Su nombre real es Isabelle Geffroy y en 2010 se hizo mundialmente conocida por ‘Je veux’, una canción que fue todo un éxito. Así la descubrí yo. Vi unos vídeos suyos en las calles de Montmartre y me gustó mucho su voz rasgada. Juega con ella e improvisa todo tipo de sonidos. También utiliza las manos para simular que toca una trompetilla de vez en cuando. Me resultó peculiar.
Zaz estudió solfeo, violín, piano, guitarra… Ya ha publicado seis álbumes de estudio y sorprende en cada entrega. Sin embargo, no es fácil clasificar su estilo porque mezcla diferentes géneros. Representa la ‘nouvelle chanson française’, pero a esto le suma ‘jazz manouche’, pop y hasta música electrónica.
De esa amalgama nacen composiciones de todo tipo. Algunas son muy alegres y dan ganas de bailar, pero también cuenta con registros muy intensos que conducen a la melancolía. Yo diría más bien que provocan ‘saudade’, ese término portugués que describe un compendio de sentimientos. Es la palabra que más se ajusta a ella, una mujer que baja del escenario y se funde con su público.
Lo he presenciado en directo en varias ocasiones. He asistido a muchos de sus conciertos y siempre he visto a la gente salir de ellos con un brillo diferente en los ojos. Además, Zaz contagia energía positiva. Transmite dulzura, fragilidad, belleza… Y, al mismo tiempo, una fuerza arrolladora. El pasado lunes se pudo comprobar en las Noches del Botánico donde actuó con un calor sofocante. Allí se lanzó incluso con una versión de ‘Esta tarde vi llover’ del maestro Armando Manzanero. Algunos amigos me dicen que les parece una ñoña. Si ser cursi es ser sensible, me apunto.
Todas sus apariciones son especiales, pero hay una que recuerdo con muchísimo cariño. Fue en el Teatro Real de Madrid y, sin duda, el enclave hizo que la cita fuera aún más mágica. Aunque lo realmente importante era que yo había salido de un proceso de quimioterapia y me sentía desbordada. Por un lado, impresionada por estar de vuelta, disfrutando de un espectáculo. Por otro, asustada por lo que me pudiesen pegar todas aquellas personas que me rodeaban. No había nadie con la mascarilla que arrastrábamos desde la covid y yo, sin defensas, la llevaba como si fuese un bicho raro.
A pesar de eso, me lo pasé muy bien. Me costaba tenerme en pie, pero aquel día decidí que a mí el miedo no me iba a paralizar. Salí de allí tarareando ‘La vie en rose’ de Edith Piaf por la calle Alcalá. Imagino que más de uno pensaría que estaba loca, pero la alegría hay que compartirla. Sin más.
El tono de Zaz calma. Me encanta su aire bohemio y, al curiosear, he descubierto que hay mucho detrás de la artista. Ha dejado atrás sus adicciones, su pareja es su antiguo profesor de Kung Fu y boxeo, el año pasado inauguró su primera exposición como pintora abstracta y sabe manejarse en español porque su madre daba clases y de pequeña iba de vacaciones a Tortosa.
También escala. Ha subido varias montañas y en octubre de 2012 se fue a grabar un vídeo a la cima del Mont Blanc, a 4.810 metros de altura.
Y es activista. Ha mostrado en varias ocasiones su compromiso social. Aunque después de mucho dar, decidió parar. “Acabé comprendiendo que, para hacer el bien, tenía que aprender a decir que no. Puede que entonces la gente ya no me quiera como antes, pero no tengo por qué cargar con las emociones de los demás. Mi política ahora mismo es cuidarme a mí misma”, comentó en una entrevista.
Las leo buscando sus reflexiones, que comparto. Al igual que lo que expresa en sus letras. En el último disco suena ‘Vivre longtemps’. He hecho una traducción libre y me quedo con este fragmento: “Para recibir y para dar, para doblarme y levantarme de nuevo, para susurrar otros idiomas, rozar otros paisajes. Para aprender la soledad y burlar las certezas, para pronunciar la palabra familia, sabiendo lo que he construido… Yo que he tentado a todos los demonios, que he tomado barcos incontrolables; yo que he danzado sobre las brasas, justo al borde de mil acantilados. Yo que he implorado a los astros que me dejen en mis desastres; yo que he tirado de la cuerda, esperando que la vida me muerda… No sé qué me ha pasado, no sé qué me ha pasado. Pero quisiera vivir mucho tiempo”. Es una bonita banda sonora para recorrer el camino.

