Una de las peores costumbres de este gremio es la de magnificar artificiosamente la influencia que una noticia puede tener en una campaña electoral. Nos pasamos horas preguntando a los topógrafos cuántos grados se ha movido un partido en las encuestas, algo que rara vez sucede. Pero hay momentos en los que un hecho cambia por completo el tablero y sustituye, sobre la marcha, el parchís por el ajedrez. Es entonces cuando, tras comerte una ficha, ya no toca contar 20, sino abrir con una defensa siciliana y pensar en el enroque.
Al partido socialista el accidente de Urda le ha dado la vuelta al guion de la campaña. Los socialistas habían concebido sus mítines como una verbena nostálgica, con un candidato cincuentón que calentaba al público bailando con más voluntad que gracia ante el atril. Y hoy los contenedores cercanos a las Casas del Pueblo del PSOE se han llenado de miles de camisetas rojas con el lema “la fuerza del amor”. Se acabaron las declaraciones cursis para tratar de revitalizar a las masas.
Si hacemos el esfuerzo de encontrar algo positivo, podremos concluir que esta campaña ha pasado del populismo iberoamericano a un debate sobre cómo gestionar bien los servicios públicos de este país. Sospecho que en este terreno Feijóo se mueve más cómodo que el presidente. Sin embargo, Sánchez ha tomado nota y ha cambiado a Óscar Puente por Carlos Cuerpo, que es tanto como confiarle una misión de inteligencia a James Bond tras haberla puesto antes en manos de Hulk. Si Óscar Puente y Carlos Cuerpo te valen para exactamente la misma tarea, lo más probable es que alguien se pregunte si sabes qué tipo de campaña quieres hacer, y habrá quien no entienda cómo hemos pasado del bulldozer a la estilográfica. La explicación es simple: lo único que importa son las necesidades electorales de Pedro Sánchez requieren un viraje en redondo.
A quienes aún anden preguntándose cómo hemos llegado hasta aquí, la respuesta la encontrarán en una palabra: populismo. Pedro Sánchez hace mucho que sustituyó la rendición de cuentas por la emoción, la responsabilidad por el relato y el balance por el eslogan. Mientras las cosas funcionan, se puede gobernar a golpe de gesto. El problema llega cuando los servicios públicos descarrilan, sobre una vía y con decenas de víctimas, y ningún vídeo de TikTok alcanza a taparlo.
Así es como la campaña gira ya en torno a dos palabras, corrupción y servicios públicos, que se han instalado en la cabeza del ciudadano como causa y efecto. Ante semejante clima, no sirven los desmentidos, porque, a diferencia de las polémicas, los estados de opinión no se desmienten: se padecen.
Al final, la política española se parece a esas obras que se anuncian con grandes carteles y se inauguran sin pasar la inspección. El populismo puede reescribir el pasado y aplazar siempre el futuro, pero no convence al presente. Los relatos admiten versiones; los raíles, no.

