El palacio de la duda

Ignacio Peyró: “Prefiero veinte páginas de Pla a toda la obra de Lovecraft”

El periodista y escritor conversa con Artículo14 sobre 'Qué hacemos con los domingos por la tarde' (Asteroide, 2026), su último libro.

Cuando dan las once de la noche, a Ignacio Peyró (Madrid, 1980), más que un gin-tonic, le suele apetecer un colacao. La edad madura, invocando a fray Luis de León, le pide el fruto al director del Instituto Cervantes de Roma, y este se pregunta, desconcertado, qué ha hecho con su vida, “porque la vida recuerda a esos bailes de las bodas que uno tiene que aprender sobre la marcha”. El periodista y escritor conversa con Artículo14 con la percha de la publicación de Qué hacemos con los domingos por la tarde (Libros del Asteroide, 2026), su libro más lento, compuesto por –dos o tres excepciones al margen– artículos publicados en El País Semanal desde 2022 sobre la vida que encoge, el amor y su pérdida, los espirituosos paradisíacos y los paisajes familiares.

Ignacio Peyró
Ignacio Peyró conversa con Jesús Fernández Úbeda sobre ‘Qué hacemos los domingos por la tarde’.
Javier Cuadrado

P: Señor Peyró, cuando usted mira por el retrovisor de su vida, ¿qué es lo primero que ve?

R: ¡Cielo santo! (Piensa) Lo primero que me veo ya son las canas. Cuando miras por el espejo más socorrido, que es el interior, siempre te sale alguna en las sienes. Esto que en época de Felipe González se llamaba “los aladares”, que es por donde suelen empezar…, te ves algo de eso y alguna pata de gallo. Parece muy deprimente todo lo que estoy diciendo. Entonces, también veo cosas hermosas y por las que estar agradecido, sin duda.

P: ¿La madura edad le ha pedido el fruto?

R: Está en ello. Eso está muy bien que lo cites: es un hermosísimo verso de fray Luis de León: “Ya la madura edad te pide el fruto”. Es una de esas interpelaciones que siempre resultan un poco tremendas. Dan ganas de irse un fin de semana a un monasterio para pensar en ello, ¿no? En si estamos dando fruto o no… Esa cosa tan hermosa que se preguntaba también a sí mismo el poeta Seamus Heaney, que ganó el Nobel allá por los noventa, que decía: “¿Qué has hecho con tu vida, Seamus?”. Son preguntas duras. ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Estás dando fruto? Realmente es un poco duro, pero también son las preguntas que, de alguna manera, nos definen y que hay que hacerse. Porque quizá piensas que sólo el hacerlas y no tenerlas presentes ya vale de algo.

P: Escribe: “Uno tarda media vida en conocerse a sí mismo y la otra media en reponerse del susto”. En primer lugar, ¿cuándo se dio cuenta de que se conocía?

R: Lo peor de todo es que uno no deja de sorprenderse. Si fuésemos perfectamente previsibles, todo resultaría más fácil. Lo peor es que nos sorprendemos, generalmente, por acentuar inercias o, siendo claros, defectos que ya teníamos y que, además, uno no ve que mejoren. Es muy difícil en la vida observar que uno ha hecho una mejora moral brutal. Quien es impuntual suele ser impuntual siempre, suele tener esa tendencia. Una vez leí, y siento solidaridad con esto que voy a decir ahora, que son muy pocos los gordos que dejan de ser gordos. Realmente, es así. Entonces, yo no sé… Creo que a partir de los veintitantos años ya tenía una cierta idea de mis escasas fuerzas y de mis estrechos límites. De modo paralelo a lo que tú has dicho de que uno tarda media vida en conocerse y la otra media en reponerse del susto, también podemos decir que, aunque creemos que el autoconocimiento nos lleva a la sabiduría, generalmente, primero te deja en una parada llamada “decepción”.

P: En segundo, ¿cuán grande fue el susto?

R: Bueno, sí, es grande. Al final, por suerte, la vida tiene unas misericordias que te van impulsando para adelante. Por tanto, incluso con tus limitaciones vas abriendo camino. Lo que sí que creo que debieran enseñarnos más, porque va en contra, de alguna manera, de las impresiones que el mundo quiere que tengamos, es que quizá no vayamos a hacer bien más de una o dos cosas, realmente, en esta vida. No sé si es bueno tenerlo en cuenta. Hemos estado hablando cuando había crisis: “Hay que reinventarse”. Tengo, pongamos, sesenta y cuatro años. ¡No me voy a reinventar nunca! ¡Tendré que hacer mejor lo que hago! Reinventarme no puedo. Yo no puedo mañana decidir ser futbolista, etcétera. ¿Cuál era la pregunta?

P: ¿Cuán grande fue el susto?

