Decíamos ayer, a la manera Fray Luis de León, pero sin sotana, que los Premios Goya son el funko de los Oscar y que casi siempre da mucha pereza escribir sobre estos galardones. A lo peor la cosa se torna en abulia, cuando, para más inri, la mejor película del año ni siquiera aparece en la terna de finalistas. En el caso de nuestro celtiberia show estas eran, son, Romería y Tardes de soledad: ni rastro de ellas entre las cinco mejores, cuyo gran premio al menos recayó en Los domingos, la mejor de las menores.
Pero es que, un par de semanas después, la mayestática Academia nos vuelve a ganar por abyecta goleada. En lugar de cinco, son diez las nominadas al Oscar a Mejor Película. Y, chico, ni rastro de Kathryn Bigelow y su Una casa llena de dinamita, la gran referencia del género de acción en Hollywood y que desde hace unos años le ha robado el fuego a Michael Mann como la gran auteur del celuloide presuntamente testosterónico, trascendiendo un contexto que domina mejor que el mapa de Afganistán y coronándose en emperatriz del cine estadounidense, sin géneros sexuales, ni cinematográficos. A sus casi 75 castañas, la veterana y reconocida creadora nos ha tirado a la cara la mejor de sus obras, complejísima tesis en todos los aspectos, una lección de narrativa fílmica y de manejo del punto de vista y que, además, deconstruye su propio universo de ruido y furia en el discurso más antibelicista y tempestivo que este crítico recuerda.

¿Entonces, a qué viene este castigo? ¿Ni una nominación para Una casa llena de dinamita, la mejor película de largo de 2025?
Los caminos de la Academia son inescrutables. Cuanto más cine veo más me acuerdo de los griegos y su “solo sé que no se nada”. Imagino que Sócrates la pensó mientras veía una de su paisano Yorgos Lánthimos, este sí, mira por dónde, nominadísimo por Bugonia.
Diría que este soplamocos a la Bigelow es la penitencia del último eslabón de la cadena de valor audiovisual: la distribución. Ya sabemos que la meca del séptimo arte, aunque no lo reconoce, tiene una tirria importante a las llamadas SVOD, las “plataformas”, vamos, y su modelo de explotación comercial. Y muy especialmente a su primo de Zumosol, el todo CEO de Netflix, Reed Hastings. Con un presupuesto ridículo para los estándares de la industria, Una casa llena de dinamita ha pasado sin pena ni gloria por las salas, estrenándose prácticamente en simulcast, algo que, como sabemos, los académicos odian. El mantra que se acuñó en 2018, coincidiendo con la polémica de Roma de Alfonso Cuarón, ese de “las producciones de las plataformas no son cine”, debería estar más enterrado que el uranio enriquecido de Chernóbil. Ya nadie dice nada, pero se penaliza soto vocce que las películas pasen por las pantallas como por una señal de Ceda el Paso.
Esto, sin embargo, no ha sucedido con el otro blockbuster de la gran N, Frankenstein, que aguantó en los cines lo mismo que la aparente profundidad filosófica de la criatura de Guillermo del Toro, esto es, prácticamente nada. Frankenstein es un artefacto naif, infantiloide y subrayado, para ver “mientras se plancha”. El monstruo peluche de Jacob Elordi, sin embargo, sí está en la terna de las mejores de este año. Hay una cosa bastante más importante que la coherencia, especialmente en Estados Unidos, y muy particularmente en Hollywood: el dinero. “Show me the money!!!!”, que gritaba el gran Jerry Maguire. Una producción vendida como un ejercicio de qualité del insider del Toro, con un coste que sobrepasa los 120 millones de dólares, NO puede quedarse fuera.

Hablando de millones de dólares, el supuesto filme “independiente” del supuestamente también outsider Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, va a ser el más que presumible triunfador de esta noche. Por cierto, ha costado más de 150 millones: así yo también quiero ser independiente.
Y para no dar más la turra, del top ten de pelis nominadas a Mejor Película, la mejor, de largo, es Sueños de trenes, una rara joyita, otra vez, escondida en el doble fondo del maletero de Netflix. Dios da pan a quien no tiene dientes. Si no la has visto, corre al cine, perdón, al mando, y disfrútala. Pura poesía.
Y para acabar bien esta precrónica apócrifa de los Oscar, deseamos la mejor de las suertes a nuestra querida torre Oliver Laxe. Se lo merece. El cineasta gallego es un gran tipo, además de un filósofo y teórico de su medio al que da gusto escucharle en todos los sitios, menos en España, claro. Aquí el pobre es carne de meme. A quién se le ocurre hablar de honduras y posturas fílmicas, Viridianas, Tarkovskis y tal en el país de Torrente. Corre Oliver, corre, cruza por Irún, que en la frontera te esperarán tus referentes de la infancia con los brazos abiertos. Y Albert Serra.

Y es una pena, porque Sirat tiene muy pocas opciones de llevarse el Oscar, al menos el de Mejor Película Internacional. Ojalá acierte con la pedrea de Mejor Sonido. Porque, aparte de algunas discutibles elecciones narrativas y cierta falta de coherencia, Sirat está rodeada de gigantes en forma de molinos: la irregular Valor sentimental (pero que probablemente gane), la muy estimable El agente secreto y, sobre todo, la maravillosa Un simple accidente, de Jafar Panahi, símbolo de la lucha contra el régimen iraní y que fue completamente ignorado en la gala de los Goya, a la que acudió, sí, in person, el mismo día en que era bombardeado el régimen tiránico que lo ha tenido encarcelado unas cuantas veces por hacer cine. De esta vergüenza patria hablaremos en otro momento, porque necesitaría al menos cuatro secciones de Artículo14, además de la de cultura.
P.D. No voy a pedir a Kathryn que llene este domingo el Dolby Theatre de dinamita y reescriba la historia, copiando a Quentin Tarantino y su genial Malditos bastardos. Aunque ganas no me faltan. Todo sea por el bien del séptimo arte.
