Este martes la izquierda entró en shock y en braquicardia. Mientras se seguían mintiendo al espejo tras el peor resultado de su historia en Andalucía, repitiendo como loros hasta los topes de ansiolíticos que no era extrapolable a las generales, celebrando que Juanma Moreno tenga que depender de esa extrema derecha a la que se supone que quieren frenar y los alcaldes socialistas estaban afilando los sables para empezar la rebelión, por la mañana comenzaban registros de la UDEF en varios puntos, uno de ellos, el despacho que José Luis Rodríguez Zapatero tiene en la calle Ferraz, cerca de la sede socialista.
El expresidente del Gobierno, faro moral y líder espiritual de la última actualización del sanchismo, acababa de ser imputado por la Audiencia Nacional por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental por blanqueo de capitales. Ahí es nada, un triplete solo alcanzable por piratas de los más altos rangos. Además, conseguía el hito de ser el primer habitante de la Moncloa en ser imputado. El socialismo, acompañado por esa izquierda domesticada que lo escolta como dóciles mascotas, no fue capaz de levantar ni la ceja, simplemente consiguieron emitir gritos desesperados que sonaban a balbuceos de miedo, de terror, de nervios.

Invocaron el lawfare, la presunción de inocencia, el golpe de Estado, los fachas con toga y todos esos grandes hits que quedan ya manidos al lado de los casetes que se vendían en las gasolineras. Que si recortes de prensa, que si la derecha judicial, que si eran bulos de Manos Limpias. Y claro, para enfrentarse a Manos Limpias, empezaron de nuevo a poner las manos en el fuego, como si les quedasen huellas dactilares después de haberse quemado en la hoguera del feminista Ábalos o del gran Súper Santos. Pero oye, que esto era otra cosa. Era ZP, era Bambi, era el padre de todos al que se estaba señalando. Y fueron pocos los que practicaron la prudencia. Y siguieron por el quien pueda hacer que haga, y el no pararán. Ahí se plantaron firmes Rebeca Torró y Montse Mínguez. Y más cargos socialistas y periodistas activistas que se enteraron de que el gran líder había dictado que defensa cerrada del pope.
Pero llegó el mediodía y la cosa cambió, porque nos almorzamos un auto requetelindo y preciso, plagado de detalles, en el que se dejaba al descubierto que toda esa rumorología acerca de la actividad empresarial de Zapatero, todo ese halo de sospecha acerca de la oscuridad, empezaba a coger cuerpo. Y entonces, en vez de un jarro, cayó un manantial de agua fría sobre el coco de los descreídos. Y ya no era manos limpias, sino una investigación de más de dos años de Anticorrupción. Y, ojo, que también está ahí la Fiscalía, y que el juez Calama no es el juez Peinado. Y entonces el comunicado en vídeo que Zapatero se había grabado con su chalet de fondo diciendo que nunca había participado en lo de Plus Ultra, empezaba a sonar al ‘no volverá a pasar’ del Emérito, o al ‘todo es mentira, excepto algunas cosas’ de Rajoy.
Cierto es que hay quien no se cayó del guindo, que sigue subido a la parra, que pase lo que pase va a aferrarse a la cantinela ideológica que se instale, al y tú más que toque, para que la realidad no le estropee su mentira. Quizás ese sea el mayor mérito del sanchismo, el haber creado una generación de indigentes intelectuales, desposeídos de espíritu crítico, fanáticos sin capacidad de raciocinio dispuestos a ir sentados en la cubierta del Titanic con una losa atada al tobillo. Son los que defienden la meritocracia y el ascensor social, la igualdad de oportunidades, pero aplauden como focas que las hijas de Zapatero se lleven crudos miles de euros por pasar documentos a PDF. Son los que tienen la dictadura todo el día en la boca, pero jalean a un señor que se ha hecho rico lamiéndole la bota a un tirano como Maduro, expoliando a un pueblo asfixiado como el venezolano.

A ellos les da igual Julito Martínez, se la trae al pairo Análisis Relevante, le da lo mismo que el rescate de Plus Ultra no tuviese ningún sentido hasta que Zapatero dijo que lo tenía. Una parte del progresismo de este país se ha convertido en una enorme mancha de hipócritas, de ovejas mansas que se dejan sisar en nombre de la mentira. La mano izquierda les ha dicho que solo miren como se crujen los dedos la derecha. Pero esto pinta negro, muy negro. Y no hay relato que purifique este olor a putrefacción. En Moncloa y en Ferraz hay cadáveres a los mandos de la nave, solo hay que ver como hace menos de una semana se paseaba al hoy imputado como una estrella rutilante. Aguantar hasta 2027 es transitar por un túnel sin salida, que no tiene luz al final. Aguantar hasta 2027 es alargar una agonía que escarba hacia abajo. Que anuncia trena, derrota y descomposición. Zapatero no es el inicio del fin, ese vino antes, es el preludio del apocalipsis para una izquierda que no se ha dado cuenta de que el tiempo corre en su contra si quieren salvar algún mueble. A la bomba cada vez le quedan menos cables que cortar.

