Leo en The Guardian que la generación Alfa ha dejado de utilizar el emoji de la rosa marchita y yo, que ante este tipo de noticias catastróficas siempre me santiguo y miro al cielo, esperando plagas, no sé muy bien por quién llorar: si por los Alfa o por la rosa. En realidad, tampoco sé si yo sabía, hasta antes de haberlo leído, que existe una tal generación Alfa. Y desde luego no tenía ni la más remota idea de que existe un emoji de una rosa lánguida y como acogotada, doblada sobre sí misma, sin esa explosión de amor que siempre atribuimos a las rosas y que, ahora que lo pienso, bien pudiera ser una imposición fascista. Una rosa con las manos en los bolsillos, por así decir. De camino hacia el trabajo un lunes. O al desamor un viernes. O a una segunda parte del Madrid, cualquier jornada de esta temporada.
Todo esto no lo sabía yo, pero me tranquiliza saber, leyendo el artículo de The Guardian, que no tenía que saberlo. Era fundamental que no lo supiera, de hecho. Hasta el punto de que la razón principal por la que la generación Alfa ha abandonado el emoji de la pobre rosa es que mi generación, no sé ni cual, ha empezado a conocerlo.
Aunque la palabra conocer es engañosa. En esto de los emojis, como en el slang o en las familias rusas, uno no conoce de verdad el meollo de lo que tiene delante, no sabe cómo enfrentarse a ello ni cómo utilizarlo, hasta que no se ha adentrado en sus recovecos más oscuros, la mayoría de las veces borracho. Yo ahora sé, como el padre de Adolescence, que el emoji de un corazón morado no es un corazón, ni siquiera un exaltado símbolo de sororidad femenina, sino una tórrida expresión de deseo. Me han informado de que si me mandan uno rojo es que me quieren y que si, por lo que sea, el corazón es rosa, lo que quieren es que yo pague las fantas. Todo en los emojis tiene un significado específico que varía infinitamente en función de sus características más sutiles. Quizá en el futuro lo único que quede de nosotros sean los emojis, y nuestros descendientes pensarán que hablábamos con jeroglíficos.
En cualquier caso, lo importante es que una rosa, para la generación Alfa, es muchísimo más que una rosa. El lingüista Adam Aleksic ha rastreado el recorrido semántico de la rosa marchita y cree haber localizado sus inicios en JuggTok, una comunidad de cuentas de memes en TikTok en la que era usado como el equivalente de un corazón roto, pero en plan irónico. La rosa marchita era, por tanto, una rosa que estaba marchita, pero era también un corazón que estaba roto y una chorrada que en realidad era un drama que en realidad existía para las risas. De ahí, supongo, pasó a ser drama con todas las consecuencias. Y de ahí a ser otra cosa, como en cualquier época: quizá un soneto. Lo que siempre fue, en cualquier caso, era una forma de estatus generacional y un código que salvaguardaba un cierto halo de exclusividad edadista. Llegó una madre que atinó a usarla correctamente en un mensaje con su hija y la rosa terminó de marchitarse, para acabar muriendo.
Me entero también de que un estudio de dos psicólogos ha estimado que cada vez hablamos menos. Concretamente, que pronunciamos un 28% menos de palabras al día que hace catorce años. Y no me extraña. Estaban todas dentro de la rosa. Observo a esa nueva generación, cuya denominación jamás había pronunciado, y la comparo con la mía. En mi época posiblemente se hubiesen organizado sentadas grupales en la Puerta del Sol para debatir acerca de si la rosa estaba en realidad marchita o si denominarla así, rosa marchita, sería tanto como remarchitizarla. Toneladas de artículos se habrían escrito y lustros de conversación se habrían gastado en tertulias compungidas por la pobre herencia sin reparar de la rosa maldita. Así que supongo que hay que celebrar el progreso. La generación Alfa es una generación más sabia, y tiene mucho que enseñarnos. Lo fundamental: que todas las chapas, incluido este artículo, pueden resolverse respondiendo simplemente con el emoji de un corte de mangas.

