La muerte define nuestra condición humana. Sin embargo, cuánta zozobra nos llega a provocar la idea de morir. Tal vez porque no tenemos ninguna prisa. Erróneamente, se atribuye a Edgar Allan Poe su invitación a tomarla de frente con valor y después invitarla a una copa. Hay quien, directamente, prefiere no pensar en ella. La actriz Nicole Kidman nos ha hecho reparar en todo ello estos días con su desgarradora confesión: “Mientras mi madre fallecía, se sentía sola, y la familia solo podía ofrecerle hasta cierto punto. Ojalá hubiera personas en el mundo que estuvieran allí para sentarse imparcialmente y simplemente brindar consuelo y cuidado”.
Qué son las doulas de la muerte
Kidman es la última de una lista de actores y directores conocidos que anuncian que se está formando para ser doula o acompañante de la muerte, una profesión que en España está representada por mujeres como Gemma Polo, acompañante espiritual y creadora de la Formación Integral Doula de la Muerte. Una doula de la muerte ofrece acompañamiento no médico a personas que están al final de la vida, a sus familiares o incluso a personas que, sin estar enfermas, quieren explorar la cuestión de la muerte para vivir con más sentido y plenitud. Hablamos con ella sobre su trabajo, sus límites, las polémicas y el sentido de una práctica que obliga a replantear cómo queremos morir.
“Nuestra sociedad ha desplazado la muerte. Se muere menos en casa y más en hospitales o residencias. Hay un gran vacío en cuanto a la gestión práctica y emocional de este proceso”, avanza, dejando claro que su trabajo no pertenece al ámbito sanitario ni pretende sustituirlo. “Consiste en el acompañamiento no médico al final de la vida, el duelo anticipado, la preparación emocional de la muerte y la recuperación de prácticas simbólicas que la cultura moderna ha relegado”.
Nacida en Barcelona y vinculada desde muy joven en la búsqueda espiritual, Polo tiene una larga trayectoria en experiencias de contemplación, activismo, contacto con tradiciones orientales y una relación íntima con la naturaleza como espacio de comprensión. Durante años vivió en India, impulsó proyectos de retiro y formación espiritual, y más tarde regresó a Cataluña, donde desarrolla su labor centrada en el acompañamiento a la muerte, el duelo y los rituales de despedida.
“Hemos olvidado el arte de morir”
En nuestra entrevista, no plantea la muerte como una abstracción filosófica ni como un mero episodio médico, sino como una dimensión inseparable de la vida. Rehúye el sensacionalismo y también la negación. Habla de serenidad, escucha, legado, cuerpo, familia y, sobre todo, presencia. “Tengo la sensación de que, a medida que nos hemos alejado de la naturaleza, también nos hemos distanciado de la sabiduría de los ciclos. En la naturaleza, vida y muerte están profundamente unidas. Sin embargo, hemos apartado la muerte de nuestra cotidianidad, como si no nombrarla pudiera volverla menos real. Esto nos ha hecho olvidar el arte de morir”.

Una de las razones que expone es la dificultad social para hablar de ella antes de que irrumpa. “Como consecuencia, se debilita la capacidad de acompañar, comprender lo que sucede y prepararse para ello”. Su trabajo incluye sesiones personales, presencia en el momento de la gran transición, apoyo espiritual, planificación del final de la vida, trabajo sobre el legado, rituales y acompañamiento en el duelo.
La comparación más inmediata suele hacerse con las doulas del parto. En ambos casos, se trata de una presencia de apoyo, no clínica, en un umbral decisivo de la existencia. La diferencia es que, mientras la doula de nacimiento acompaña una llegada, la doula del final de la vida acompaña una despedida.
Polo insiste en delimitar funciones. No administra medicación, no sustituye a paliativos y no ocupa el lugar de médicos, enfermeras o psicólogos. “Nuestro papel es facilitar conversaciones difíciles, ayudar a poner en palabras deseos y temores, y contribuir a que la persona mantenga, en la medida de lo posible, un control sobre su final”.
El anuncio de muerte ofrece un tiempo valioso
Uno de los aspectos más delicados es el llamado duelo anticipado, ese proceso que experimenta tanto quien sabe que va a morir como quienes le rodean cuando la muerte se anuncia con semanas, meses o años de antelación. “El anuncio de una muerte es un tesoro. Hay un tiempo valioso que hay que aprovechar. Aparecen miedos, preguntas, asuntos pendientes, deseos que no se han dicho. A veces la persona que va a morir quiere hablar de cómo quiere vivir ese proceso, quién desea que esté presente, qué ambiente necesita, qué le preocupa. Y muchas veces la familia no sabe cómo abrir esa conversación o incluso la evita por miedo”. La doula no elimina el dolor ni corrige el curso de la enfermedad, pero sí interviene allí donde la familia o el propio enfermo quedan bloqueados por el silencio, la angustia o la dificultad de organizar lo que queda.
Voluntades que expresar, palabras que dejar
“Hay decisiones que tomar, voluntades que expresar, objetos que ordenar, palabras que dejar, despedidas que quizá no puedan improvisarse en el último momento. Toda vida deja una huella, y a veces acompañar a una persona consiste en ayudar a reconocer qué quiere dejar, cómo desea ser recordada y qué aspectos de su historia necesita compartir. Puede ser una carta, un gesto, una conversación, un ritual, un objeto creado con sus manos. Se trata de dar espacio a lo esencial”.

Ese “trabajo de legado” aparece en su práctica unido a una idea de singularidad. Cada historia, dice, está hecha de grandes acontecimientos, pero también de detalles mínimos, como valores, pasiones, recuerdos, vínculos o formas de amar. “La labor de acompañamiento consistiría en hacer visible esa trama antes de que quede interrumpida por la muerte”.
El valor del ritual
Polo repite en la conversación la palabra “ritual”, como una manera de dar forma, ritmo y sentido a aquello que desborda. Entre los servicios que ofrece figuran el lavado y preparación del cuerpo, el velatorio en casa, la personalización de ataúdes ecológicos, ceremonias funerarias alternativas o incluso la creación de la propia urna de cerámica. “Se trata de devolver a las familias cierto grado de participación en el morir y en la despedida. Cuando alguien muere no estamos ante un problema que resolver, sino ante un acontecimiento inmenso. Parar unos minutos, respirar, estar presentes. Es un regalo para quien ha muerto, para quien está allí y para el propio proceso de despedida”.

La figura de la doula de la muerte crece, pero es controvertida. Su falta de regulación, la diversidad de formaciones y el riesgo de confusión con profesiones sanitarias generan reservas legítimas. Polo es consciente de ello y subraya la importancia de definir bien qué hacen y qué no hacen. “No se trata de intrusismo médico. Se trata de acompañamiento, escucha, presencia, apoyo práctico y espiritual. Hay una necesidad real en muchas familias y creo que esa necesidad pide también responsabilidad, formación y límites claros”.
Se despide con una reflexión: “Cuando recordamos que somos finitos, aparecen con más claridad las prioridades, el amor, el perdón, lo pendiente, la gratitud. La muerte nos enseña a vivir”.
