Arte

El ‘Guernica’, un cuadro en disputa: de la propaganda republicana al vídeo de Pedro Sánchez

La Junta Electoral Central ha abierto un expediente al presidente del Gobierno por grabar un vídeo ante la obra de Picasso en el Reina Sofía

El 'Guernica', un cuadro en disputa: de la propaganda republicana al vídeo de Pedro Sánchez.
El 'Guernica', un cuadro en disputa: de la propaganda republicana al vídeo de Pedro Sánchez.
Montaje: kiloycuarto

El 13 de octubre, el presidente Pedro Sánchez accedió a las salas cerradas al público del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía para grabar un vídeo con motivo del Día de las Naciones Unidas, publicado el pasado sábado. De pie ante el monumental Guernica de Picasso, Sánchez invocó el histórico lema antibelicista “No a la guerra” para defender la política exterior de su Gobierno, destacando su postura sobre los conflictos internacionales y la situación en Gaza. La respuesta de la oposición no se hizo esperar: el secretario general y director de campaña del PP, Miguel Tellado, acusó a Sánchez de abusar de los recursos del Estado y apropiarse de un tesoro nacional para realizar un anuncio electoral. El PP presentó una denuncia formal ante la Junta Electoral Central (JEC).

El jueves 29 de octubre, la JEC acordó abrir un expediente sancionador al presidente del Gobierno. El organismo electoral consideró que la grabación y difusión del vídeo podrían vulnerar los artículos 50.2 y 53 de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), que limitan el uso de recursos públicos con fines electorales. Aunque la defensa del presidente argumentó que el comunicado constituía una reflexión general sobre política exterior, grabada un martes, día en que el museo cierra al público, y sin ocasionar gastos extraordinarios, la JEC señaló que Sánchez había accedido al recinto en las condiciones propias de una visita institucional, aprovechando las facilidades derivadas de su cargo. El organismo exigió la retirada del vídeo de los perfiles en redes sociales donde se había difundido y recordó tanto a la Presidencia del Gobierno como al museo su obligación de mantener la neutralidad institucional. La apertura de un expediente no constituye una sanción definitiva ni implica que esté prohibido hacer referencia al Guernica en un contexto político, pero pone de relieve los límites legales al uso de instalaciones y recursos públicos durante los periodos electorales.

La paradoja de esta disputa política en torno al Guernica reside en que la obra nació como un instrumento explícito de comunicación política y diplomacia internacional. En plena Guerra Civil, el Gobierno de la Segunda República decidió participar en la Exposición Internacional de París de 1937 para defender su legitimidad y recabar apoyos internacionales frente al fascismo. Bajo la dirección general de Bellas Artes de Josep Renau, el pabellón español, diseñado por los arquitectos Josep Lluís Sert y Luis Lacasa, fue concebido como un espacio moderno y funcional al servicio de la causa republicana.

La llegada del Guernica a España en 1981.
Jesús González

Picasso llevaba meses buscando un tema para el encargo republicano. Aquello cambió el 26 de abril de 1937, cuando aviones de la Legión Cóndor alemana y de la Aviación Legionaria italiana bombardearon la localidad vizcaína de Gernika, causando numerosas víctimas civiles y dejando gran parte de la población en ruinas. Conmovido por las noticias del bombardeo, Picasso comenzó sus primeros bocetos el 1 de mayo y dio forma a un lienzo de casi ocho metros de ancho y tres metros y medio de alto, desprovisto de representaciones militares explícitas y construido como una poderosa alegoría del sufrimiento humano. Expuesto junto a la Fuente de mercurio, de Alexander Calder, y El payés catalán en rebeldía, el mural desaparecido de Joan Miró, el Guernica se convirtió en una de las imágenes más representativas del pabellón republicano, transformando una tragedia concreta en una denuncia universal contra la guerra.