R: Digamos que lo hemos ido capeando. Siempre, o habitualmente, en estas cosas, lo mejor es compararse con uno mismo. Es la única manera en la que ves que has mejorado. Pero a veces es bueno compararse con los demás, y decir: “Mira, no soy tan hijoputa como este, o tan capullo”. (Risas)

P: ¿Cómo se lleva con la nostalgia?

R: La nostalgia es un poco pegajosa. Es a veces un placer solitario, y como con todos los placeres solitarios, es importante no abusar, no darse al exceso. Más que de nostalgia, me gusta hablar de tener presente el pasado y de mirarlo con cierto reconocimiento, con una cierta piedad y un cierto agradecimiento. Creo que es así como cobra su sentido. Porque igual que no recuperamos las cosas del todo, tampoco terminamos de perderlas enteramente mientras sigan en el recuerdo.

P: ¿Cree en el futuro?

R: Sí, sí. Lo cual no quiere decir que sea un lugar maravilloso, pero sí, absolutamente.

P: ¿En qué cree?

R: Creo en Dios, creo en intentar hacer bien las cosas, creo en la familia…, en nada demasiado original, me temo. Lo que sí debo decir es que en lo que tiene que ver con mi trabajo, que, en buena parte, consiste en escribir, intento hacerlo lo mejor posible. Es algo que me entusiasma. Hombre, siempre es trabajar. No es como estar bajo un cocotero, pero me entrego con pasión y convencimiento. Eso, al final, son dos formas de alegría. Creo en estar haciendo lo que uno tiene que estar haciendo.

P: “Al llevar la cuenta de los placeres –escribe–, es difícil no pensar que la lectura es el que menos desengaña: de alguna manera, vivir está bien, pero leer está bastante mejor”. Cuénteme más.

R: Con los años, es curioso, descubres varias cosas sobre la lectura. Uno: aquello que empezó como placer termina por tener una cierta utilidad. Es decir, los libros que leías a los veinticinco, a los veinte, a los dieciocho o incluso a los catorce por afición, por pasión, por pura avidez, con los años resulta que no es del todo indiferente haber leído o no. Es una alegría que me ha venido de un modo tardío. Más sobre la lectura: la lectura, ahora mismo, cuando uno tiene que trabajar en el mundo, es recuperar nuestro espacio de libertad y de soledad, que son dos cosas que van de la mano. Por tanto, ahora mismo, hay muy pocas cosas más placenteras. Yo, que, como tantos otros que trabajamos en estas cosas, tengo que leer mucho por trabajo, intento leer por placer lo más posible. Si tengo dos horas en un tren y podría estar trabajando, intento estar leyendo algo por placer. Aunque, quizá, haya otras cosas que me apremien. Esas dos horas valen por muchísimo más.

P: ¿Ha encontrado en los libros alguna verdad fundamental?

R: No lo sé. Desde luego, me han ayudado a afirmar la vocación de aquello que me gusta hacer. Por tanto, los tengo como verdades, claro, que guían mi vida.

P: Dígame un autor que no soporte.

R: Nunca he podido con cosas de Lovecraft. Me dejan absolutamente frío. He leído Vathek (de William Beckford) y cosas así, entre gótico y ciencia ficción, y reconozco que me causan un tedio muy notable. Lo lamento: Lovecraft tiene una reputación literaria excelente, pero me deja absolutamente frío. Prefiero veinte páginas de Pla a toda la obra de Lovecraft.

P: Dígame un personaje literario del que se haya enamorado.

R: Me he enamorado de muchos mundos, de muchos personajes. Pienso en El jardín de los Finzi-Contini o en Retorno a Brideshead: son mundos en los que es fácil, por la hermosura y la estética que encierran, dejarse llevar. Todo lo que te hace doblar la página con ansiedad para ver cómo sigue… Nunca he escuchado audiolibros, pero estuve conduciendo por Asturias y mientras tanto escuchábamos La Regenta: yo estaba de éxtasis en éxtasis. Era una cosa maravillosa. Además, la lectura que se está produciendo se mezcla con los recuerdos que ya tenías. Entonces, era un placer casi total.

P: Por cierto, ¿cuánto tiempo le ha dedicado al amor en su vida?

R: Bastante. ¿Al amor en abstracto o al amor de personas?

P: “Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño: / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

R: Una parte importante de los ocios de la juventud (risas).

P: ¿De acuerdo, en desacuerdo o ns/nc con ese soneto de Lope?

R: Claro que sí. Estamos aquí para amar y ser amados. Es lo más hermoso que hay. Y lo que, al final, como dice san Agustín: “Mi amor es mi peso, que donde me lleva, voy”. Es absolutamente así: no sólo con el tema de personas, de afectos humanos, sino de vocaciones y de afectos intelectuales. Pero del primero, sin duda también.

P: Y, para acabar, ¿cree que, en estas elecciones, vencerá “La fuerza del amor”?

R: ¡Oh, guau! ¡Ns/nc! (Risas)

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