Opinión

Rojo

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Hace apenas unos días me enteré de una norma, la enésima, sobre el protocolo en las bodas; al parecer, en estos días de lento retroceso hacia el pasado, una invitada no debería vestir de rojo. La explicación varía según quién la cuente, y su origen parece ser anglosajón y, por contagio, latinoamericano. Algunos aseguran que con ello se insinúa una pasada relación con el novio. Otros, que se considera una falta de elegancia porque la invitada rasa llamará demasiado la atención, como si alguien, en una boda, pudiera opacar y oscurecer la figura de la novia.

Sea como sea, excluidos ya por tradición el blanco, los tonos demasiado claros y el negro, a alguien le pareció una buena idea complicar un poco más la etiqueta para las mujeres, dado que estas normas se aplican, exclusivamente, a las féminas amigas, familiares y adyacentes, mientras que los apreciados invitados masculinos tienen la suerte de que nadie dedique días enteros, años de rencor, a sus corbatas. En realidad, el problema no es el color, sino lo que revela la propia existencia de la norma. Oh, no, el problema, como siempre, tiene que ver con que una mujer destaque.

Una, un día, puede. Pero no nos acostumbremos, y sobre todo, que nada ni nadie roce, compita ni amenace ese único día en el que se puede ocupar un poco mas del espacio justo. Por lo demás, el resto de las normas sobre discreción y adecuación resultan extraordinariamente difícil de cumplir, por su número, por su naturaleza, por el cuerpo al que se destinan o porque se contradicen entre sí.

Debería eso brindarnos un punto de comprensión, incluso de generosidad, respecto a las mujeres que viven de manera constante bajo los focos, en una boda continua de lunes a domingo, sean reinas, políticas, periodistas o actrices, infantas o princesas. Analizadas a través de categorías que apenas aplicamos a los hombres, estas mujeres despiertan una inquina especial que obligan a desempolvar normas esgrimidas contra ellas incluso entre quienes se consideran al margen de esas cuestiones. Han cambiado las palabras y las situaciones, pero no siempre la lógica. La modestia o decoro se menciona menos, a favor de la imagen, el relato, la profesionalidad o la percepción pública. Sin embargo, la pregunta prevalece: ¿cuánto puede destacar una mujer antes de que alguien considere que ocupa demasiado espacio?

¿Ocupa alguien demasiado espacio cuando es una de las pocas mujeres, apenas media docena en el mundo, que posee el privilegio de vestir de blanco ante el Papa y lo usa? ¿Lo hace si no lleva mantilla en un acto oficial en el que nada requiere que la lleve? ¿Ocupa alguien demasiado espacio, ofende, insulta, si viste de negro, como resulta adecuado hacer, si bien no obligatorio, ante un Sumo Pontífice? ¿De qué forma agreden unos tacones bajos en una niña alta, o unos destacados en una criatura igualmente alta? ¿Es, de verdad, tan importante, tan vital, criticar cómo visten todas las veinteañeras, o lo es solo si su madre resulta antipática a algunos? ¿Hemos acordado, entonces, sin yo saberlo, que todas las madres son responsables de la apariencia de sus hijas, dado que, al parecer, nunca, en la historia de la humanidad, un padre ha tenido nada que decir sobre cómo visten sus hijas adolescentes, ni ellas han mostrado voluntad, criterio o berrinches propios para ir como Dios les da a entender? ¿Hay modos, voluntad, manera y desvergüenza como para negarle a una reina el derecho a ser el centro de la escena.

Ah, sí, qué incomoda sigue resultando, para algunas personas, una mujer.

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