Recién termino de publicar en esta nuestra casa una nueva edición de la saga veraniega “Revisando los Clásicos del Cine”, una especie de enmienda positivista a las grandes obras de la historia del séptimo arte, que presentan una visión, una postura de género hacia la mujer más rupturista moderna, abierta e igualitaria.
El agosto pasado opté por agarrar de la pechera a los grandes clásicos a secas y destripé desde La costilla de Adán, mejor arranque imposible, hasta Alien, la madre de todas las naves, para acabar con Kathryn Bigelow, que no tiene que pedir ni permiso ni perdón para hacer cine: la mejor, el mejor, le mejore cineasta de su generación. Me sentí comodísimo escribiéndolo, tenía toooodo el cine para elegir, toneladas de celuloide desde 1895; yo era Georgina Rodríguez cuando le abren para ella sola el Gucci de Serrano donde trabajada.
Este año, en cambio, consideré meter un poco la cuña, reducir el ancho de banda y centrarlo en el reciente listado que ha sacado el New York Times de las mejores películas de lo que llevamos de siglo XXI. Como en todo buen ranking que se precie, hay en él auténticos despropósitos, comenzando por situar en el primer puesto a Parásitos, o grandes evidencias, esto es, (casi) todo el resto de la lista. Lo dice Clint, el gigante, “los listados son como los culos: todo el mundo tiene uno”. Y, hombre, puestos a pensar con el derriere, que no esté ni se la espere a la mejor obra del siglo XXI, La gran belleza, hace de esta lista, a decir de su protagonista Jep Gambardella, “un elogio de la mundanidad”.
He de decir que tanta arqueología literaria y audiovisual en agosto, que es ese mes en el que todo el mundo se hace fotos con libros para sus social media, reconociendo involuntariamente que el resto del año no los tocan ni con un palo, me ha dejado exhausto. Pido entonces ocho semanas de vacaciones a los jefes de todo esto, para no leer ni ver cine, casi las mismas que pidió Pedro Sánchez al resto de españoles, pero, extrañamente, me las niegan. Me exhortan, ruegan, que vuelva a mi columna dominical.
Así que me quito el salitre y vuelvo al subrayado de los cronistas cinematográficos: la temporada de festivales, los ¿grandes? estrenos, pases de prensa, premios honoríficos, junkets, obituarios, para acabar con el inevitable “la gran cosecha del 2026” y todo el eterno retorno del cine que se nos viene encima y cómo este va a encontrar la manera de defraudarme otro año más, Mr. Scrooge de la sala oscura.
Pero, de repente, mi alma se ladea, sale un poco de mi ser a la manera de Ghost y conecto con el pensamiento de que, si bien puedo ver todas las películas que quiera, hasta hoy, no voy a llegar a ver la lista completa de las mejores del siglo XXI, a no ser que me acompañe el alcalde de mi ciudad, que aún no ha nacido, y que ha venido a traerme un ramo de flores por cumplir 126 años. Y en ese momento caigo en la cuenta de que soy mortal.

Otra vez el tiempo, ese maldito monstruo, me ha enseñado su patita diciéndome “Ignacio, si el cine es tu opción fundamental, me río en tu cara, porque muchas películas de este siglo XXI las vas a poder ver, no te digo que no, pero no todas y, desde luego, no vas a llegar a ver el listado completo de las mejores del siglo XXI”. Para ponerlo a parir, esto último lo digo yo.
Hasta antes de ayer, como todas las personas con dos dedos de frente, yo creía que era inmortal, pero es verdad que nunca lo había bajado a tierra. Era, más bien, el clásico pensamiento metafórico del hipocondríaco, que son en realidad quienes se creen realmente inmortales, pero que necesitan un salvoconducto, un sello del notario medicinal para asegurarse de que no tienen nada, y que va a vivir 24 horas más. Y vuelta a empezar con otro especialista.
Pero claro, si lo pones negro sobre blanco y caes en la cuenta de que no vas a ver ni de coña todas las películas del siglo XXI y que el listado que hagan los periodistas del New York Times que tampoco han nacido, o sus avatares de IA, tampoco lo leerás, te dan ganas de llamar a Garci, a sus dinosaurios, encerrarte en su sala de proyección privada con cien cartones de Marlboro y empezar desde La salida de los obreros de la fábrica Lumiére en Lyon, hasta El ser querido, y no salir hasta verlas todas con las retinas quemadas, como el pobre Alex DeLarge de La naranja mecánica.
Así que ahora me toca un largo periodo de reflexión, de maduración y, sobre todo, de asunción, que no veré el cine completo de este siglo. Solo con escribir esto se me están cayendo lágrimas sobre la tinta negra del iMac que dentro de unos años no será ni un iMac ni nada.
El séptimo arte girará sin mí, el viaje de luz seguirá siendo el mismo, afortunadamente. No sé si aún quedarán salas en las ciudades; no sé si habrá Oscars, o festivales; no sé si volveremos al 35mm y todo será analógico otra vez; no sé si Christopher Nolan seguirá dándonos la turra con su pomposa vacuidad; no sé si Quentin romperá su promesa de retirarse a la décima; pero sí sé que yo no estaré para verlo.
Así que nada, os voy avisando: el 1 de enero de 2100 no encontraréis en Artículo 14, que estará por entonces celebrando sus bodas de diamante, mi artículo coñazo de todos los años en el que haga un repaso de las mejores películas del siglo XXI.
¿Me darán, por fin, dos meses de vacaciones para digerirlo?

