Opinión

Todo es empezar

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Es posible que ustedes no lo sepan. Para saberlo, me temo, hace falta ser un procrastinador profesional y no tienen ustedes cara de perder el tiempo en tonterías como esta columna que hoy empieza. Yo es que me enteré procrastinando, ya lo siento. Entré en X por aquello de remolonear y me topé de bruces con un hilo que me mantuvo entretenido hasta bien entrada la hora de cerrar el ordenador, todavía con la clave del correo en blanco. El hilo era un compendio de trucos para superar la procrastinación, lo que se me antojó de una ironía deliciosa, y en él descubrí que todos los males del mundo podrían ser erradicados si nos limitásemos a poner en práctica una cosa que se llama “la regla de los 5 segundos”. Por ir al grano, cada vez que se les venga a la cabeza un pensamiento que amenace con desviarlos de sus obligaciones cierren los ojos, respiren hondo, cuenten hasta 5 y continúen produciendo aquello que ya estaría producido si no existiese la procrastinación.

Es difícil, no hace falta que me lo digan. Por eso yo creo que mi algoritmo lleva tiempo persiguiéndome como un pastor de rebaños a la oveja descarriada. Me aparecen anuncios de un realismo tan paranoide que sólo puede ser artificial en los que un hombre de cuarenta años, quién sabe si mi futuro yo, narra entre sollozos una vida llena de oportunidades perdidas, de potencial sin explotar, de fracasos anunciados y de autosabotajes todavía reversibles a los treinta, fíjate qué coincidencia. El que más me gusta es el de un monigote que me canta que el problema no soy yo ni que me haya vuelto más tonto, sino mi falta de entrenamiento mental y, sobre todo, la ausencia de una cuenta con mi nombre en su plataforma, diseñada para enseñarme a priorizar. Yo los miro todos en mis infinitas pausas para ir a por café y no puedo sentirme más identificado. Pero al rato lo medito y me doy cuenta de que las calamidades que me vaticinan no son necesarias ni absolutas. Y que hay ejemplos de hasta presidentes del Gobierno que han llegado al año electoral con la legislatura aún sin estrenar.

Alguna vez me ha dado por pensar que el móvil de Pedro Sánchez, en los ratos en los que no está subiendo recomendaciones musicales a TikTok, también se llena de anuncios como los míos. Y casi puedo oír sus carcajadas. Lo veo ahí, en La Mareta, leyendo titulares sobre la crisis de Ceuta mientras le pone un punto y aparte al prólogo del Plan de Acción inacabado de la Dana. Lo veo buscando entre papeles el borrador de los Presupuestos Generales de 2024, que se le quedaron en Madrid. O ensayando ante el espejo que puede ser que las administraciones se coordinasen tarde al comienzo de algunos incendios este verano, pero que más tarde todavía llegarán las lluvias, y no ve a nadie yendo a recriminarles nada. Observo sus neuronas, despistadas, no queriendo realizar la suma y soltando en los micrófonos de Aimar Bretos lo primero que se les viene: “El rey lleva reinando más de 20 años, y nunca ha ido a Ceuta ”. Lo veo reunir explicaciones, como yo, que también pienso que las causas de mi futuro despido serán los bulos de los bots de Putin y Netanyahu en redes. Y en el fondo hasta lo compadezco.

Ay. Qué cuesta arriba se hace siempre septiembre. Y eso que todavía ni ha empezado.

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