Salió Pedro Sánchez al Congreso para hablar de lo bien que le ha venido la corrupción. No en vano, por ella, por la ajena, alcanzó el poder vía moción de censura en 2018 con aquel mítico discurso de José Luis Ábalos. Y por ella, por la propia, pudo ayer afirmar ante la Cámara que están mejor que nunca, que es más necesario si cabe que siga en el trono. Sánchez dio la cara, en concreto la de mármol, donde se tallan los principios de esa doctrina que él ha patentado, la que predica que no hay escándalos grandes, sino conspiraciones chiquititas.
Ya saben cómo va esto. Primero se siembra el relato de la persecución, la duda, el victimismo, el fango y los bulos. Para luego acabar reconociendo que sí, que puede ser, pero que es cosa de garbanzos negros, de manzanas podridas y de todos esos símiles de legumbres, frutas y hortalizas que hace tres días eran sus medias naranjas en esto de la política. Pero si la vida te da limones, hazte limonada. Y si la vida te da casos de corrupción, tú haz como si nada. A exprimir el jugo de la impasibilidad. Que él no se enteró. Que estaba muy ocupado. Haciendo cosas como este gran guion, obra maestra del surrealismo, que nos presenta cada vez que se pone delante de un auditorio.
Sin corbata, con el cuello de la camisa abierto no se sabe muy bien si por el calor, por la escenificación de la falta de rubor o porque no le llega el agua a la nuez, dijo que no estaba al tanto de tanta porquería. Para justo después sentenciar que todos los corrompidos ya están fuera. Y algunos condenados con sentencia en firme, le faltó añadir. Claro, la pregunta es obvia: ¿Cómo puede ser que el tipo que nombró y sentó en el Consejo de ministros al hombre al que le acaban de caer 24 años de prisión puede asegurar que nadie ahora mismo está mangando a manos llenas? Si no se enteró antes, por qué se iba a enterar ahora.
Pedro, en su habitual estrategia de escurrir el bulto con pasmo, nombró sin sonrojarse todo lo que le asola, lo que cualquier ser humano tendría reparos en ordenar, y, queriendo quitarle hierro al mencionarlo, enumeró con tranquilidad todo el caudal de podredumbre que ha ocurrido bajo sus mandatos. Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Leire, Zapatero, el Fiscal General del Estado. De todo, de todo eso junto habló. Eso sí, pasando de puntillas, quitándole importancia a todo el monumento a la infamia que han levantado, ladrillo a ladrillo, personaje a personaje, sin dejar un rincón del Estado sin ensuciar.
Y lo hizo volviendo a alternar las distintas personalidades que se ha inventado. Por momentos era juez, a ratos doctor en periodismo, y en otros tramos alto rango de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Compatibilizó varios papeles, menos el que le corresponde, el de un presidente del Gobierno serio. Ni una sola explicación, ni un solo amago de asumir una mínima responsabilidad. Repitamos: 24 años le han caído a su antiguo secretario de organización, al hombre que él mismo puso en el ministerio con mayor capacidad presupuestaria del Estado.
Y él ahí, a lo suyo, en la construcción de esa ficción en la que nada es para tanto, en el centro de ese universo paralelo en el que todo le resbala. No hay financiación irregular, sentenció muy seguro. Pero el prime de los primes de su disociación, la frase que regaló para la ración de radicalización diaria fue: «Cómo no vamos a seguir, cómo no vamos a continuar». Y claro, a que ardan las redes, a que todos nos volvamos a fijar en su capacidad de resistencia, en vez de en cómo se están dinamitando los pilares morales de lo que debe de ser un Gobierno.
El único atisbo de estrategia se vio cuando dijo que había gente interesada en que todos los casos fueran igual. E intentó, de manera hábil, solo ligar su figura a los casos de su mujer y su hermano, que son los menos graves de todos y que muy probablemente acabarán con unas condenas muy bajas, de acabar en condena. Pero Sánchez no puede alejarse de su pasado, ni de su presente. Los socios siguen ensayando un alejamiento que ya suena a broma. Le dicen que se aparte, pero él sigue rodando su película de ciencia ficción. Una de muy bajo presupuesto, ya que no tiene ni cuentas. Es P.S., Peter Spielberg.

