El despegue español en los años 70s y 80s, en ese hermoso capítulo de lo que se llamó la transición, está entrando en una inquietante época de declive. La transición no sólo fue política, que lo fue y mucho, sino que alcanzó de lleno al desarrollo económico y al alumbramiento de una sociedad democrática, libre y próspera. Los que vivimos esos años dorados bien lo sabemos y cuando, aunque sin querer, trazamos una comparación entre aquella época de esplendor y la mediocridad del presente no podemos menos que llevarnos las manos a la cabeza. ¿Qué ha pasado en este país para que vaya creciendo la sensación de caos, de colapso, de debacle? Supongo que son muchos los factores, pero en mi análisis domina sobre todo uno. La mediocridad profunda de una clase política enfrentada, pendiente del relato, sin criterio, sin capacidad de gestionar el bien público y con un dudoso sentido de país.
El horrible y trágico accidente de Urda es el símbolo de esta nueva España, en la que uno encuentra nexos con la crisis del noventa y ocho, que condenó a generaciones a vivir en el atraso y la grisura.
Crece la sensación de que nada funciona. No lo hace la red ferroviaria, con su plétora de accidentes mortales, de suspensiones de servicio, de cancelaciones, de atrasos, con sistemas obsoletos de seguridad. No lo están la red de autopistas y carreteras, con baches en el firme por carencia de mantenimiento. No lo está la sanidad pública, masificada y desbordada. No lo está la educación pública, superada por la avalancha migratoria. No lo está la seguridad, con las calles tomadas por hordas de profesionales antisistema y en las que aparecen con frecuencia armas de fuego y machetes.
Todo ello, y no hace muchos años, era motivo de orgullo de España, que levantaba la envidia y la admiración fuera de nuestras fronteras. Mi vida profesional me permitió vivir durante muchos años en el extranjero. Me sentía orgulloso, con el peso henchido, cuando se deshacían en elogios a nuestro tren de alta velocidad, nuestras autopistas, nuestra sanidad y la seguridad de nuestras calles. También admiraban a mi Real Madrid, a Rafa Nadal y las películas de Almodóvar.
Obviamente, todo ese conglomerado tenía un impacto en la economía española. Nuestro país disfrutaba de estabilidad política, de seguridad jurídica, de una excelente red de infraestructuras, de una sanidad universal de primera, de una educación de alto nivel y de una enorme seguridad en las casas y en las calles. Atraía la inversión y las ganas de conocer el fenómeno español. Ese país que había pasado en pocos años de Franco a una democracia avanzada, hasta convertirse en uno de los más modernos, vitales, frescos y atrevidos, pero también de los más serios y comprometidos.
En 2013 el novelista Antonio Muñoz Molina escribió un documentado ensayo titulado “Todo lo que era sólido”, del que siempre recomiendo su lectura. El título de la obra hace referencia directa a una famosa frase del Manifiesto Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels: “todo lo que era sólido se desvanece en el aire”. El libro examina la España del bum inmobiliario, la opulencia y el posterior colapso derivado del despilfarro y la especulación. Asimismo, la obra plantea que la salida a la crisis requiere una reconstrucción ética y moral basada en la responsabilidad ciudadana y la dignidad cívica. No sé si Muñoz Molina, que nunca ha ocultado sus ideas políticas, se animaría a publicar una segunda parte sobre está España gestionada en estos últimos ocho años por el presidente Sánchez y su infinito equipo de ministros inidentificables.
Me mueve una mezcla de indignación, tristeza e ira. No quiero ni imaginar el estado de ánimo, el azote de su conciencia, las noches sin sueño del ministro de Transportes, el señor Puente Santiago; del presidente de Renfe, señor Fernández Heredia o del presidente de ADIF, señor Marco de la Peña. En unos pocos meses, bajo su directa gestión se han producido dos terribles accidentes que han sembrado de cadáveres Adamuz y Urda. No quiero hacer sangre pues en su pecado llevan la penitencia. Pero no puedo dejar de lado que el señor Puente Santiago publica unos 20 tuits al día para crispar la vida española y el señor Fernández Heredia acumulaba la experiencia, antes de sentarse al mando de Renfe, de dirigir las líneas de autobús de Valladolid. Tampoco me puedo dejar en el tintero la figura del señor Sánchez Pérez-Castejón, presidente de este gobierno, que ha sido capaz de dejar a su país sin Presupuestos Generales del Estado. A la cabeza me viene su camiseta del Amor, su morreo público con su señora, sus bailoteos tontunos y esa imagen de que todo va bien horas antes de que decenas de españoles se enfrentarán al fin de sus días.
Inasumible, inexplicable, inverosímil fueron los tres calificativos que el presidente y su ministro aplicaron al accidente de Urda. Al tiempo, el ministro y sus muchos voceros echaban a toda prisa y sin escrúpulo ninguno la culpa sobre un operario del centro de mando de Atocha. Me produce indignación esa falta total de gallardía, caballerosidad y dignidad. Inasumible, inexplicable, inverosímil, imperdonable, incalificable, intolerable, inadmisible, insufrible es la actitud y la aptitud de este gobierno Frankenstein de progreso que está conduciendo a nuestro país al ostracismo y el ocaso. Sólo le pido a Dios, como canta mi admirado Juanes, que las elecciones nos den un gobierno serio, riguroso, que una esta vieja nación, que crea en ella y que gestione con eficacia las infraestructuras, la sanidad, la educación y la seguridad en las calles. No hablo de ideología ni de partidos. Lo hago de personas con capacidad para gestionar esta nación española, que nos eviten otro noventa y ocho.

