El miércoles 28 de octubre de 2026 el día arrancó con absoluta normalidad. También para los viajeros que circulaban de Madrid a Sevilla. Los trenes salieron a su hora. Unos consultaban el móvil, otros repasaban unos documentos y alguno cerraría los ojos para aprovechar el viaje. Nadie compra un billete pensando en la posibilidad de no llegar a su destino. Viajar, como tantas otras actividades cotidianas, implica un acto de confianza. Confiamos en el conductor, en las vías, en los sistemas de seguridad y en una extensa cadena de profesionales a los que nunca conoceremos. Hasta que todo falla.
El accidente ferroviario de Urda ha vuelto a enfrentar a España con la fragilidad de unas certezas que parecían inquebrantables. Nueve meses después de la tragedia de Adamuz, el choque entre un AVE de Renfe y un tren de Iryo ha dejado decenas de víctimas mortales, familias destrozadas y esa sensación que empieza a extenderse más allá de quienes estuvieron directamente implicados de que podría ocurrirnos también a nosotros.

No es solamente miedo al tren. Es la inquietud que surge cuando aquello que considerábamos excepcional se repite y nuestra percepción de la seguridad comienza a cambiar. La DANA de octubre de 2024, el gran apagón de abril de 2025 y los dos graves accidentes ferroviarios de este año son acontecimientos de naturaleza muy distinta, sin una causa común demostrada. Sin embargo, en la memoria colectiva pueden confluir en una misma sensación de vulnerabilidad. “Cuando encadenamos acontecimientos críticos, nuestra percepción de la seguridad puede verse alterada”, explica la psicóloga Natalia Lorenzo, especialista en crisis y emergencias. “Las personas necesitamos cierta sensación de previsibilidad y control sobre nuestro entorno. Confiamos en que hay situaciones, espacios o sistemas que son seguros y que nos permiten desarrollar nuestra vida cotidiana sin estar permanentemente alerta”.
Lo improbable se vuelve posible
El cerebro humano interpreta el peligro a través de las emociones, los recuerdos y las imágenes que conserva. Una investigación clásica de los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman, publicada en Cognitive Psychology en 1973, describió el llamado sesgo de disponibilidad. Nuestra tendencia a juzgar la frecuencia o probabilidad de un acontecimiento por la facilidad con la que podemos recordarlo.
Cuanto más reciente, impactante o presente está una tragedia en nuestra memoria, más accesible resulta y más puede influir en nuestro cálculo intuitivo del riesgo. Después de Urda, un viajero habitual puede mirar de otra manera el andén, escuchar con mayor atención una frenada o inquietarse ante una detención inesperada. Son posibles reacciones de alerta. “Empezamos a preguntarnos si aquello que considerábamos improbable puede sucedernos también a nosotros”, señala Lorenzo.
La psicóloga advierte de que puede aumentar la percepción del riesgo incluso entre quienes no han vivido directamente ninguna de las tragedias. Esta alteración de la confianza tiene también una dimensión social. El psicólogo Paul Slovic, pionero en el estudio de la percepción del riesgo, demostró en sus investigaciones que el miedo no depende únicamente de las probabilidades objetivas de sufrir un daño. También influyen la gravedad imaginada de sus consecuencias, el grado de control que creemos tener y nuestro conocimiento del peligro.
Una vez cerradas las puertas de un tren de alta velocidad, el pasajero delega prácticamente toda su seguridad en un sistema técnico y humano que no puede supervisar. La tranquilidad depende, por tanto, de una confianza que ahora puede verse cuestionada. De ahí que esclarecer lo ocurrido, explicar los mecanismos de seguridad y exigir responsabilidades cuando corresponda no sea únicamente una necesidad judicial o política. También puede contribuir a recuperar la sensación de protección.
El dolor de quienes no estaban allí
La tragedia tiene además capacidad para conmover a millones de personas que nunca conocieron a las víctimas. Basta pensar en quienes utilizan habitualmente el AVE, en los padres cuyos hijos estudian lejos o en las parejas que se despiden cada lunes en una estación. ”No necesita afectarnos físicamente para tener un impacto emocional. Podemos experimentar miedo, tristeza, rabia, impotencia o preocupación al conocer un accidente, especialmente cuando sentimos que podría habernos ocurrido a nosotros o a alguien cercano”, explica Lorenzo. Pero conviene, según advierte, distinguir entre sentir una profunda conmoción y desarrollar un trastorno. “Sentir tristeza, preocupación o miedo no significa que tengamos un problema psicológico. Son respuestas humanas ante acontecimientos que nos conmueven o nos hacen sentir vulnerables”.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que el malestar psicológico es frecuente entre las personas afectadas por emergencias y que, habitualmente, disminuye con el tiempo. Solo una parte desarrolla trastornos mentales. El sufrimiento de los supervivientes, los familiares y los profesionales que han intervenido en el rescate requiere una atención diferenciada. Para quienes observan lo ocurrido desde fuera, el impacto suele ser de otra naturaleza y no debe equipararse al de las víctimas directas.
Cúmulo de tragedias
¿Puede una catástrofe hacernos más sensibles a la siguiente? La investigación científica ofrece algunas respuestas, aunque todavía no permite determinar qué consecuencias psicológicas concretas tendrá Urda sobre la población española. Un estudio publicado en 2015 en Psychological Science, dirigido por Dana Rose Garfin, examinó las reacciones al atentado del maratón de Boston de 2013 entre 1.787 residentes de las áreas metropolitanas de Boston y Nueva York. Estudiaron su exposición anterior a tres acontecimientos traumáticos -los atentados del 11 de septiembre, el huracán Sandy y la matanza de la escuela de Sandy Hook- y encontraron una asociación entre la acumulación de exposiciones directas e indirectas a estas tragedias y una mayor respuesta de estrés agudo tras el atentado de Boston.

