Teatro

‘La profanación de Don Juan’: cuando el surrealismo era un juego

Juan Mairena recrea en el teatro Fernán Gómez los experimentos teatrales de Buñuel, Dalí y Lorca en una comedia disparatada y nostálgica sobre la juventud de las vanguardias

‘La profanación de Don Juan’: cuando el surrealismo era un juego.
‘La profanación de Don Juan’: cuando el surrealismo era un juego.
Montaje: kiloycuarto

Una mantis religiosa con hábito de monja, un Don Juan Tenorio convertido en escorpión, una Brígida envuelta en una crisálida de mariposa. Son algunas de las imágenes surrealistas que pueblan La profanación de Don Juan (Delirio de Buñuel, Dalí y Lorca), el nuevo espectáculo de Juan Mairena estrenado en el teatro Fernán Gómez hasta el domingo 1 de noviembre, como parte de la programación conmemorativa del centenario de la Generación del 27 en Madrid. Se trata de una representación de la representación del seductor de Zorrilla, a cargo de siete figuras de la cultura española del siglo pasado: unos jóvenes Luis Buñuel, Salvador Dalí, Federico García Lorca, Pepín Bello, Maruja Mallo, Margarita Manso y José Moreno Villa. Estamos en 1924 y algunos de ellos vienen de protagonizar el provocador episodio de quitarse el sombrero en plena Puerta del Sol, un gesto que acabaría dando nombre a Las Sinsombrero. De vuelta en la Residencia de Estudiantes, el grupo concibe y ensaya sobre la marcha su particular visión del Don Juan, encarnando a múltiples personajes y entrando y saliendo de ellos con naturalidad.

El montaje de Mairena, un ejercicio metateatral, parte de la documentación histórica que dejaron sus protagonistas: anotaciones manuscritas de Buñuel sobre el texto de Zorrilla, entrevistas, cartas, fotografías y testimonios. Pero no se limita a reconstruir aquella versión del Tenorio, sino que imagina el proceso de creación, convirtiendo las conversaciones, los ensayos y las decisiones artísticas en parte de la propia representación. Más que una recreación histórica fiel, es una fantasía sobre cómo pudieron desarrollarse aquellas sesiones colaborativas entre algunos de los futuros grandes nombres de nuestra cultura.

Reparto de ‘La profanación de Don Juan’.
Luiscar Cuevas

Así, sobre el escenario conviven la declamación enfática de un texto decimonónico y las ocurrencias disparatadas de unos jóvenes empeñados en dinamitar sus convenciones: juegos verbales dignos de Alicia en el país de las maravillas, rimas, anacronismos y un ritmo cómico que apenas se toma un respiro. Cuando un gag llega a su fin, descubrimos que otro se ha estado fraguando en segundo término, listo para estallar en forma de revelación inesperada, cambio de vestuario o efecto especial. El reparto, integrado por Manuel Moya (Buñuel), Carlos Algaba (Lorca), Quique Meléndez (Dalí), María Jáimez (Maruja Mallo), Samuel Viyuela González (Pepín Bello), Sara Moraleda (Margarita Manso) y Rodrigo Sáenz de Heredia (Moreno Villa), se desdobla además en los personajes del drama de Zorrilla. Aunque los actores no aspiran a ser clones de las figuras reales que interpretan, consiguen evocarlas mediante la caracterización —el maquillaje de Maruja Mallo—, la gestualidad —el ligero amaneramiento de Lorca— o la dicción —el acento catalán de Dalí—. Maruja Mallo y Margarita Manso, por su parte, participan activamente del juego creativo, lejos de quedar reducidas a meras musas de sus compañeros. “Las musas no firman cuadros”, replica Mallo cuando Dalí pretende convertirla en la suya. Todos trabajan en perfecta sincronía para ofrecer un espectáculo vodevilesco sin costuras.

Cabe destacar el vestuario de Guadalupe Valero, que combina la estética de época con elementos tan extravagantes como las máscaras y los disfraces de insectos, de resonancias kafkianas. La escenografía de Juan Sebastián es parca, pero bien escogida. Una gigantesca luna llena preside la escena y, de un momento a otro, uno casi esperaría que se convirtiese en un ojo rebanado por una navaja de afeitar. Todo ello, junto con la iluminación y los fragmentos musicales, incluidos algunos números de jazz, confiere a la obra un aire cabaretero. La escena funciona como un laboratorio de asociaciones imposibles, donde una ocurrencia puede convertirse inmediatamente en una imagen teatral.

Pero ¿sigue vigente la provocación? Si bien el montaje recupera el lenguaje irreverente de unos artistas empeñados en combatir las convenciones, lo que llega al espectador contemporáneo es un espectáculo festivo, afectuoso y relativamente inofensivo. La imaginería surrealista está muy presente, pero cabe preguntarse si conserva su capacidad de provocar desconcierto o si, por el contrario, ha adquirido una dimensión fundamentalmente estética y cómica. Las apariciones de insectos, las máscaras y las situaciones extravagantes no parecen concebidas para incomodar al espectador, sino para hacerlo partícipe de una imaginación desbordante. El disparate se convierte en una fuente de placer teatral. En ocasiones, el contraste entre la solemnidad de la declamación tradicional y lo absurdo de las situaciones resulta incluso más cómico que las propias situaciones. El absurdo es, por tanto, más lúdico que perturbador. Al menos a ojos del espectador de 2026.

Figurines de ‘La profanación de Don Juan’.
Lupe Valero

Quizá tampoco se trate de repetir el escándalo de 1924, sino de recuperar la alegría de aquel proceso creativo. Pese a su título, La profanación de Don Juan parece menos interesada en profanar que en celebrar la irreverencia de quienes se permitieron jugar con uno de los grandes mitos de la tradición española. Y lo hace desde una admiración inevitablemente retrospectiva. Aunque todavía no lo saben, los jóvenes que intercambian ocurrencias en la Residencia de Estudiantes ya son, a ojos del espectador, figuras consagradas de la historia del arte. La dramaturgia juega con esa distancia mediante guiños al porvenir que convierten la recreación de su juventud en una celebración de su posteridad.

En última instancia, la obra es un homenaje a sus protagonistas, pero también a la imagen que hoy conservamos de ellos. El espectador nunca puede contemplarlos exactamente como a unos jóvenes anónimos de 1924: sabe quiénes son, conoce buena parte de sus trayectorias y, sobre todo, conoce su destino. Cuando uno de los personajes se pregunta si alguien lo recordará dentro de cien años, el público reconoce inmediatamente la ironía. No solo lo recordamos, sino que estamos sentados en un teatro viendo una obra sobre él. Es un guiño tan evidente como entrañable, que delata la mirada admirativa desde la que Mairena contempla unas vidas cuya posteridad conoce de antemano.

Antes de convertirse en leyendas, eran jóvenes que experimentaban, discutían, se divertían y se permitían hacer el ridículo. La profanación de Don Juan quizá no consiga hacernos experimentar el mismo desconcierto que pudieron provocar sus protagonistas, pero sí recupera algo de su desenfado. Pocas veces podría utilizarse sin ironía un adjetivo como “delicioso” para referirse a la imaginación surrealista, tan asociada a la inquietud, la transgresión y la violencia de las imágenes. Sin embargo, esta obra lo es. Y también es bella. Bella como aquel encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas que imaginó Lautréamont.

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