Revisando los clásicos

Quentin Tarantino revienta el cine y reinventa a la mujer con un lanzallamas. ¿O era al revés?

Cualquiera de las tres películas que QT "tiene" en el listado de las 100 mejores del siglo XXI valdrían para echar el cerrojo a esta saga veraniega. Como siempre, he elegido la más esquinada

'Érase una vez en Hollywood'.
'Érase una vez en Hollywood'.
Montaje: kiloycuarto

Así como el año pasado quise dar la campaná y pintar mi manzanita para el último artículo de esta saga llamada “Revisando los Clásicos del Cine” y dedicándolo a Kathryn Bigelow, que ni pide ni permiso ni perdón, pero no es que sea precisamente una de las miembras del sanedrín del feminismo caviar, en esta ocasión he pensado hacer algo parecido y cabrear a unos cuantos, eligiendo en ese baúl de retales que ha sido el canon de este año —las 100 mejores películas del siglo XXI según el New York Times—, a uno de los directores más alabados (y discutidos) de la historia y uno de los pocos que repiten, por triplicado además, en esta lista.

Pensé además dejarlo para el final, como la última etapa del Tour de Francia, en la que el virtual ganador se indigesta de laurel, recorriendo el empedrado de los Champs-Élysées, con un artículo de esos de Premio Francisco Cerecedo, y esponjarme sobre uno de los cineastas de los que presumo saber un poquito: Quentin Tarantino, con permiso del maestro Rubén de la Prida. (Spoiler: preparaos para su próximo artefacto de usar y no tirar).

Pero resulta que, procrastinando alrededor del folio en blanco, me pasó lo mismo que cuando entro en la mejor pastelería del mundo confitero —esto es, entre el norte de España y Francia—, Luis López de Sosoaga, y que, ante tanta golosina, mis papilas gripan, desbarro, y al final acabo balbuceando mientras se me cae la nata de los chuchitos.

Pensé primero en elegir la película que cualquier persona con dos dedos de frente escogería si quisiera hablar de la visión de género en Tarantino, que no es otra que Kill Bill —ambos volúmenes—, y que a estas alturas, además de reconocer todo el mundo que es una obra maestra, constituye en sí misma un homenaje a la mujer, a la maternidad, a su resistencia y a su, por qué no, ansia de venganza enfundada en un mono amarillo, llámese The Bride, Beatrix Kiddo, Mamba Negra, o Musa, perdón, Uma Thurman.

Uma Thurman en ‘Kill Bill’
Lionsgate

Pero como soy muy tonto y me creo muy listo, he decidido escarbar en otro filme del listado que para los exégetas del púlpito constituye la némesis de la postura de género y una mirada homoerótica a dos machotes, ni más ni menos que Rick Dalton (Leo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt). Como siempre, nos quedamos en las primeras matas, gloria de la evidencia, y no nos apetece llorar decapando la cebolla. Pero si te pones unas gafas de bucear para desgajarla, al estilo de mi amigo I, te encontrarás con una mirada única que Quentin, rendido y arrobado, lanza a la actriz Sharon Tate (Margot Robbie). Tan bonita y pura es su declaración de amor que es capaz de retroceder la rotación de la Tierra, imitando al Superman de Richard Donner y repintar el futuro de esta preciosidad del cine embarazada de ocho meses. Cuando la realidad es demasiado dura para soportarla, las películas son el artefacto perfecto para redimirla; así lo cree Tarantino, que ya jugueteó con la historia en la magistral Malditos bastardos —la tercera que faltaba—, acribillando a Hitler como a la rata que era y quemándolo con la gasolina del celuloide.

Tarantino mira a Sharon Tate como nunca lo ha hecho con ninguna mujer en su filmografía, sin vértices, de cara, infantil e incluso naif, algo inédito en su obra, siempre con tantos visillos. El de Knoxville se gastó 100 millones de dólares para construir un enorme trampantojo y así tratar de engañarnos: la historia de Cliff y Rick, dos buddies sin ningún interés, adopta en su última parte la forma de cuento para dar sentido y coherencia a ese final que reinventa uno de los mayores horrores del Hollywood de finales de los 60, en honor y solo en honor de su enamorada Sharon Tate. Érase una vez en Hollywood no es, ni mucho menos, una película que glorifique al macho alfa por muchos cuerpos ‘six pack’ subidos en tejados y soluciones a base de mamporros, sino que todo su entramado busca sublimar la figura de Sharon Tate, paradigma de todo lo que Tarantino hubiera querido ser: un niño enamorado. Y por eso la presenta como una mujer bella, bellísima, luminosa, pero también inteligente, talentosa y que sabe reírse de sí misma. Y lo que es más importante: enamorada del cine al igual que él.

Cuando Sharon Tate fue salvajemente asesinada por varios miembros de la secta de Charles Manson, un 9 de agosto de 1969, Tarantino tenía 6 años. Han tenido que pasar 57 años para crear esta auténtica joya y reinventar el futuro que a él le hubiera gustado dar a Sharon Tate; ese es su regalo de novio y eso es precisamente la esencia del cine. Nadie entiende mejor que QT el sentido de la maravilla.

La mejor secuencia, de largo, de Érase una vez en Hollywood, que claramente sobra al nivel narrativo de los Hawks o Curtiz (como el noventa por ciento del estilo anti elíptico de QT) es aquella en la que una adorable, sexi y lúcida Sharon acude a uno de esos cines de Hollywood que son catedrales para Tarantino. Aquí empieza el cuento, la ensoñación, con esos seres sublimados —el acomodador con tuxedo, la taquillera—, que invitan a la actriz a ver la comedieta The Wrecking Crew, que ella misma protagoniza. Cine sobre cine. Más cine, por favor. La cara de Sharon —y sus pies negros— se ilumina por el viaje de luz y en ese rostro perfecto se refleja toda la historia del séptimo arte. Todo él pasa por sus ojos, que son los mismos que los de Quentin y los de todos los millones que, como él, pero sin su genio, amamos verdaderamente este arte. Sharon ES el cine.

Margot Robbie en ‘Érase una vez… en Hollywood’.
Sony Pictures

¿Quién quiere matar al cine?

¿Quién dijo que el cine debe reflejar la realidad? Menuda tontería. Como mínimo, ha de tratar de recrearla y, si es posible, reinventarla —y reventarla—. O quemarla.

¿Quién dijo que el cine no puede cambiar la historia?

Si parte de tu vida está conducida por una herida sin cicatrizar, el final que esta banda de tarados provocó en ella y en su bebé es motivo más que suficiente si tienes el talento suficiente para hacerlo. ¿Por qué no vas a darle a Sharon Tate el final que merece? Y con toda la rabia de una vida acumulada, lo haces al asalto: fieles perros rabiosos muertos de hambre, cuchillos, rostros desfigurados y lanzallamas, que cierran en precioso plano-grúa 160 minutos de metraje para reivindicar la perspectiva de género de un director enamorado hasta las trancas de Sharon Tate.

Ojalá la vida fuera así.

O mejor. Ojalá la vida fuera como el cine de Quentin y Sharon estuviera riendo con él.

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