Los resultados confirman que determinadas experiencias pueden aumentar la sensibilidad ante nuevas catástrofes. Lorenzo insiste en que la huella psicológica puede variar considerablemente. En algunas personas aparecerá como una mayor preocupación por la seguridad, desconfianza hacia determinados transportes o necesidad de comprobar que sus seres queridos están bien. En otras, la reacción será breve y no alterará significativamente su vida.
Consumo de imágenes
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de asistir, casi en directo, al sufrimiento de desconocidos. Las imágenes de los vagones destrozados, las operaciones de rescate y los testimonios de los familiares pueden acompañarnos desde que despertamos hasta que apagamos el teléfono por la noche. La investigación de Rose Garfin después del atentado del maratón de Boston encontró que quienes habían consumido seis o más horas diarias de información relacionada con el atentado durante la primera semana presentaban niveles de estrés agudo.
“Las imágenes, los testimonios de las víctimas y sus familiares, las noticias que se actualizan constantemente y la incertidumbre sobre lo sucedido pueden mantener nuestra atención centrada en el acontecimiento y alimentar la sensación de amenaza”, advierte Natalia Lorenzo. Existe un posible círculo de retroalimentación, de manera que la exposición a noticias traumáticas se relaciona con síntomas de estrés posteriores; estos, con una mayor preocupación por acontecimientos futuros, y esa preocupación, con un consumo más intenso de noticias cuando ocurre una nueva tragedia. “Estar informados es importante; exponernos continuamente al sufrimiento no nos hace estar mejor preparados ni ayuda necesariamente a las víctimas”, recuerda Lorenzo.
¿Nos estamos acostumbrando al horror?
Existe también la posibilidad inquietante de que la reiteración de noticias dolorosas termine produciendo cansancio emocional. “Es posible que se produzca cierta habituación a la información negativa”, admite la psicóloga. Esa respuesta puede manifestarse como una menor disposición a seguir las noticias, dificultad para concentrarse o necesidad de desconectar. Sin embargo, habituación no significa necesariamente ausencia de empatía.

La huella más duradera de Urda no se encuentre en el miedo inmediato, sino en las preguntas que deja abiertas. ¿Podemos confiar en las infraestructuras? ¿En los profesionales que las gestionan? ¿En la información que recibimos? ¿En conocer la verdad? Recuperar la confianza no consista en olvidar que existe el peligro, sino en tener motivos suficientes para volver a sentirnos seguros.

