Durante este caluroso verano, España vivió un incidente de gran magnitud entre Marruecos y España o, quizá, resulte más acertado decir con Marruecos y España. Mi inclinación por sustituir una preposición por otra no es –como luego se podrá apreciar– una cuestión menor. Pero antes de extraer conclusiones delicadas sobre un suceso que adquiere –a medida que pasa el tiempo– tintes cada vez más sombríos, es preciso desgranar los hechos. Debemos, por tanto, retrotraernos al 30 de julio. Fue entonces cuando un nutrido grupo de personas se desplazó, desde el país vecino, hacia la ciudad autónoma de Ceuta por distintas vías.
El número de quienes pretendían alcanzar suelo español aumentó progresivamente hasta que, en apenas 24 horas, unas 50.000 personas lograron cruzar la frontera. Las autoridades españolas, sobrepasadas por las circunstancias, se vieron obligadas a centrar sus esfuerzos en asistir a los heridos. Poco más podían hacer ante la avalancha humana que, en poco tiempo, logró alcanzar suelo español. Este fenómeno –sobre cuya naturaleza surgieron dudas casi desde el principio– fue todo menos espontáneo. Así lo sugieren, entre otros indicios, los llamamientos difundidos días antes en redes sociales a través de los cuales se instaba a la gente a cruzar colectivamente la frontera. Ello, de hecho, llevó al Centro Nacional de Inteligencia a alertar a las autoridades marroquíes sobre lo que previsiblemente iba a suceder. Rabat, no obstante, optó por mantener una actitud aparentemente pasiva, dando prioridad a la celebración de la Fiesta del Trono. Semanas después, quedaría claro que aquella inacción no había sido tal. Pero vayamos por partes.
La ya de por sí reprochable postura de Rabat –que dio la sensación al comienzo de que se había decantado por dejar hacer– se volvió más truculenta cuando Madrid entró en la ecuación para alabar y destacar –inexplicablemente– la ejemplar colaboración del país vecino. Debe de ser que Pedro Sánchez había accedido a una versión premium del metaverso en la que los avatares marroquíes colaboraban disciplinadamente y la realidad se ajustaba sin fisuras al relato gubernamental. Lástima que, mientras él seguía encapsulado en semejante universo virtual, el resto de los españoles tuviéramos que lidiar con una realidad bastante menos complaciente. Y es aquí donde nos topamos irremisiblemente con el primer despropósito: elogiar la actitud de Marruecos cuando los acontecimientos apuntaban, precisamente, en la dirección contraria.
Pero hay más. Con el paso de los días, afloraron nuevos datos que apuntaban a que el fenómeno migratorio acaecido a finales de julio respondía a una actuación deliberada y planificada. Así lo puso de relieve el Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (CENIF) en un informe que trascendió a comienzos de septiembre. En dicho documento, se señalaba que los agentes marroquíes habían desempeñado un papel activo a la hora de facilitar que sus compatriotas traspasaran las líneas fronterizas. Los españoles comprobamos, ojipláticos, cómo el país vecino utilizaba –una vez más– a los suyos como instrumento de presión geopolítica sin que ello provocara ningún tipo de aspavientos por parte del gobierno español. ¿Cómo explicar semejante contradicción? Quizá el mundo digital paralelo que proponen Zuckerberg y compañía se quede corto a la hora de ofrecer una explicación. Pedro Sánchez parece haberse adentrado en los misterios de la física cuántica: como en el célebre experimento del gato de Schrödinger, Marruecos puede ser, al mismo tiempo, un socio ejemplar y un actor implicado en una operación de presión migratoria contra España. ¡Quién necesita abrir la caja cuando basta con elegir la realidad que más conviene!
