España vive uno de los veranos más sofocantes de los últimos años. A las olas de calor registradas entre junio y julio se han sumado este mes de agosto nuevos episodios con temperaturas cercanas a los 45 grados en algunas zonas y noches tropicales en buena parte del país. Habitualmente, cuando se habla de sus consecuencias, la atención se dirige a los golpes de calor, la deshidratación o el aumento de la mortalidad entre las personas más vulnerables. Una investigación liderada por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) abre una nueva preocupación al detectar que el calor podría influir en el desarrollo del cerebro mucho antes del nacimiento.
El trabajo, publicado en la revista Environment International, no demuestra que las altas temperaturas provoquen lesiones cerebrales ni que los niños expuestos desarrollen necesariamente problemas neurológicos. Lo que identifica es una asociación estadística entre la exposición al calor durante el embarazo y los primeros meses de vida y un crecimiento más lento del tálamo, una región situada en el centro del cerebro que actúa como una gran estación de relevo de la información sensorial y motora y participa, además, en funciones como la atención, el sueño, la conciencia o la regulación de la conducta.
Más de 3.200 niños seguidos durante una década
Para llegar a esa conclusión, los investigadores analizaron los datos de 3.251 niños pertenecientes al proyecto Generation R, una gran cohorte de nacimiento desarrollada en Róterdam (Países Bajos). Mediante un modelo climático de alta resolución reconstruyeron la temperatura exterior a la que había estado expuesto cada participante desde la concepción hasta los ocho años y medio de edad y compararon esa información con las resonancias magnéticas realizadas aproximadamente a los 10 y 14 años.

Los científicos estudiaron once estructuras cerebrales diferentes, entre ellas el hipocampo, la amígdala, el cerebelo, el cuerpo calloso y el tálamo. Solo esta última mostró una asociación consistente con la exposición al calor. No se detectaron efectos similares en el resto de regiones analizadas ni tampoco una relación significativa con las bajas temperaturas.
El estudio identifica un periodo crítico que va desde la concepción hasta aproximadamente el quinto mes después del nacimiento. Comparó una temperatura media mensual de referencia de 12,5 grados con otra de 20,5 grados, una cifra elevada para el clima neerlandés, aunque perfectamente habitual en España. Por eso los propios autores advierten de que estos valores no pueden extrapolarse automáticamente a nuestro país, cuyas condiciones climáticas, viviendas y hábitos son muy diferentes.
Retraso de siete meses
El hallazgo más llamativo aparece al analizar el crecimiento del tálamo. La exposición al calor durante cada trimestre del embarazo se asoció con una reducción acumulada de entre 22,9 y 25,8 milímetros cúbicos en su desarrollo posterior. Traducido al ritmo de crecimiento observado en la muestra, esa diferencia equivaldría aproximadamente a un retraso de siete meses en la trayectoria media de desarrollo del tálamo. Esto no significa que un niño tenga literalmente un cerebro siete meses más joven ni permite anticipar cuál será su evolución individual.
El tálamo comienza a formarse muy pronto durante la gestación y atraviesa una fase especialmente delicada entre las semanas ocho y catorce del embarazo, cuando establece buena parte de sus conexiones con la corteza cerebral. Esa estrecha ventana de desarrollo podría hacerlo más vulnerable a alteraciones ambientales. El estudio no demuestra cuál sería el mecanismo responsable, aunque plantea varias hipótesis. El estrés térmico podría modificar el funcionamiento de la placenta, alterar el flujo sanguíneo hacia el feto, favorecer procesos inflamatorios o afectar a la señalización de la serotonina, una molécula fundamental para el desarrollo de las conexiones cerebrales durante la gestación. Todas ellas son, por ahora, hipótesis que deberán confirmarse en futuras investigaciones.
Cambios de conducta, pero no de inteligencia
Los investigadores quisieron comprobar también si ese desarrollo más lento del tálamo se traducía en diferencias durante la adolescencia. Encontraron una asociación con una mayor presencia de los llamados síntomas externalizantes, un grupo de conductas que incluye impulsividad, agresividad o dificultades para respetar las normas. Sin embargo, el propio diseño del estudio impide saber si las diferencias observadas en el cerebro favorecen esos comportamientos o si también intervienen otros muchos factores. No se halló, en cambio, ninguna relación significativa con el rendimiento intelectual medido mediante pruebas de inteligencia, por lo que el estudio no permite afirmar que el calor reduzca la capacidad cognitiva o provoque dificultades de aprendizaje.

Los autores destacan varias fortalezas de la investigación, como el elevado número de participantes, el seguimiento durante más de diez años, el uso de resonancias magnéticas y el control de numerosas variables sociales y ambientales. Al mismo tiempo reconocen limitaciones importantes. La temperatura se estimó a partir del lugar de residencia, pero no de la exposición real de cada embarazada. No se conocía cuánto tiempo permanecían en interiores, si disponían de aire acondicionado o cuál era la temperatura dentro de sus viviendas.
Una nueva prioridad para la salud pública
Aun así, el trabajo cobra especial relevancia en un verano como el actual. El Ministerio de Sanidad ya considera a las mujeres embarazadas y a los bebés entre los grupos más vulnerables frente al calor extremo y recomienda extremar las precauciones durante los episodios de altas temperaturas. Mantenerse bien hidratadas, permanecer en lugares frescos, evitar la exposición durante las horas centrales del día y consultar ante cualquier síntoma persistente.
Ahora que la ciencia empieza a explorar la posibilidad de que algunas de sus consecuencias no se manifiesten hasta muchos años después, cuando aquel bebé haya aprendido a caminar, a hablar y a descubrir el mundo, los autores creen que, si futuros estudios confirman estos resultados, las alertas por calor deberían incorporar recomendaciones específicas desde el inicio del embarazo, junto con medidas de protección laboral para las gestantes y un mejor acceso a espacios climatizados.

