El mayor miedo de un escritor, ya no digamos de un columnista, es enfrentarse a la hoja en blanco. A mí no me suele ocurrir, pero hoy, cuando todos los españoles estamos viviendo una tristísima Noche oscura del alma, sí me ha alcanzado y paralizado. El recuerdo de las víctimas de Urda y del dolor y desesperanza de sus familias me embargan el ánimo y me secan la pluma.
Siempre que la inspiración me abandona recurro a la música como auxilio. Elijo una canción y la oigo en bucle durante horas, hasta que acabo de escribir mi artículo. Esta mañana de otoño he elegido ese maravilloso himno urbano que es Bitter Sweet Symphony, de los británicos The Verve, para tratar de plasmar la tristeza y melancolía que siento por los que se nos han ido, y por la España que se nos está yendo.
Escribo sobrecogido por las vidas rotas en tierras toledanas, cuyas biografías y fotos sus amigos y compañeros no paran de honrar y recordar en LinkedIn (la única red social en la que participo) y asustado por la amenaza de disturbios y saqueos en muchas ciudades españolas por parte de Blocus, el último heterónimo digital de la palabra delincuencia. El fuerte dispositivo policial, sin embargo, ha mantenido venturosamente el orden.
España se está desmonorando
Tengo sesenta y un años y la convicción profunda de formar parte de la generación más afortunada de españoles y europeos, porque nos ha tocado vivir nuestras vidas en la mejor España, en la mejor Europa de la Historia. Tengo también el pálpito, la congoja enorme de ver cómo esta España, esta sociedad admirable que habíamos construido entre todos, se está desmoronando día a día ante nuestros ojos, sin que parezca que podamos hacer nada para evitarlo y no nos quede más opción que lamentar nuestra impotencia.
El duro enfrentamiento, el fatal cainismo, el atroz sectarismo, la insoportable polarización y la peligrosa división entre ciudadanos son los vientos que vuelven a impulsar a ese velero llamado España hacia aguas y mares que habíamos jurado no volver a surcar.
El origen y el momento del erróneo cambio de rumbo están claros urbi et orbi: cuando, durante su mandato, el presidente Zapatero prefirió la “bisutería” del guerracivilismo a la “joya” de la concordia entre españoles. Pero a partir de ahí, todos hemos puesto nuestro granito de arena para resucitar a las dos Españas que helaban el corazón de don Antonio Machado. Algunos virtuosos no han puesto su granito de arena en este aquelarre de odio, han puesto auténticos desiertos del Sáhara.
De Trump a Lagarde
Es verdad que estas tensiones políticas y sociales no son exclusivas de España, sino que están afectando a toda Europa, a todo el mundo. Hay, sin embargo, algún rayo de luz, entre tanta oscuridad, que nos hace albergar esperanzas. La posible derrota del marido de Melania en las elecciones de este martes 3 de noviembre (que deseo con toda mi alma) sería una magnífica noticia para el mundo, porque el peor presidente de la historia de los Estados Unidos pasaría de ser un peligrosísimo extremista sentado en el Despacho Oval a un patético pato cojo.
La candidatura de Christine Lagarde a las elecciones presidenciales francesas sería, si se produce, otra extraordinaria noticia para Francia, para Europa y para el resto del orbe. La presidenta del Banco Central Europeo puede lograr que la Francia de Albert Camus vuelva a vencer a la Francia de Robert Brasillach.
Bajo sospecha
La terrible tragedia ferroviaria de Urda es también una dolorosísima metáfora del deterioro imparable de la democracia española. Hemos pasado de una Transición modélica que asombró al mundo y nos trajo las libertades y la reconciliación entre los españoles a una democracia cada día más débil, polarizada y fragmentada. Lo mismo nos ha ocurrido con los ferrocarriles. De un AVE que era uno de los grandes orgullos de nuestra patria (tenemos, tras China, la segunda red más extensa de la Tierra), uno de los grandes embajadores de España, hemos pasado a una alta velocidad bajo sospecha en la que ya no confía casi nadie.
Esta es la cruda realidad a la que nos enfrentamos, pero, a pesar de todo lo dicho, no podemos caer en el derrotismo. Se lo debemos a todos los héroes y heroínas que han peleado hasta el límite de sus fuerzas para rescatar y asistir a las víctimas de esta tremenda desgracia. Se lo debemos a los sanitarios, a los bomberos, a los ferroviarios, a los policías nacionales y guardias civiles, a los militares de la UME, a los miembros de Protección Civil, a los psicólogos, a los sacerdotes, a los voluntarios y a todos los vecinos de Urda que han vuelto a demostrar al mundo que los españoles cuando actuamos unidos somos imparables.
“Porque termina mal”
Muchas veces he citado la celebérrima sextina de Jaime Gil de Biedma, uno de mis poetas favoritos. El poeta cumbre de la poesía española de finales del siglo pasado, el Luis Alberto de Cuenca de su época, escribió: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal”. No podemos permitir que estos versos (escritos en una España oscura) se conviertan en proféticos, ni que terminen siendo el epitafio de la mejor y más larga etapa democrática de nuestra historia.
El mayor homenaje a la memoria de las víctimas (a la memoria de las víctimas de todas las terribles tragedias que últimamente han asolado nuestro país) es recuperar el espíritu y los valores de la Transición.
Necesitamos volver a prestigiar la política y que los mejores profesionales quieran dedicar unos años de sus vidas a la cosa pública. Necesitamos recuperar los acuerdos y consensos, especialmente entre los dos grandes partidos, y desterrar el cainismo y el odio que ahora nos ahogan a todos en un océano de lodo e inmundicia. Necesitamos que el respeto y el diálogo sustituyan para siempre a los insultos y las querellas.
Sí, necesitamos otra Transición, y yo animo al próximo gobierno que salga de las urnas a que este sea uno de sus objetivos prioritarios. Una nueva Transición que permita que la inmensa mayoría de los españoles volvamos a estar orgullosos y felices de vivir en nuestra patria. Este es mi gran deseo como ciudadano y el pequeño eco que me gustaría que mis palabras tuviesen en el corazón de los que me leen: quiero que mis hijos y nietos sigan viviendo en la misma España en que yo he vivido, y no en la que vivieron mis padres y mis abuelos.

