Toca su flauta la patrona de esta Ciudad de las Damas, maravilloso artefacto para que la literatura no se convierta en un eco sordo. Me pide colaborar en su último podcast, dedicado a la novela Drácula, para coserla con el cine. Como en la alta comedia de Gregory LaCava, me pongo “al servicio de las damas” sin preguntar nada más.
Lo que Elisa no sabe es que a mí Drácula me mordió primero, carne fresca de la adolescencia, algo más provinciano —y desde luego menos atractivo— que la joven Lucy Westenra, inicial víctima visible de este no-muerto dispuesto a alargar el poder del terror ad infinitum. Y al margen de ser muy pertinente unir al personaje, que probablemente junto con Hitler y Jesucristo más veces haya sido llevado a la gran pantalla, la obra de Bram Stoker penetró profundamente en mi pied-à-terre romántico y tenebroso.
Hoy, por tanto, me tocaba hablar de cine, pero esta vez más que nunca por vocación y devoción al mismo tiempo: escribir sobre Drácula y sus adaptaciones al cine me resulta la mordedura más placentera, acaso más sabrosa que el helado homónimo de vainilla, gelatina de fresa y negra Coca-Cola.
Como la mayoría de los nerds aficionados a lo fantástico, llegué a la novela transportado por el viaje de luz del séptimo arte. Enganchado a los monstruos de la Universal, la obra maestra de 1931 con Tod Browning en la partitura y Bela Lugosi a la batuta, estableció las bases de la iconografía del vampiro de los mil nombres, Drácula, Dracul, Vlad el empalador o Nosferatu. Flaco favor, por otra parte, le ha hecho al conde este outfit inclinado a la caricatura y libérrimamente inspirado en el primigenio. Pero qué más da: el Drácula de Tod Browning ya no pertenece al cine; hace mucho que trascendió a su propio arte para colocarse del lado de la cultura pop-ular: que se lo digan a los disfraces de Halloween, capa de raso, medallón del Temu, pelo engominado, colmillos y murciélago de plástico; o, como dice Alicia Mariño, invitada de honor a este podcast, “me vale, con tal de que el público se acerque al libro”. Si lo dice ella bien dicho está, enciclopedia andante en todo lo referente a Drácula y sus esquejes literarios y visuales.

Nueve años antes de este Drácula que sirvió para proyectar al príncipe de las tinieblas en nuestra imaginería, ya se plagió el original de Stoker. Un retoque por allí, otro por allá, sustituimos la Inglaterra victoriana por la ficticia ciudad alemana de Wisborg, cambiamos al conde por un tal Orlok, y voilà!, aparece Nosferatu (1922) la opus magna del expresionismo alemán y de su director F.W. Murnau. Pese a que se ordenó que fuera destruida, ya circulaban varias copias de ella por Europa, afortunadamente para la historia del cine y de Max Shcreck, la más terrorífica caracterización del no-muerto.
Y supongo que será por una cuestión generacional, aunque creo que en este caso se impone lo artístico, mal que les pese a los exégetas más draculianos y su ciega fidelidad como sello de calidad, creo que la versión que Francis Ford Coppola rodó en 1992 con guion de James V. Hart es la más redonda de todas ellas y completa los agujeros narrativos del relato. El potente marketing mainstream de la Columbia la vendió por entonces como una adaptación fidedigna al texto, dando por hecho, supongo, la incultura literaria general del personal; vamos, que nadie se la había leído. En realidad, de todas las versiones del original, es la que se toma más licencias. Si bien el seminal filme de Browning vampirizó —nunca mejor dicho— al personaje de Jonathan Harker en beneficio de Renfield, el maestro italoamericano cambia por completo la motivación del vampiro, sublimando y engrandeciendo el material inicial. Si en la novela el propio conde Drácula no tiene mayor motivación que “extender su reinado de terror” para liarla parda por mar y tierra, en el largometraje de Coppola el amour fou que siente por Mina, reencarnación de su amada Elisabeta, da un sentido arrebatadoramente romántico a la historia: “he cruzado océanos de tiempo hasta encontrarte”, preciosa sentencia del guion, que no aparece en la novela y que resume el alma de la película. Su magistral prólogo y el bellísimo final reinventan el libreto de Stoker, elevan su espíritu y lo dignifican.
Más de cuatrocientas adaptaciones —o inspiraciones libres— y las que quedan se han hecho de este príncipe de Valaquia; se dice pronto. Y me dirás que faltan las de la factoría Hammer, con Chistopher Lee y Peter Cushing, que afortunadamente nunca se han tomado en serio a sí mismas, pasando por el erotismo de brocha gorda, los vampiros sureños de Anne Rice, o los de instituto de la saga Crepúsculo. Me dicen que incluso hay dráculas vegetarianos. Y una de Chiquito de la Calzada. Las últimas versiones que nos ha dado el cine, la muy digna visualmente Nosferatu (2024) de Robert Eggers y el último Drácula (2025) del inefable Luc Besson, son el reflejo de la abulia que envuelve a Hollywood con su enorme capa negra: versiones de versiones, que ni tan siquiera se miran en el espejo de la maravilla inmortal de Bram Stoker.
Qué diría el conde Drácula de todo esto; se removería en su cajón enterrado en tierra.

