosadores también. Kira podría y debería estar viva hoy, conociendo un mundo lejos de esas aulas gestionadas por la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia, cuyo lema es “Hacer de cada hogar un Nazaret”. En el caso del hogar de Kira hicieron un infierno que pasó a ser purgatorio. La congregación ha denunciado a los padres de Kira dos veces, dos. Derecho al honor, daños morales. La denuncia que emocionó a Cristo.
Cuando entramos en juicios no hay religión que valga. Hace un año hubo gota fría en Valencia. Mazón pagó 165€ por una comida con una periodista. Ignoró el teléfono móvil y, por una cadena de responsabilidades que hoy en día me sigue pareciendo inexplicable, 234 personas fallecieron en Valencia. Una chica recibió la alarma cuando estaba amarrada a un árbol que sobresalía en lo que hacía tan solo unas horas era una calle. En enero de este mismo año, un tren descarriló y un segundo tren – que iba en sentido contrario – chocó contra el convoy descarrillado. El saldo resultante fue de 46 fallecidos y 120 heridos. La semana pasada un tren chocó contra otro, y de momento hay 69 muertos.

Casos recientes y mediáticos que, sin estar directamente relacionados salvo en el caso de los trenes, tienen como causa la desidia o inoperancia de gente que pudo haber bien su trabajo y no lo hizo. No se trata de errores, se trata de omisiones que cuestan vidas. Los muertos muchas veces se nos presentan al peso: tantos muertos, tanta importancia. Las caras y las historias son lo que nos hace imaginar camas vacías, familias hundidas, amigos desolados, y esa tristeza interminable que queda cuando alguien se va antes de tiempo. Solemos decir que tal muerte es una injusticia, pero en realidad no se puede aplicar la idea de justicia a la única cosa que nos iguala a todos los seres vivos. En los velatorios de los ancianos se despide un cierre natural. En los de los jóvenes se lamenta una anomalía. Y en los de los que mueren por la desidia del otro se sufre lo que, ahora sí, es una tremenda y flagrante injusticia.