Tras la clausura de la Exposición de París y la posterior derrota republicana, el Guernica emprendió un largo recorrido fuera de España. Depositado en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York en 1939, el cuadro no tardó en convertirse en objeto de una disputa por la legitimidad moral, legal y política de su posesión. En 1968, la dictadura franquista inició gestiones diplomáticas para recuperar la obra, en un contexto en el que el régimen buscaba proyectar una imagen de apertura cultural y normalización internacional.

Picasso había dejado clara su oposición al regreso del cuadro mientras España permaneciera bajo la dictadura. El artista estableció que el Guernica debía permanecer bajo la custodia del MoMA hasta que se restablecieran las libertades democráticas en España. La disputa por la posesión física y simbólica de la obra se prolongó más allá de la muerte de Franco en 1975 y dio lugar a complejas negociaciones entre el Gobierno español, la dirección del museo neoyorquino y los representantes del legado del artista. Finalmente, el 10 de septiembre de 1981, en plena Transición democrática, el cuadro regresó a Madrid. Primero se instaló en el Casón del Buen Retiro y, en 1992, encontró su ubicación definitiva en el Museo Reina Sofía.

Protesta contra la guerra de Vietnam ante el 'Guernica' (1970).
Protesta contra la guerra de Vietnam ante el ‘Guernica’ (1970).
Jan van Raay

A lo largo de las décadas, el Guernica ha trascendido su contexto español original para convertirse en uno de los grandes símbolos internacionales contra la guerra y la violencia del poder. Aunque el lienzo original ha dejado de viajar debido a su delicado estado de conservación, sus reproducciones fotográficas, carteles y tapices han llevado su mensaje a espacios públicos, protestas y manifestaciones por los derechos civiles de todo el mundo. Durante la guerra de Vietnam, colectivos antibelicistas como la Art Workers’ Coalition protagonizaron acciones de protesta frente al propio cuadro en el MoMA.

Uno de los episodios más conocidos de la relación entre el Guernica y la diplomacia internacional tuvo lugar en febrero de 2003, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. A la entrada de la sala del Consejo de Seguridad colgaba un gran tapiz que reproducía la obra de Picasso, encargado por Nelson Rockefeller en 1955 y cedido a la ONU en 1985. Cuando el secretario de Estado estadounidense Colin Powell compareció el 5 de febrero para defender la necesidad de intervenir militarmente en Irak, el tapiz ya había sido cubierto por una cortina azul con el emblema de Naciones Unidas. La organización alegó motivos relacionados con la escenografía de las comparecencias televisadas, aunque la decisión suscitó interpretaciones políticas por la contradicción entre el mensaje antibelicista de la obra y el discurso de Powell. El episodio mostró hasta qué punto una reproducción del Guernica podía adquirir un significado incómodo en el escenario de una crisis internacional.

La polémica por el vídeo de Pedro Sánchez en el Reina Sofía devuelve esta larga historia al presente y plantea la delicada distinción entre el significado político de una obra de arte y su utilización partidista. Como símbolo contra la guerra, el Guernica forma parte de un imaginario cultural compartido; ningún dirigente ni formación política posee en exclusiva su mensaje antibelicista. La decisión de Sánchez de recurrir a la pintura para vincular la política exterior de su Gobierno con la tradición pacifista se inscribe en una larga historia de referencias políticas a la obra de Picasso.

Sin embargo, la intervención de la Junta Electoral Central introduce una distinción fundamental. El acuerdo de la JEC no cuestiona el significado político del cuadro ni el derecho del presidente a expresar posiciones antibelicistas. Lo que examina es el posible aprovechamiento de medios e instalaciones públicas para transmitir mensajes de contenido electoral durante un periodo en el que las instituciones están obligadas a mantener su neutralidad. El Guernica nació como una denuncia de la violencia y se convirtió, con el tiempo, en un símbolo compartido mucho más allá de las circunstancias de su creación. La controversia actual recuerda que su dimensión política es inseparable de su historia, pero también que el valor simbólico de una obra y las condiciones institucionales de su utilización son cuestiones diferentes.

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