Para este penúltimo artículo de la serie veraniega “Revisando los clásicos”, iba a escribir sobre Her (2013), la fantástica y visionaria película del fantástico y visionario Spike Jonze, pero no vi la suficiente chicha a esta historia del solitario escribano de cartas lacrimógenas que se enamora de una inteligencia artificial con la voz de Scarlett Johansson (tontillo). Además, detecté pequeños atavismos un poco machistuchos escondidos en la aguda visión distópica del director, acertando de pleno, por otra parte, en la prospección de cómo seremos en un futuro demasiado cercano, pero es verdad que alguna cosita de la relación entre el protagonista y su Samantha virtual chirría un poco. Así que se la dejo a las “Gafas Violetas” que la exprimirá, pero bien.
Sin ropa que ponerme, me pongo a buscar retales en el baúl de las 100 mejores películas del siglo XXI by el New York Times (el canon de este año), y me encuentro con La peor persona del mundo, el filme del salmón bonito Joachim Trier, de la que me habían hablado con alborozo, pero que me daba una pereza terrible, tal fue mi decepción con Valor sentimental, su supuesta obra magna, artificial y llena de alambiques para conseguir el melodrama con ese incoherente final buenista.
Y, sin embargo, a los cinco minutos de metraje, la vida de una desnortada treintañera de Oslo me engulle, me agarra del lóbulo frontal y me fascina ese reverso tenebroso de Annie Hall que es Julie, corporeizada en Renate Reinsve, probablemente la mejor actriz europea de su generación.
Y como La peor persona del mundo ya es un clásico instantáneo del cine moderno, tiene todos los elementos para proyectarla desde la mirada femenina, porque dispara frontalmente contra lo que hemos venido a hablar: revisitar los clásicos desde la perspectiva de género.
Julie, aspirante a todo, pero más perdida que un abertzale en la Feria de Sevilla, sufre el existencialismo treintañero mientras corre por las líneas rectas de Oslo a lo largo de cuatro años, saltando entre relaciones sentimentales y tratando de encontrar su lugar en el mundo, la madurez, la vida, la muerte. Te suena, ¿verdad? Me dice la IA Samantha que, entre el celuloide, la literatura y la música, esta historia se ha contado 52.391.467 veces.
Pero nunca de esta manera tan preci(o)sa.
Hija legítima del cine de Allen, como todas las comedias inteligentes que hablan de conflictos de pareja en este atrabiliario universo, el mayor atractivo de La peor persona del mundo es que toma el punto de vista de ella en un relato tantas veces centrado en él. Julie no es aquí la muleta, objeto de deseo del constructo masculino, sino que la película se construye en torno a su visión, misión y valores, bastante atribulados en el arranque, una nube instalada en su cabeza, como ese revelador plano en el que pasea por la ciudad, mirando el horizonte nuboso mientras llora y cae en la cuenta de que su vida será otra cosa.
La peor persona del mundo descansa en la portentosa interpretación de Reinsve que cruza el asfalto de su Oslo, “sola y borracha llegando a casa”, ejem, para hablarnos de los problemitas que atraviesan a los bien merendados del primer mundo: el matrimonio, el compromiso, la maternidad, el trabajo, la vocación o la muerte, y la vida, al final. Y lo hace a través de una mujer libre, que no necesita pedir permiso para colarse en una boda a la que no está invitada, oler las axilas de Eivind, su próximo amante —parece chusco, pero la secuencia es pura poesía nórdica—, o discutir a los amigotes de su pareja estable, Aksel, al grito de “si los hombres tuvieran la regla, la tendríamos hasta en la sopa”.
La película de Trier es valiente y disruptiva, evita la mirada condescendiente a esta mujer imperfecta, pero no para convertirla en una poderosa heroína de Marvel, sino en una chica frágil, herida, al igual que todos, dueña de su propia rotura, que trata de lamerse las dudas, pero que son suyas, únicamente suyas. Parecería una de Bergman, densa como una homilía luterana, pero no, es libérrima, sincera y un poco punki. “Comedia escandinava” lo llaman ahora, un oxímoron en sí mismo.
Que la mirada de género no tiene por qué idealizar un modelo de mujer como si todas ellas tuvieran que ser la Virgen María, lo tiene muy claro Joachim Trier: aquí no hemos venido a rodar panegíricos; aquí hemos construido desde la igualdad, robando incluso atavismos al macho. Julie puede ser femenina, bella, alta y espigada, cariátide envuelta en un bonito vestido de raso, pero a la vez ruda, primitiva, incluso un poco bruta en el desopilante capítulo de la no invitada a la boda.

Pobrecitos desnortados e hiperdesarrollados, que no sabemos ni a quién amar, ni cómo amar, ni qué hacer con nuestro estado del bienestar en este divinal valle. A Julie le pasa lo que a todos, pero desde su propio punto de vista, apuntalado en esa voz en off omnisciente, tan del gusto del director, que le aporta picante a la visión feminista.
Y aunque todo esté contado respecto de la exploración de las relaciones humanas, bien sea en tono latino o existencialista nórdico, el cómo Joachim Trier lo hace desde una postura fílmica obviamente masculina, tratando de introducirse en la mente femenina, es, de largo, lo mejor de la película. También la manera de plasmarlo, orgánicamente, sin ningún atisbo de pedantería autoral, por un lado, y estructuralmente por otro. El guion divide la narración de manera epistolar en 12 capítulos, un prólogo y un epílogo, simbolizando así las distintas etapas vitales de esta treintañera, narrados cada uno a su manera, algunos de ellos en larguísimos set pieces, introduciendo además la variante del realismo mágico, brillante método para intentar escudriñar el interior de Julie. La secuencia más famosa y que ha trascendido a la propia historia en la que Julie, a punto de romper con su primer novio, se imagina corriendo por las calles de Oslo para abrazar a su nuevo amante, y el tiempo y quienes lo ocupan se detienen, suspendidos en él como la propia Julie, memorable ejercicio de estilo.
Julie no es la peor persona del mundo. Es insegura, imperfecta, contradictoria. Tampoco es la mejor. Está en el medio, como todas las personas, ellas y ellos.
“Solo hay una cosa peor que las demás personas: uno mismo”.
Pues eso.

