Durante los meses de verano, gran parte de España se ve rodeada por incendios forestales cuyas densas humaredas y partículas en suspensión terminan afectando a numerosas localidades, incluso a gran distancia del fuego. Ante esta preocupante realidad y las consecuencias que este fenómeno acarrea para la población, hemos querido consultar a la Dra. Belén Alonso Ortiz, especialista en Medicina Interna y miembro del Observatorio de Cambio Climático de la SEMI (Sociedad Española de Medicina Interna), para que nos detalle exactamente qué implica este problema.
– ¿Hasta qué punto puede ser perjudicial respirar humo a varios kilómetros del incendio?
– Puede ser perjudicial incluso a varios kilómetros, aunque el humo no parezca muy denso. La distancia, por sí sola, no es una medida fiable de seguridad.
El humo de un incendio forestal es una mezcla compleja de partículas y gases. Desde el punto de vista sanitario, el componente que se vigila con mayor atención son las partículas finas (PM2,5), porque puede alcanzar las vías aéreas más periféricas del aparato respiratorio y activar inflamación, estrés oxidativo y respuestas cardiovasculares. El Ministerio de Sanidad señala que la exposición puede alcanzar no solo a las poblaciones próximas, sino también a las situadas a cientos de kilómetros; la guía estadounidense de salud pública de 2026 y los datos de Copernicus documentan transportes todavía más lejanos.
La concentración que respira una persona no disminuye de forma regular con cada kilómetro. Depende de la intensidad y el tipo de incendio, la dirección y velocidad del viento, la altura de la columna de humo, la estabilidad atmosférica, la humedad, la orografía y la existencia de valles o inversiones térmicas. Por ello, una localidad alejada situada a sotavento puede registrar peor calidad del aire que otra más próxima pero fuera de la trayectoria de la pluma.

Además, la ausencia de una nube visible o de un olor intenso no permite descartar una exposición relevante. Las partículas finas pueden permanecer suspendidas en una neblina poco llamativa y la percepción visual no cuantifica su concentración. En el sentido contrario, una pluma observada por satélite puede circular a gran altura y tener escaso impacto inmediato a nivel del suelo.
El criterio práctico no debe ser “cuánto humo veo”, sino qué indican el Índice de Calidad del Aire, las estaciones de PM2,5, la modelización atmosférica y los avisos oficiales. En España, el visor y la aplicación del Índice Nacional de Calidad del Aire ofrecen datos horarios de PM2,5, PM10 y otros contaminantes.
Por tanto, a varios kilómetros el riesgo puede ser bajo, moderado o alto según el episodio. En una persona sana, una exposición breve con buena calidad del aire medida suele implicar un riesgo pequeño; sin embargo, una exposición mantenida durante varios días, especialmente con ejercicio al aire libre o con niveles elevados de PM2,5, merece medidas de protección, aunque el incendio esté lejos. Grandes incendios han demostrado alterar la exposición anual de PM2,5 en regiones situadas a miles de kilómetros, incluida Europa.

– ¿Puede una persona sana sufrir consecuencias importantes tras varias horas o días?
– Sí. El riesgo no está limitado a quienes tienen una enfermedad previa, aunque en las personas sanas las complicaciones graves son menos frecuentes y la recuperación suele ser más rápida.
En adultos sanos, la exposición aguda puede causar irritación ocular, nasal o faríngea, tos, aumento de mucosidad, cefalea, cansancio, opresión torácica, sibilancias y sensación de falta de aire. También se han descrito inflamación pulmonar y reducciones transitorias de la función pulmonar. La mayor parte de estas alteraciones remite al disminuir la exposición, pero no deben considerarse inevitables ni banales si progresan.
La duración importa. La evidencia sobre incendios se ha concentrado especialmente en exposiciones de uno o varios días y se han objetivado un aumento de consultas urgentes, hospitalizaciones respiratorias e incluso mortalidad. Las revisiones sistemáticas más recientes confirman la asociación entre partículas PM2,5 procedente de incendios y un aumento de la demanda asistencial de pacientes respiratorios crónicos, especialmente pacientes con diagnóstico de asma bronquial y EPOC.

