Pensaba el otro día, en el preestreno de de Sentido y sensibilidad, la nueva adaptación de la novela de Jane Austen dirigida por Georgia Oakley, que mis ojos mortales habían sido testigos de algo que nunca creí posible: cada estreno de Austen se ha convertido en algo más que un acontecimiento cinematográfico: vivimos ahora, y se notaba en el cine, en la cola, en el bullicio de las filas, una fiesta colectiva, una reunión de una comunidad internacional que se reconoce en sus personajes, discute sobre la elección de sus actores y acude a las salas con entusiasmo y una fidelidad creciente.
Por lo tanto, también se suceden las decepciones. No hay espectador más incómodo que un lector apasionado, que desea sorprenderse pero no demasiado, que ansía novedades pero siempre que no alteren sus recuerdos y la emoción evocada por la lectura. Por esmerado que sea el guion de Diana Reid, las aficionadas a Austen hemos desarrollado la destreza de considerar una ofensa personal que alguien imagine a las hermanas Dashwood de otra manera que no sea la nuestro, (podría ser peor, podría ser Elizabeth Bennet; esperemos un mes para que se repita el mismo drama).
Sin embargo y con todo, cada generación necesita su propia Austen. La quiere con sus actores y actrices maquilladas y peinadas a su manera, con sus códigos sentimentales y los guiños que solo los jóvenes entienden. Por eso carece de sentido comparar esta película con, digamos, la versión de Ang Lee de 1995. Ni el tono, ni la intención, ni la manera de enfocar la adaptación se asemejan, y quienes la descubrieron entonces conservan hacia ella una lealtad que difícilmente puede disputar ninguna recién llegada, no porque una u otra sea mejor, sino porque les pertenece, como esta pertenece a quienes la ven por primera vez.

La nueva película incorpora un paisaje diferente visto bajo otra luz, esa atmósfera contemporánea más propia del estado de ánimo de las protagonistas que de la luminosa prosa de Austen. Es primorosa en los detalles y atenta a las imperfecciones que supone ser de carne y hueso y que a veces olvidan las imágenes de la Regencia: el cabello algo sucio, los tejidos toscos, los caminos sin desbrozar, el sudor, las manchas de las moras.
No busquen grandes cambios en Marianne (Esmé Creed-Miles) ni en su madre (una adorable y cómplice Catriona Balfe). Austen las había concebido así, incapaces de disimular una emoción aunque les fuera la vida, o la reputación en ello, niñas eternas en un mundo que quería muñecas mudas. Quizás en la novela veíamos una jovencita un punto menos desafiante, cuyo ensimismamiento se muestra de una manera menos contemporánea, pero pocas sorpresas en ese frente.
Sí se encuentran en la Elinor de Daisy Edgar-Jones, cuyo sentido, o juicio, como prefieren indicar algunas traducciones, pierde buena parte de su proverbial sutileza.
Y, de todo lo visto, de todo lo disfrutado en la película, eso fue lo que me pareció más interesante y novedoso de esta adaptación. Nuestra época, da igual en qué edad nos encuentre, desconfía de la contención. Sentir no basta: hay que demostrarlo, verbalizarlo aunque sea a empellones, representarlo ante los demás. El silencio se interpreta como represión; el dominio de uno mismo equivale a una sospechosa renuncia a la autenticidad. Por eso Elinor, que construía su grandeza sobre la reserva inteligente de su propio dolor, exhibe más que en otras ocasiones lo que antes guardaba celosamente.
Es esta una sociedad performativa, tan dramática y tan convencida de la necesidad de manifestarlo que necesita nuevos espacios para que quepan en ellos sus emociones, y, al mismo tiempo, ferozmente práctica. Esta hermosa Sentido y sensibilidad nos habla tanto de sus protagonistas como de quienes somos, de quienes la vemos. Austen escribió sobre el conflicto entre emoción y juicio en un tiempo de clases sociales herméticas y de escasa libertad personal. Nosotros, que hemos diluido ya esas condiciones, hemos decidido que en esa lucha gana, claramente, la sensibilidad, algo de lo que Austen no estaba muy convencida. Y mientras discutimos sobre minucias y preferencias, no olvidemos que ella continúa ganando generaciones de lectores, que siempre fue defensora del sentido, y que, hasta hora, siempre ha tenido la última palabra.
