¿Grasa abdominal que no se va? Tu ansiedad y el cortisol podrían estar moldeando tu barriga

La grasa abdominal persistente puede ser una señal de que el cuerpo está pidiendo una pausa. Entender el papel del cortisol permite cambiar la mirada

Estos son los motivos por los que el cortisol produce grasa abdominal.

Durante años, la grasa abdominal ha sido uno de los enemigos más frustrantes para quienes intentan perder peso. Dietas equilibradas, ejercicio constante y, aun así, esa barriga persistente parece resistirse a cualquier esfuerzo. Cada vez más estudios y especialistas apuntan a un culpable silencioso que va más allá de las calorías: el estrés crónico y su principal mensajero hormonal, el cortisol.

El cortisol, la hormona de la alerta

El cortisol es una hormona esencial para la supervivencia. Se libera en situaciones de peligro o tensión y prepara al organismo para reaccionar: aumenta la glucosa en sangre, moviliza energía y mantiene al cuerpo en estado de alerta. El problema surge cuando ese estado de alarma se vuelve permanente. En la vida moderna, el estrés ya no proviene de amenazas físicas, sino de jornadas laborales interminables, presión económica, falta de descanso o ansiedad constante.

Cuando el cortisol permanece elevado durante largos periodos, deja de ser un aliado y se convierte en un factor de riesgo. Uno de sus efectos más visibles es su relación directa con la acumulación de grasa en el abdomen.

¿Por qué la grasa se instala en la barriga?

La grasa abdominal no es solo una cuestión estética. El tejido adiposo que se acumula en esta zona es especialmente sensible al cortisol. Las células grasas del abdomen tienen una mayor cantidad de receptores para esta hormona, lo que facilita que, en situaciones de estrés crónico, el cuerpo “decida” almacenar energía precisamente ahí.

Desde un punto de vista evolutivo, tiene sentido: el organismo interpreta el estrés como una señal de escasez o peligro y opta por guardar reservas cerca de órganos vitales. El resultado es una barriga que no responde igual que otras zonas del cuerpo a la dieta o al ejercicio.

Ansiedad, sueño y círculo vicioso

La ansiedad juega un papel clave en este proceso. Estados de preocupación constante elevan el cortisol y, a su vez, dificultan el descanso. Dormir poco o mal es otro potente estimulador de esta hormona. Diversos estudios señalan que la falta de sueño altera el equilibrio hormonal, aumenta el apetito y favorece la preferencia por alimentos ricos en azúcares y grasas.

Así se crea un círculo vicioso: estrés, más cortisol, peor descanso, mayor acumulación de grasa abdominal y, como consecuencia, más frustración y ansiedad.

El ejercicio también puede estresar

Paradójicamente, entrenar en exceso o sin una recuperación adecuada puede empeorar el problema. El ejercicio intenso eleva el cortisol de forma puntual, lo cual es normal y saludable. Sin embargo, cuando se combina con poco descanso y una alta exigencia diaria, el cuerpo no logra volver a niveles hormonales equilibrados.

Por eso, algunas personas que entrenan a diario y siguen dietas estrictas no logran reducir su grasa abdominal. El cuerpo, sometido a una presión constante, entra en modo de defensa.

Más allá de contar calorías

Combatir la grasa abdominal relacionada con el cortisol requiere un enfoque más amplio. La alimentación sigue siendo importante, pero no basta con reducir calorías. Mantener horarios regulares, priorizar alimentos que estabilicen la glucosa en sangre y evitar picos de azúcar ayuda a reducir la respuesta de estrés del organismo.

Igualmente relevante es incorporar estrategias para gestionar la ansiedad: técnicas de respiración, meditación, actividad física moderada, contacto social y, sobre todo, descanso de calidad. Dormir entre siete y ocho horas no es un lujo, sino una necesidad hormonal.

Escuchar al cuerpo

La grasa abdominal persistente puede ser una señal de que el cuerpo está pidiendo una pausa. Entender el papel del cortisol permite cambiar la mirada: no siempre se trata de comer menos o entrenar más, sino de vivir con menos tensión. Reducir el estrés no solo mejora la salud mental, sino que puede ser la clave para que, por fin, esa barriga empiece a desaparecer.

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