En una persona sin patologías previamente conocidas, una complicación grave tras unas pocas horas del incendio no es el desenlace más probable, pero puede ocurrir cuando coinciden concentraciones muy elevadas, exposición sostenida, esfuerzo físico, calor extremo, deshidratación o una susceptibilidad no reconocida. La realización de actividades físicas y el trabajo al aire libre aumentan la dosis inhalada porque se respira más aire por minuto y con mayor frecuencia por la boca.
El riesgo es un continuo, no una división entre «sanos» y «enfermos»
La población con mayor probabilidad de complicaciones incluye a personas con asma, EPOC, bronquiectasias, fibrosis pulmonar, cardiopatía, insuficiencia cardiaca o enfermedad cerebrovascular; también a mayores, niños, embarazadas, personas frágiles y quienes trabajan o realizan deporte al aire libre. Sin embargo, una persona aparentemente sana puede desarrollar síntomas clínicamente relevantes si la dosis inhalada es suficiente.
La recomendación equilibrada es evitar mensajes absolutos. No sería correcto afirmar que “a una persona sana no le pasa nada”, pero tampoco que cualquier exposición breve producirá una lesión permanente. Para la mayoría de los adultos sanos, el pronóstico tras una exposición limitada es favorable; la prioridad es reducir la dosis inhalada y reconocer precozmente síntomas de alarma.

– ¿Están preparados los hospitales y las urgencias españolas para un aumento importante de pacientes?
– España dispone de estructuras de preparación, alerta y coordinación para responder a emergencias y a incrementos imprevistos de demanda. El mensaje razonable es de confianza prudente: existe capacidad de reacción y de refuerzo, aunque ningún sistema tiene recursos ilimitados y los episodios excepcionales pueden tensionar temporalmente algunos dispositivos locales.
La preparación no descansa únicamente en el hospital. El Sistema Nacional de Salud cuenta con redes de vigilancia y alerta de salud pública, servicios de emergencias 112, dispositivos extrahospitalarios, Atención Primaria, hospitales y mecanismos de coordinación autonómica y estatal. El Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias —CCAES— mantiene el Sistema Nacional de Alerta Precoz y Respuesta Rápida y apoya la evaluación coordinada de amenazas para la salud pública. Además, la normativa de autoprotección exige a los centros incluidos en su ámbito disponer de planes con procedimientos de alerta, intervención, evacuación o confinamiento, comunicación y solicitud de ayuda externa.

En la práctica, los hospitales y servicios de urgencias disponen de procedimientos para adaptar sus circuitos ante aumentos de demanda o incidentes extraordinarios: reforzar el triaje y la observación, redistribuir profesionales, ampliar capacidad disponible y coordinar derivaciones. La intensidad y el detalle de estos planes dependen de cada servicio de salud y de cada centro. En las fuentes públicas revisadas no se ha identificado una auditoría nacional específica que permita afirmar que todos los hospitales estén dimensionados de forma homogénea para un gran episodio de humo; por ello, no sería prudente ofrecer una garantía absoluta. Sí puede afirmarse que existe una arquitectura sanitaria y de protección civil preparada para escalar la respuesta.
Conviene transmitir que la mayoría de las molestias leves por humo no requiere ingreso hospitalario. Una parte importante de la demanda puede resolverse mediante medidas de protección, consejo telefónico, Atención Primaria, puntos de urgencia extrahospitalaria y seguimiento de pacientes crónicos. Esta distribución escalonada evita acudir innecesariamente al hospital y preserva las urgencias para quienes presentan dificultad respiratoria relevante, dolor torácico, alteración de conciencia u otros signos de gravedad.

