Una de las cosas más maravillosas del cine es que, quieras o no, él forma parte del mapa sentimental de tu vida. Una vez conocí a un tipo que decía que no le gustaba el cine. Da lo mismo, porque, aunque a ti el cine no te guste, tú sí le gustas a él. Así que nuestra vida está formada por un QR cinematográfico que nos remite a eso que el poeta llamaba “mi patria, mi infancia”, un reino en el que descubres colores, sabores y sensaciones que a mitad –o final- de la cinta te trasladan en un tren bala japonés a esa época. Hay películas que son solo tuyas, que forman parte de tu identidad, que la definen y que la explican. Bueno, solo o en compañía de otros.
Uno de los libros que con más ganas subí a mi coqueta biblioteca de cine fue uno llamado Las películas de mi vida, del crítico, teórico, director, guionista y productor, en fin, lo que se dice “un hombre de cine”, Augusto M. Torres. Su anterior manual, el mítico Diccionario de directores de cine me ayudó, en el amanecer de mi opción fundamental, a tener un panorama bastante amplio del universo del séptimo arte. Pero he de decir que este segundo me decepcionó un poco. Pensaba que con ese título el autor iba a hablar de verdad de “las películas de su vida”, entendiendo estas como todo lo que pasa cuando no estás metido en el cine, esto es, la némesis del canon cinematográfico, esa chapa que los analistas y teóricos del séptimo arte llevan repitiendo desde hace un siglo: los filmes que hay que ver si quieres saber de qué va esto, a decir de ellos: que si Griffith, Murnau, que si Flaherty, que si Dreyer, Eisenstein o Benito Perojo; es decir, la aburrida berza antes de llegar a la morcilla, ya que voy a hablar de mis magdalenas de Proust.
Y eso no es lo que yo estaba esperando, al menos en ese momento y con ese libro. Lo que yo estaba buscando en el tiempo perdido eran las películas de mi vida, pero de verdad; las que te cosen al contexto, no a la ortodoxia, y las que recordarás cuando llegue la parca y todo se esponje como esas magdalenas caseras.
Pero no sucedió nada de eso. Resulta que si te quieres dedicar a esto, lo primero que te dicen es que los Reyes Magos son los padres y que el cine es una cosa muy seria. Así que me puse a estudiarlo y ahí vinieron los ciclos de noir en el Cine Club de La 2, todas las que pude de Hitchcock, Ford y Hawks; y, a partir de ahí, cuesta abajo hasta llegar a la escuela de cine, para tragarme a “los grandes autores” (Bergman, Truffaut, Fellini, Renoir, Godard, Buñuel), con los que llegué a tener pesadillas.
Precisamente son esas las que, solo por hoy, no me interesan.
El cine, y no hace falta que seas un cinéfago para saberlo, tiene tal fuerza de atracción gravitacional sobre la naturaleza humana que forma parte de nuestro ecosistemal, queramos o no, como la paella de la abuela (si tuviste la suerte de que cocinara), el olor de tu casa paterna o la tapicería escocesa de tu dormitorio. Y todos tenemos esas pelis, sí, esas que nos remiten a un momento, a un destello, a un Tombuctú olvidado en el fragor de la batalla rutinaria (poesía prosaica) pero que queda asida cual koala a nuestros recuerdos esenciales. Son la gasolina que nos teletransporta al paraíso en el que nos refugiamos antes del síncope diario: ese es el verdadero motor del cine, su poder de tracción.

Y por supuesto, casi nunca son las grandes obras estampadas en los libros, a no ser que seas nieto de Garci, ni de los tótems cineastas o los hitos de la historia. Posiblemente ni te sepas quién las dirigió. Ni falta que hace.
No necesitas letras doradas para que ellas te cosan a tus primos, hermanos y tíos en torno a un reluciente reproductor VHS marca JVC sin mando a distancia, hechicero de tu tribu que escupe leyendas de plástico y óxido de hierro en torno al fuego, pero con los botones bien grandes (triangular, cuadrado y redondo por si acaso no sabes leer) mientras meriendas talo con chorizo, pan, chocolate y bocatas de salsa, y mezclas la Coca-Cola con la leche en vasos de metal, y tus mayores abren el mueble bar en busca del auténtico vermú, alhajas de Las minas del rey Salomón, la de Richard Chamberlain y una desconocida por entonces –menos para nosotros- Sharon Stone, que efectivamente, es una de esas que metíamos por la sagrada ranura una y otra vez.
Hablo de esas películas, ¿las recuerdas?
Las mías son variopintas, heterodoxas y diletantes, ajenas a todo criterio académico y nunca jamás se me ocurriría escribir un libro sobre ellas, porque a nadie le interesan; solo a mí y a mis circunstancias.
Y lo de menos es saber cuáles son, porque a ti te valdrán otras. Pero si has llegado hasta aquí, al menos te mereces saciar la curiosidad.
Evasión o victoria, que era tan emocionante como el duelo interpretativo entre Osvaldo Ardiles y Michael Caine; La Biblia, disruptiva historia de la que también sabíamos su final (y todo lo demás) pero no nos importaba, ambas, por cierto, dirigidas por John Huston, pero que tampoco nos importaba; Scaramouche, delirante historia gay friendly de espadachines con leotardos —a ningún hombre le quedan bien los leotardos, excepto a Stewart Granger—; los clásicos de la dupla perrofláutica y malabarista Burt Lancaster & Nick Cravat, El temible burlón y El halcón y la flecha, que duraban cada una lo que una secuencia de Christopher Nolan; la inevitable fábula anti nazi Sonrisas y lágrimas con esas traducciones líricas alucinógenas; el filme de culto Estoy con los hipopótamos, el Citizen Kane de Mario Girotti y Carlo Pedersoli; o Capitanes intrépidos, coloreada, faltaría más, gracias a Ted Turner y a su pescadito.
Dime, querido, querida, ¿cuáles son las tuyas? ¿O te pillo teletransportándote?

