Sólo escuchar la palabra consenso; en esta España áspera, recia, enfrentada hasta los tuétanos; y se me abren los ojos. Como mucha gente de mi avanzada generación, nuestra vida política y económica se construyó sobre esta palabra fascinante que plasmó los deseos de encuentro, entendimiento y progreso de un país roto por años de guerra y confrontación. Pero, lamentablemente, este nuevo consenso no tiene Madrid como residencia. Se localiza en Londres y aspira a reemplazar a lo que consideran un caduco Consenso de Washington, que desde finales de los ochenta marcó el camino de la política económica de los países desarrollados. Lamentablemente, pienso yo, este nuevo Consenso de Londres más que afanes de consensuar los tiene de romper, de abrir una nueva etapa, en la política económica, fiscal y comercial. Muy de nuestros tiempos. Ya no se llevan las aproximaciones, se juega a una de las dos caras de la moneda.
No deja de ser paradójico. En esta coyuntura política mundial, en la que se constata una caída de los postulados socialdemócratas, aparezca una iniciativa de esta naturaleza reivindicando claramente su legado conceptual e ideológico. Lo que Washington tuvo de neoliberal, eran los tiempos de Reagan y Thatcher, lo tiene Londres de keynesianismo, en esta época de Starmer y Sánchez.
A finales de los años 80, el economista británico John Williamson pronunció una conferencia en Washington para ofrecer una receta para la enorme crisis económica que sacudía América Latina. Nada nuevo bajo el sol. Sus puntos de vista, en plena ola neoliberal, pronto fueron aplaudidos y fomentados por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y propio Gobierno de los Estados Unidos. Su fórmula se desglosaba en 10 recomendaciones que básicamente perseguían disciplina fiscal, libertad de comercio, fomento de la inversión privada y reducción de la intervención estatal. Estos principios fueron poco a poco calando hasta convertirse en un modelo de política económica. Detrás de ello, de ahí deviene el nombre, se fomentaba un entendimiento en el largo plazo entre las diferentes opciones políticas sedimentado en una convergencia, buscando la estabilidad y el desarrollo sostenido. “Liberalicen el comercio, privaticen las empresas estatales, equilibren el presupuesto, fije el tipo de cambio y se habrán establecido las bases del despegue económico”, ironizaba en un artículo Paul Krugman, nada sospechoso de liberalismo. El propio John Williamson enmarcaba su iniciativa en su propia ideología, al resumir que “aquellos que nos consideramos de centroizquierda debemos sentirnos muy tristes cuando los partidos progresistas se adhieren a planteamientos económicos descabellados que ponen en peligro sus perspectivas de lograr fomentar las causas igualitarias”.
Los diez puntos del Consenso de Washinton son los siguientes: disciplina fiscal y reducción del déficit presupuestario, orientación del gasto público hacia áreas productivas, reforma tributaria apoyada en la ampliación de la base fiscal y tasa moderadas, liberalización financiera, tipo de cambio competitivo, liberalización del comercio, apertura a la inversión extranjera, privatización de empresas estatales, desregulación y protección de la propiedad privada. En palabras de Krugman: “la idea es que la virtud victoriana en política económica -mercados libres y moneda sólida- es la clave del desarrollo económico”. Buena parte del crecimiento económico de estas décadas se ha apoyado en este recetario. Pero no todo han sido flores. La brecha social de la igualdad se ha ensanchado, en su cara más fea de exclusión, paro y miseria para muchos.
Estos nuevos tiempos de polarización y desorientación, exigían que alguien arrojase un poco de criterio. También es cierto que la sociedad ha cambiado mucho pues el calentamiento global es un mayúsculo problema y la aparición de los populismos también. La prestigiosa London School of Economics (LSE) ha puesto a ello a tres de sus profesores para alumbrar el Consenso de Londres que poco tiene que ver con su antecesor. Tim Besley, Irene Bucelli y Andrés Velasco publicaron a finales de 2025 un libro de apretadas 666 páginas titulado The London Consensus. Economic principles for 21st century. En su receta también han contribuido otros economistas como Dani Rodrik, Heléne Rey, Philippe Aghion o Ricardo Haussman. Sus autores aspiran ni más ni menos que ofrecer una política económica a los partidos de centroderecha y centroizquierda alejados de los planteamientos populistas. Ahí es nada. A veces tengo la convicción de que esos partidos, digamos moderados, han sido imantados por los extremos populistas de un lado y del contrario. Pero bueno es reivindicarlo para ver si esta nueva sociedad recupera algo de la vieja política. Básicamente, que los países los gobiernen los centrados, en lugar de los extremistas.
Los promotores del Consenso de Londres parten de una crítica a Washignton que considera ha producido precarización, desindustrialización, debilitamiento del Estado, mayor desigualdad y descontento de la política. No les falta razón en muchos aspectos. Sus ideas centrales son las siguientes: el bienestar social importa más que sólo el culto al PIB, el Estado debe recuperar un papel central en la política económica, vuelta a la industrialización, reivindicación del papel de los sindicatos, constatación de que el mercado no se preocupa de la condición humana y necesidad de la política y sus instituciones. Todo ello, defendiendo el libre comercio, la disciplina fiscal y la estabilidad, el papel de los mercados y la propiedad privada.
Su aportación, bien recibida por muchos, también ha sido criticada por una izquierda que lo califica de capitalismo reformado o de keynesianismo rehecho; por unos liberales, que señalan la devolución de mucho poder al Estado, favorecimiento de la burocracia y el intervencionismo, y por unos conservadores, que cuestionan su acento en la igualdad y su apuesta por el gasto social y los sindicatos.
Las cosas no van bien en el mundo. Afloran las guerras y los conflictos, se extreman la polarización y las brechas ideológicas, aumenta la desigualdad y la precariedad de muchas capas sociales, se desconfía del futuro y se teme el presente. Por tanto, habrá que dar un margen de duda y su correspondiente beneficio a los auspiciadores del Consenso de Londres. Ojalá les funcione la receta.