La cuestión es que mientras el presidente parecía instalado en esa realidad paralela, los españoles teníamos ante nuestros ojos una bien distinta. Las imágenes dejaban poco lugar a dudas: miles de personas cruzaban sin apenas obstáculos; básicamente, como Pedro por su casa. O como Pedro –el nuestro– debe de pasearse por la Moncloa. En muchos de esos vídeos existentes, se apreciaba cómo quienes se dirigían a Ceuta no sólo contaban con el beneplácito de los guardias marroquíes, sino que también recibían su “inestimable” ayuda. Una vez que esta información salió a la luz, el Gobierno español –martillo percutor en mano– insistía en que Rabat no estaba implicado en los hechos. A fuerza de golpear la realidad, parecía pretender que esta acabara por ajustarse al relato. Pero eso ya no es una realidad paralela: es un delirio. En este punto emerge el segundo despropósito: blanquear la actuación de Rabat pese a que los hechos apuntaban a que había puesto a España contra las cuerdas.
Y por si lo anterior no había soliviantado lo suficiente, hay otro dato que añade leña a un fuego que no deja de avivarse. Según se ha podido saber, buques militares marroquíes transitaron por aguas españolas durante aquellas horas controvertidas. El dato no es baladí. Su presencia, coincidiendo con los acontecimientos que se estaban desarrollando en la frontera terrestre, difícilmente podía interpretarse como un episodio de navegación ajeno a lo que estaba sucediendo en Ceuta. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar reconoce el derecho de paso inocente por el mar territorial; sin embargo, está sujeto a determinadas condiciones. Y es precisamente el contexto en el que se produjo aquel tránsito lo que invita a cuestionar su carácter pacífico.
Pero si los hechos resultaban suficientemente inquietantes, no lo fue menos la respuesta del Ejecutivo español. Lejos de exigir explicaciones o de profundizar en lo sucedido, sus representantes optaron por restarle importancia y calificarlo de “hecho puntual”. A ello se sumaron las declaraciones de Ángel Víctor Torres, ministro de política territorial y memoria democrática, quien llegó a pedir que se evitara la “demonización” de Marruecos. Es, claramente, un disparate tras otro.
Y todavía quedaba por conocer un episodio que elevaba considerablemente la gravedad de lo sucedido. Artículo14 publicó en exclusiva el 26 de octubre unos sucesos insólitos: una patrullera marroquí llevó a bordo una treintena de personas que habrían sido arrojadas al mar tras advertir la presencia de buques españoles. Según parece, la intención era que fueran rescatadas por salvamento marítimo. De este modo, Marruecos habría puesto deliberadamente en peligro la vida de todas esas personas sin ningún tipo de miramiento. Y, sobre este particular extremo, la reacción de España ha sido poca o nula. El gobierno, ya es vox populi, se aferra a un esquema bizarro en el que lo importante es no incomodar a Rabat. Aquí llega el tercer despropósito: convertir la diplomacia en coartada y mirar hacia otro lado aun cuando estén en juego derechos tan esenciales como la vida y la dignidad humana.
Mientras tanto, Pedro parece pasearse con toda la calma por su casa, por el Congreso y por donde haga falta. No hay explicaciones contundentes. Tan sólo contamos con unos hechos cada vez más grotescos que, lejos de enfrentar a sus dos protagonistas, parecen revelar una perfecta sintonía. Por eso decía al principio que quizá no debamos hablar de lo sucedido “entre” Marruecos y España, sino “con”. Porque una cosa es describir un episodio que enfrenta a dos países y otra, muy distinta, es contemplar cómo uno de ellos parece actuar con la aquiescencia del otro.
En todo caso, más allá del uso de una preposición u otra, cabe extraer una conclusión clara: nuestro gobierno opta por preservar la comodidad diplomática antes que exigir responsabilidades. Y lo hace, por cierto, mientras se erige en defensor de los derechos humanos en determinados contextos y guarda un silencio clamoroso en otros. En resumen: mucha retórica, demasiada complacencia y poca exigencia. Algo huele mal. Y no precisamente en Dinamarca.

